Re: piratería y armas a bordo
Cita:
Originalmente publicado por chacho
Me gustaría saber si hay alguien que haya tenido alguna experiencia de asaltos, piratería, o algo asi en este foro.
Estuve leyendo muy interesado foros anteriores acerca de este tema y veo que la mayoría del personal está en contra de portar armas a bordo
no es lo mismo que te roben el fueraborda en un fondeo, o que te asalten cuando estás durmiendo a que te secuestren en Asia o los piratas del Indico. Hay veces que no se puede hacer nada, pero hay otras en que un pequeño barco velero puede intentar repeler un posible ataque.
Cuando se navega por sitios que no son tan "seguros", siempre se evalúa este problema, y está en la decisión de cada uno en navegar por tal o cual ruta, pero aveces te ves sorprendido por un hecho nuevo y con pocos precedentes para lo cual cada uno intentará resolver la papeleta como mejor pueda. Esto sólo lo saben los que han tenido ocasión de estar por sitios de dudosa seguridad, donde no hay patrulleras ni posibilidad de pedir auxilio por VHF.
No son tampoco tan aislados estos casos como decía alguien en el foro, que no había oído de ningún caso en el Caribe. Tampoco es que si uno no se enteró no quiere decir que no exista.
Respeto las opiniones de cada uno y hasta me divertí mucho con algunas intervenciones, desde luego hay gente talentosa con las letras, pero me gustaría conocer la opinión de alguien que estuviera involucrado en algún incidente de estos, para ver a la conclusión a la que ha llegado, y tal vez me pudiera servir tanto a mi como a otros que navegan y no tienen claro el tema.
www.veleroilusion.wordpress.com
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No voy a entrar en discusión con nadie ni pretendo decir nada realmente nuevo, pero la opinión de Chacho me parece muy buena y simplemente voy a transcribiros escuetamente unos párrafos sobre experiencias personales relacionadas con el tema de este foro.
De la nueva edición del Libro "Aventura a toda vela"
Volvimos a izar las velas, rumbo al Cabo de la Vela.
Acercándonos al cabo, divisamos unos cuantos roques que se adentraban en el mar.
Sin cartas de detalle, preferí bordearlos por fuera saliendo a la mar puesto que las cartas de punto pequeño ya señalaban poca profundidad.
El color del agua era verduzca lo que imposibilitaba ver lo que había bajo la quilla y la sonda era muy variable, a veces marcaba dos brazas, a veces, una, es decir que había grandes peñascos.
Al dar la vuelta a los roques llegamos a la boca de una enorme bahía en la que el viento nos llegaba de proa. Navegamos muy despacio pues la mar, que levantaba el fuerte viento dentro de la bahía, no nos dejaría ver una roca a flor de agua; había borreguillos. Como a dos millas a proa, estaba la aldea señalada en las cartas. Noé, en los Roques, ya nos había advertido de la alta peligrosidad del lugar pues los yates venezolanos que navegaban por la zona lo hacían lejos de la costa y en grupos de cuatro o más acompañados a ser posible de un guardacostas.
Nos hallábamos ya a mitad de camino, cuando vimos que de la aldea zarpaba un barco pesquero con mucha gente a nuestro encuentro. Acto seguido, una lancha rápida, con un enorme fueraborda, nos dio un rodeo y se colocó a popa del velero, a unos doscientos metros.
El pesquero, mucho más lento que la lancha hizo la misma maniobra y se colocó por popa.
Era una maniobra rara a nuestro entender, y como ya habíamos sido advertidos del peligro, nos preparamos para lo peor.
Si éramos atacados no podríamos escapar sin hacerles frente, y ellos eran muchos y seguro, mejor armados.
--Agarra el timón y mantén fijo el rumbo,-- dije a Mayi, mientras cargaba las armas y ponía la munición al alcance de la mano.
La lancha, como sin prisa, se fue acercando poco a poco.
Con los prismáticos veíamos que en el pesquero había muchas personas con pelo largo; pero no hubiéramos podido asegurar de qué sexo, ya que mayoría de los indios lleva pelo largo.
La lancha ya estaba a unos cincuenta metros o menos; el barco bastante más atrás.
