Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
XVII. DE LA ASUNCIÓN DE DON DIEGO DE TORRES
Nos llegamos al pie de los rascacielos, grande maravilla, al pie del arroyo de Leganitos, que debía discurrir agora más enterrado que yo, y allá reparé más templado en el monumento a Miguel de Cervantes. Allá estaba él, engolado y pétreo, se diría al pie del faro de Alejandría, rodeado por doquier de figuras de busconas de sus entremeses, y al lado del megalito, su Don Quijote de La Mancha en grotesca pose sobre su rocín con su goruendo escudero a lomos de un pollino todo esto tras una rica fontana, en la que reflejaban sus figuras, como si en La Mancha hubiese en lugar alguno tanta agua. Dábase así la eternidad a tal bufonada.
-Por tu gesto, mi admirado Quevedo –recobróme Don Diego del trance-, veo que no apruebas tal despilfarro de trofeo para el ingenio de Cervantes.
-No he de hablar desto agora otra vez –dije-, mas confieso que no tuve jamás humor para leer esta parodia.
-¿Cómo? ¡Válame el genio de las letras! Como tutor tuyo que he sido en este mi día postrero en la Tierra, y para mi orgullo lo digo, te he de dejar unas tareas. Leerás el Quijote y los comentarios que luego sobre él hicieron algunos sabios modernos.
-Así lo haré –dije, no sin refunfuñar.
Caía la tarde en gozosos tonos púrpuras y cayó el helado en el gañote. Yo iba temiendo que Don Diego se viera libre de sus cometidos y con las horas del crepúsculo se largase en la barca de Caronte, dejándome desamparado a merced de las desventuras de esta quimérica modernidad. Afligíame agora de haber expiado sus culpas benévolamente, dándole alas. Si volaba con ellas al cielo por pío o al infierno por cabalista emplumado no fuere de mí incumbencia, mas doy fe que en tal punto no hubiese querido darle ese gusto. Yo sumido en estas cavilaciones y Don Diego silbando alguna estrofa, diríase un Agnus Dei, fuimos subiendo un cerro, donde la atardecida se recibía espléndida. Había allá unas ruinas desenlucidas y vetustas, que no debían serlo tanto si yo no las vide en mis días. Diome Don Diego estas ilustraciones dello:
-Esto que acá ves agora, mi admirado Quevedo, es un templo pagano que trajeron del Egipto a esta la montaña de Príncipe Pío.
-¿Hay tal? Me huelga, más no cabe en mí más pasmo.
-No preguntes cómo llegó acá desde el África, que es enojoso de contar, pues no se mueven por arte de birlibirloque de sus asientos los templos cada jueves, como has de figurarte. Mas si el azar lo hubo de traer acá desde el sagrado Nilo, gocémoslo. Es para mí éste lugar muy señalado, pues se saluda al sol en su extinción tal como lo hacían los antiguos, aludiendo a la muerte, y veían ellos esta salutación como cosa sagrada. Algo grande y glorioso había, mi gran sabio, en esos mitos y cultos hoy perdidos. Paradoja es de estos días que cuanto más se averigua de secretos que el tiempo había sepultado, menos se interesan y emocionan las gentes con ellos. Mira en derredor, todos ociosos, ignorantes del astro que se apaga, de ese último rayo que dará paso a las tinieblas. Y hoy las espero eternas, pues si he de vislumbrar luces quiera Dios que sea en la otra orilla de la laguna Estigia.
Decía esto Don Diego de Torres con grandes lagrimones en sus ojos de galgo centenario, no supe si de gozo o de congoja. Habíase quitado el sombrero como en duelo y agora sus crines blancas caían sobre sus hombros, figurando un rabino sayón, o acaso un musmón o una borrega vieja. Yo supe turbado que esto no era sino antesala de su despedida. Habíamos llegado a unas verandas en la trasera deste templo y él se asió a los balaustrillos del mirador como si le fallara el aliento.
-Creían estos egipcios antiguos en su sublime obcecación pagana –siguió sermoneando- que sus almas iban embarcadas por el Nilo al reino de los muertos, y así engalanaban a las momias de sus difuntos y las regalaban con bienes para que hicieran buen viaje. ¡Ya sueño con la quietud de las aguas que conducen mi alma en larga travesía! Llegando a los umbrales de este reino soberbio, había un juicio, donde el implacable Osiris, dios de los muertos, pesaba el corazón del difunto. Agora, mi sabio amigo, que has quitado tan gran peso de mi corazón con tu perdón generoso y desprendido, sé que será éste más ligero que una pluma.
-¿No fue la ligereza de tu pluma la que te tuvo penando, necio?
-No caben burlas. Es mi hora. Ya me privo de esta vida de muerto.
Y dicho esto, tomó aire, o casi se diría que lo bebiera, e hízose un fulgor en derredor suyo, como si le acariciara la aurora, y se le volvían los ojos como si quisiera verse la nuca por de dentro.
-¡En mal día! ¡Tente! ¡Detén, ocioso, tu postrer parasismo! ¡No me desampares, voto a las Parcas!
Dijo esto ya como sin pálpito. Doblóse en mis brazos el desdichado y quedamos en pose de descendimiento de Nuestro Señor de la cruz, haciendo yo las veces de María Magdalena.
-¡Revélame al menos, por piedad, cómo he de seguir tus pasos, que no quisiera se demorase un punto más mi penitencia en este maldito futuro de mil diablos!
-¿A alguien ofendiste con porfía en vida? Despiértale con rezos, ensalmos y artes mágicas si hubiere menester, y si te haces con su perdón de buen corazón, como yo hice beneficio del tuyo, podrás designar tu hora y descansar en paz –dijo esto muy pausadamente, aciguatado, alzando un dedo que ya era palo, entreabriendo los cárdenos labios, que se ajaban como el esparto viejo, la lengua comida de gusanos, y un hálito de albañal tan hediondo que tumbara a los cuatro jinetes de un vuelco. Dióme asco, mas rígido estaba yo del pasmo y no acerté a moverme. En un punto cesó el albor que le envolvía, sopló una ráfaga todos sus cabellos al viento como guedejas de esquilar, hízose jirones y polvo el ropaje y quedó la calavera sola, mirándome las cuencas vacías. Dábame esto grande escalofrío, tal que del temblor desarmóse la huesamenta y quedó desparramada por el sitio, haciendo golpeteo como de casquijo en el pavimento, lo que llamó a la curiosidad de las gentes. Corrido, dejé el muerto desatendido y sacudíme el polvo de camisa y calzas.
-¡Arredra, Quevedo! –díjeme, santigüeme y a los curiosos díjeles: Mi compañero no se encuentra bien, le ha dado un aire, ya pueden avisar a una reata de médicos y otros tantos boticarios. Cura no hay, mas a un sacristán pueden dar la voz –y huí lo más presuroso que pude, tan resuelto que a la pata coja no me alcanzara un corcel.
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Pirata
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