Re: --Un navegante solo--
Hubo un hilo que en su día causó algún que otro malestar, que sin embargo a mí me impresionó mucho, y lo guardé... Y quisiera colgarlo aquí, sin querer con ello azuzar el fuego de entonces, sí sin embargo para paladear de nuevo sensaciones tan hondas...
Con tu permiso, amigo Bedmar
Es a esa hora, la que transcurre después de la puesta de sol, la hora en que los perfiles del barco, del todo horizonte, se diluyen poco a poco en el cielo encapotado que anuncia una noche de mortaja, resumido el espacio al entorno de la bañera, desveladas las leyendas sobre las ventajas de la partida, la salvación y la libertad que supone recorrer los mares, cuando se siente frágil. Una fragilidad insidiosa, primitiva, un síntoma de perdida de terreno en su escarceo con la razón.
Aprovecha la luz diurna para reducir el trapo, repasar la jarcia, adujar los cabos de servicio en la bañera, trincar portillos. Media docena de tareas asignadas para ese momento del día que practica severamente, como un viejo artesano en el desempeño de oficio; conoce el efecto sedante del trabajo manual sobre su conciencia, la herramienta aplicada a la transformación de su realidad inmediata, el sosiego de un fondeo abrigado en tiempo de tormenta. El universo entero se acota a su campo visual: el carrete del enrollador con vueltas mordidas, las cocas del cabo, un motón de reenvío desplazado sobre el candelero. No siente el movimiento, desaparece la bruma maléfica, el cerebro retorna a lo concreto y enfoca los sentidos sobre la acción de las manos en un océano de liquido amniótico soporte de vida, frío y pulsante, insensible a lo humano, que diluye el pensamiento y la propia identidad, transformando los recuerdos en sucesos blandos, sin aristas ni aguijones, perdida la herencia de tierra, las imágenes urbanas, los modales, las costumbres sociales, los afectos,
Recorre la cubierta seguido por el susurro del mosquetón trabado en la línea de vida; estira piernas y brazos meciendo en péndulo el cuerpo arqueado, asido con ambas manos a un obenque de barlovento, al ritmo del barco. Esta noche dejará el asimétrico arriba para disfrutar de esos doce nudos de aleta: las cinco franjas de azules, de tonos decrecientes, viran lentamente al gris, después al negro y desaparecen confundidas con el firmamento, tornando paradójico el avance del velero.
El solitario escruta el cielo con ojos de campesino, con el mismo interés, con idéntica sospecha, con una finalidad diferente: secreta, voluntariamente, acepta lo natural con ansia, no cree en los augurios, no esta ahí por obra de un destino implacable e intransigente sino en liza con él, alterando sus reglas, trampeando, exigiéndole continuamente que amplíe el tablero, escamoteando o añadiendo piezas de improviso, al quite o al pase, sin importarle que la partida, muy posiblemente, esté decidida de antemano; mordisquea subrepticiamente las piezas para que no encajen, toma decisiones de rumbo y derrota con pocas horas de antelación, para desorientar a su oponente. El navegante confía honradamente en que, de momento, va ganando la partida.
(En el trópico, la noche cae rápidamente, sin interludio. El marino extranjero, huérfano en esa latitud, busca refugio sorprendido por la ausencia de avisos, el reflejo atávico que acusan los niños ante la oscuridad repentina).
Su mundo es un cajón regido por leyes físicas inflexibles, incapaces de explicar los estados de conciencia. La vida a bordo, una sucesión de actos simples, pero esenciales.
Ha buscado esta situación durante años: perder las referencias, un universo de hechos inequívocos en donde cada acción obtiene una respuesta precisa; liberado de las coartadas cotidianas, inmerso en un entorno móvil y precario concibe ideas sujetas a mil interpretaciones, descubre matices, líneas de pensamiento como masas dúctiles moldeables a su criterio, sin culpa, sin contenido moral, sin justificaciones.
Su devenir está ligado al del barco: “Si quieres abrazar la vida, tienes que salir a su encuentro”. Construir, modificar, actuar, en un ejercicio de poder y voluntad que alimenta y desgasta sus recursos humanos y le provoca alegría.
Esa pared que le separa de una muerte atroz, un final húmedo y pútrido, sintoniza su conciencia con la marcha del velero: sí navega suelto, no embridado, con la presión debida en jarcia y velas, se libera en su alma un fluido vivificante, tónico. Sí la maniobra es torpe, barco y navegante se abisman en un seno entre olas imaginarias.
Regresa a la bañera aterido Expuesto a los elementos, sin el cobijo de la sociedad ni el mundo habitado, recibe su efecto con una desnudez carnal que le revela cada tendón, músculo, latido, la naturaleza elemental de la vida.
En noches como esta, frágil e insignificante, come frugalmente, no enciende luces, quiere pasar desapercibido ante las fuerzas que podrían detectar su presencia. Desea meterse en el saco de dormir, ocupar el mínimo espacio. Pliega las rodillas contra el pecho, las manos entre los muslos, los sentidos expectantes, se abandona al movimiento acompasado.
En días como hoy, ningún acto, ningún pensamiento, ha implicado la existencia de los otros. Y eso es estar solo.
Vuele un beso acanelado hacia tí, donde quiera que estés 
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