Urko, desde dentro, iba leyendo la sonda en voz alta.
---Zigor, prepara otra y dásela a Urko. Que se ponga en la escotilla de proa pero que no se le vea. Nos dejaremos a la deriva y cuando el velero se atraviese, por lo menos los tendremos en fuego cruzado.
--¿Cuánta agua tenemos?
--Muy poca, menos de una braza.
--¡Mierda, estamos dentro de la encerrona!
La máquina la puse en punto muerto; no podíamos avanzar más; ni avanzar ni retroceder.
El viento era fuerte, y además del spray del agua, había mucha arena del desierto en el ambiente que se metía en los ojos y en la garganta.
El velero, rápidamente se puso de través. La tensión era enorme.
--¡Aitá, mira, me parece que hay niños en el barco!-- dijo Zigor pasándome los prismáticos.
Al rato ya se les podía distinguir mejor, pues casi sin darnos cuenta, el barco y el velero se había acercado bastante.
--¡Uff! ¡Por muy fieros que sean no creo que estos indios vengan a atacarnos con mujeres y niños!
Levantamos los brazos en señal de saludo, e inmediatamente un gran número de brazos comenzaron a agitarse en el barco, como si hubieran estado esperando la señal.
El ancla caía a trescientos metros de la orilla, donde la arena era blanquísima. El viento hacía caer el velero a sotavento, hasta que el ancla quedó firmemente agarrada al fondo.
Ya antes de que el ancla tocara fondo a dos metros de profundidad, los dos indios de la lancha ya se habían amarrado a la bita de popa y habían saltado a bordo.
Uno de los indios, de gran estatura, llevaba un gran collar y un voluminoso revólver a la cintura sobre la ingle derecha; el otro, de piel más oscura, casi negra, también guarnecido con un revólver, no habló nada.
--Sean bienvenidos al pueblo. ¿No tienen ningún enfermo?
--No. Todos estamos bien, gracias.
--Tenemos una buena enfermería si necesitan algo.
Nadie, ningún velero que ellos recordaran, decían mirándose uno al otro, había jamás entrado a visitarlos. Era insólito que alguien viniera a visitarlos si no necesitaba nada.
Mientras, la otra embarcación pesquera se había acercado a la popa del velero, y unas veinte personas subían a bordo, dándoles una de las bienvenidas más calurosas de todo el viaje. Jamás lo hubiéramos imaginado si quiera, en un lugar de tan mala reputación.
Las navegaciones a lo largo de Palawan, hacia el Suroeste, en el Mar de la China las hicimos con vientos portantes y sorteando los numerosos arrecifes. Además el velero Sara nos acompañó pues en su viaje de Hong Kong a Filipinas había tenido dos malas experiencias con piratas, ya no quería navegar sólo por la zona y navegamos en conserva.
En el cartel de anuncios del Changi Yacht Club se podía leer una nota de aviso previniendo contra los piratas. El mes de enero anterior a nuestra llegada había habido tres ataques de piratas a veleros en el estrecho, que habían presentado la correspondiente denuncia; el primero en Pulau Tacon, el segundo en Philips Chanel y el tercero en Bufalo Rock. En la nota se especificaba el tipo de técnica usado por los piratas en cada ataque. De modo que había piratas de verdad; no eran historias inventadas por los navegantes.
Piratas al abordaje en el siglo XXl
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Como si estas líneas hubieran sido una premonición al anochecer del siguiente día, chocamos contra algo flotante, sólido como un tronco, pero que no pudimos ver a pesar de movernos rápidamente para alumbrarlo e identificarlo.
Pero no terminaron ahí los percances de la noche. Durante la primera hora de guardia sobre las tres de la madrugada, observé las luces de un barco, por proa a babor, pero bastante lejos como para inquietarse. Las luces poco a poco se fueron haciendo grandes hasta que dejaron adivinar las formas de un gran pesquero.
Para evitar cualquier confusión comprobé que las luces de navegación funcionaban bien. El pesquero cambió de rumbo y se fue acercando tanto, que se puso navegando paralelo al JoTaKe a unos setenta metros, aunque en la oscuridad de la noche se hace muy difícil calcular las distancias. El pesquero enfocó sus proyectores hacia el velero, y comencé a recelar algo, ya que habiendo respondido con el proyector del velero, el junco chino, ya claramente visible bajo el proyector, comenzó a realizar extrañas maniobras. Lo llamé repetidas veces por radio pero nadie respondió.
