Discusión: Rincón literario
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Crimilda Crimilda esta desconectado
Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Rincón literario

«El derecho natural no existe; es una ficción, una antigualla digna del fiscal que me acosó hace pocos días en la vista y a cuyo abuelo enriqueció una confiscación decretada por Luís XIV.No puede existir el derecho si no lo apoya una ley y lo sanciona un castigo. Ante la ley, lo único natural es la fuerza del león, o la necesidad del ser que siente hambre, que tiene frío... el necesitado, en una palabra. No: las gentes que pasan por honradas son malvados a quienes no han sorprendido en flagrante delito. Una infamia enriqueció al fiscal que la ley lanzó contra mí. Reo soy yo de asesinato, y no me quejo; me condenaron justamente, pero, poco más o menos el Valenod que me condenó es mil veces más perjudicial que yo a la sociedad.

¡Pues bién! - prosiguió Julián con tristeza infinita, pero sin cólera- Más que todos esos hombres vale mi padre, no obstante su sórdida avaricia. Jamás me ha querido, y hoy vengo a colmar la medida, deshonrando sus canas con mi muerte infamante.

El temor a la miseria, el concepto exagerado, de la dureza humana, que se llama avaricia, hacen que vea un manantial prodigioso de consuelos en los trescientos o cuatrocientos luises que puedo legarle. Cualquier domingo, después de comer, enseñará su tesoro a todos los envidiosos de Verrières, y su mirada les dirá: ¿Quién de vosotros no vería guillotinar con gusto a un hijo a este precio?”

Aun suponiendo que la filosofía de Julián hubiese sido verdadera, habría bastado para que, quien por tal la tuviera, desease con todas las fuerzas de su alma la muerte. Cinco días horribles, cinco días eternos pasó dominado por pensamientos desconsoladores. Trataba con urbanidad a Matilde, a la que veía exasperada por los celos. Un día, el condenado pensó muy seriamente en la conveniencia de suicidarse. Su alma estaba muerta desde que no la vivificaba la presencia de la señora de Rênal. Ni en la vida real, ni en su imaginación, tan fecunda en otro tiempo, hallaba nada que le distrajese. La falta de ejercicio comenzaba a alterar su salud y a darle el carácter exaltado y débil al mismo tiempo. Hasta le había abandonado esa altanería viril que rechaza con un juramento enérgico ciertas ideas poco convenientes que asaltan a las almas de los desgraciados.

“-¡Amo la verdad!- se repetía- ¿Pero dónde encontrarla? Yo no veo más que hipocresía, charlatanismo, hasta en los que llevan fama de virtuosos... ¡Oh! ¡El hombre no puede fiarse del hombre!.. Me decía la señora de... encargada de recoger limosnas para los huérfanos, que el príncipe de... le había dado diez luises... ¡Mentira!. Pero hay más: Napoleón en Santa Elena... ¡puro charlatanismo, comedia pura también! ¡Santo Dios! Si este hombre, en circunstancias en que la desgracia debió excitarle más severamente que nunca al cumplimiento del deber, se rebajó hasta el punto de ser un comediante, ¿qué puede esperarse del resto de la especie?.”

«¡Qué tormento vivir solo, aislado, sin creencias! ¡Me vuelvo loco... y soy injusto, porque si es cierto que hoy vivo aislado en este calabozo, no lo es menos que no viví aislado en la tierra: me acompañaba la idea del deber... del deber que me había impuesto con razón o sin ella... del deber, que era el árbol sólido contra cuyo robusto tronco me apoyaba cuando rugía el huracán... ¿Pero por qué maldigo la hipocresía de los demás si yo soy también hipócrita? Atribuyo a la humedad del calabozo, al aislamiento, a la proximidad de la muerte, la melancolía que me abruma, y sé que la causa la ausencia de la señora de Rênal. ¿Me quejaría si hubiese de pasar semanas enteras encerrado en los sótanos de su casa de Verrières para verla? Me contagia el ambiente de hipocresía que respiro... Me encuentro a dos pasos de la muerte y soy hipócrita... ¡Oh siglo XIX!”

Rojo y Negro.- Stendhal
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