Cambié entonces el rumbo en noventa grados y el junco cambió también de rumbo y corrió de nuevo a colocarse paralelamente a nosotros y enfocarnos con sus proyectores.
Desperté con voces de urgencia a la tripulación que se percató rápidamente de la situación. Sacamos las armas, desenfundamos los machetes y nos preparamos para lo peor.
El junco aceleró, dio una vuelta cerrada y se puso a escasos metros de la popa del velero en una maniobra que entendimos era un claro movimiento explícito para ponerse en situación ventajosa para el abordaje. Su tripulación compuesta de unos ocho hombres armados estaba ya preparada para el abordaje y preparando los cabos para amarrar su presa.
El potentísimo motor del junco rugió. Los motores de 37 CV del velero también, pero evidentemente nada había que hacer salvo vender caras nuestras vidas.
Siguieron cinco minutos interminables, de extrema tensión en los que, como el ratón ante las zarpas del gato iba estudiando o mejor, adivinando los movimientos de los felinos amarillos de ojos sesgados para esquivarlos.
Mientras, mi tripulación hacía teatro, uno se ponía un sombrero y asomaba por una ventana, mientras otro encendía la luz del camarote de proa, o salía por la escotilla y volvían a entrar por la puerta, y siempre cambiándose de ropa, mientras apuntaban con un marcador láser al puente del junco. En fin, todos los recursos imaginables en una situación de inminente riesgo de muerte.
El junco seguía acosando a su presa pero no se decidía a lanzar el zarpazo y asestar el golpe definitivo, hasta que decidió caer a estribor y alejarse unos cincuenta metros.
Con la adrenalina a flor de piel pasaron al menos otros diez minutos, mientras las tripulaciones de las dos embarcaciones se iban midiendo, hasta que un repentino y providencial golpe de viento lanzó al JoTaKe a unos trece nudos de velocidad. El junco chino fue quedándose muy poco a poco rezagado y viendo perdida su presa, volvió a caer a su estribor y se alejó definitivamente, bajo la incrédula mirada de la tripulación del velero que en todo momento temió el peor desenlace.
--¿Por qué no habrán disparado si nos doblan en número? ¡De buena nos hemos escapado!—dijimos en un susurro.
Todo esto sucedía a cuatrocientas cincuenta millas de la costa más cercana, Sri Lanka y otras tantas del estrecho de Malaca en aguas internacionales de la bahía de Bengala, en la mitad de recorrido entre Sumatra y Scri Lanka.
No tuvo tanta suerte el francés “Eudes D¨Aquitaine quien tuvo que esquivar el abordaje de un pesquero-pirata que vino a cerrarle el paso. El encuentro se saldó con el génova hecho jirones, el casco dañado en su lado estribor y con seis agujeros de una ráfaga de arma automática; pero al rozarse los cascos de las embarcaciones la botavara alcanzó, golpeó y lanzó al agua a tres de los seis piratas que estaban seguros de que iban a lograr parar el velero.
--¡OK pour ça, Claude!
La entrada al Golfo de Adén fue como para no olvidarla.
Por un lado tuvimos que dar un respeto de cincuenta millas a la isla Socotra ya que su merecida fama de “Nido de Piratas” la hacía temible; por otro lado dos días antes, a través de la radio, nos enteramos de un ataque contra un velero en el que la embarcación fue saqueada y la tripulación herida, en el Golfo de Adén.
Nos extrañó que la primera pregunta que nos hacía la gente de los yates fondeados en el puerto era: ¿Qué tal el viaje? ¿No habéis tenido problemas? Y es que tres de los cinco veleros que había fondeados en la bahía habían tenido asaltos de piratas.
El catamarán Gone Troppo, que nos precedió en la llegada, fue ametrallado desde una lancha rápida, por un Ak47, fusil de asalto. El matrimonio australiano que lo tripulaba se vio obligado a parar y arriar las velas.
Una de las balas perdidas, tras atravesar casco, mamparos y puertas golpeó ya sin fuerza la pierna de Gail Dawson astillándole el fémur, mientras solicitaba ayuda por radio.
Mientras Stephen Phillips socorría a su esposa, los abordaron cinco piratas armados, mientras el sexto hacía guardia en su embarcación. Fueron saqueados pero sobrevivieron para contarlo.
Al día siguiente y a veinte millas del lugar donde esto sucedía, el mismo barco pirata trató de hacer lo mismo con un velero finlandés. Pero este ya iba prevenido para este tipo de acontecimientos y contaba con cinco tripulantes que salieron fuertemente armados a cubierta. Navegaron paralelamente durante unos diez minutos y al final los piratas desistieron en su cometido y se fueron.
Un tercer velero fue seguido durante la noche por una embarcación que fue detectada en el radar. Su comportamiento durante los cambios de rumbo para despistarlo indicaron que también tenía radar. La persecución terminó cuando un mercante acudió en ayuda del velero respondiendo a su llamada de socorro y el velero disparaba una bengala para señalar su posición al mercante haciendo huir a la embarcación, señalada por una pequeña mancha en la pantalla del radar.
Con suave brisa zarpamos de Adén hacia el estrecho de Bab el Mandeb, que en árabe significa “la Puerta de las Lamentaciones”. Nos acompañó una bandada de flamencos rosados. La brisa fue paulatinamente aumentando hasta convertirse en un fuerte viento de treinta y cinco nudos, afortunadamente por popa que nos arrastró por el estrecho hasta el interior del Mar Rojo. Fondeamos a unos cien metros de la orilla para pasar la noche y, nada más llegar, sufrimos un primer “control” de las “autoridades” que nos exigían su backchís. Atardecido ya, llegó el siguiente “control” pidiendo más bakchís y a las once de la noche, cuando llevábamos ya más de tres horas en la durmiendo llegó una patrulla militar con un comandante lleno de estrellas e insignias a la cabeza, armados hasta los dientes, a reclamar su bakchís esta vez en forma de alcohol (mala costumbre seguramente sentada por otros veleros pasados por allí anteriormente). Sólo públicamente musulmanes, consumen en privado cuanto alcohol pueden conseguir de esta forma, ya que no pueden ir a comprarlo a un establecimiento público sin delatarse como violadores de las leyes del Corán.
De madrugada, y antes de que nos llovieran nuevos controles, zarpamos hacia Eritrea, dejando Djibuti por babor, al otro lado, en la costa africana. El viento se mantuvo fuerte y nos hizo correr a veces a más de dieciocho nudos con todos los rizos tomados a la vela mayor. Cuando rompían las enormes olas por popa, el JoTaKe surfeaba pasando de los veintitrés nudos.
Pero no todas las experiencias en este viaje terminaron como estos pasajes anteriores. Hubo algún incidente MUY GRAVE en el que hubo que repeler la fuerza de las armas con nuestras armas y confieso que estoy muy contento de haber estado armado y gracias a ello estamos vivos yo y mi familia. Como consecuencia del incidente tuve que pasar ante un tribunal que absolvió mi actuación juzgándolo como una actuación en defensa propia y defensa de "territorio español", bandera del velero.
Otro juez, en Panamá, dictaminó que podíamos llevar, a bordo, tantas armas de fuego como tripulantes íbamos a bordo.
Después nos enteramos que nuestros atacantes, la semana anterior, habían atacado un velero alemán, matando al matrimonio que iba en él para robarlos.
Hemos tenido acceso a información directa sobre las víctimas de varios ataques en el Caribe, en el Amazonas, en las islas San Blas, Filipinas, mar de la China, Singapur, Golfo de Adén y ... hay opiniones tan variadas como en este foro. Cada circunstancia exige una actuación diferente, y hay que ser... , político, negociante, actor de teatro, o buen tirador o... vuestro instinto de supervivencia os dirá lo que hay que hacer.
Pero os aseguro que cuando la vida de tu familia está en inminente peligro ... no se duda en disparar, os lo aseguro.
La mía, mi opinión ya la he expresado.
Allá cada uno...
  para todos, pero no os las toméis si tenéis que tomar una decisión respecto al tema del foro. Y perdonad el ladrillazo
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