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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XVIII. DE MI VIAJE A CÓRDOBA

No es ley de Dios que a un cristiano le saquen de su sepultura para darle tanto disgusto. ¿Perdí mi turno en el infierno y agora está tan lleno que no cabe un alma, negándoseme torturas cordiales y condenándome a estas visiones? ¿Qué impiedad, qué vileza cometida, por muy pecaminosa, merece este castigo de morar en un día que no me es proprio por naturaleza, de veer con ancianos y tristes ojos cómo el mundo bastardo que quedó atrás ha parido un mundo mil veces bastardo? Maldita mi fortuna. ¡A tantos corrí con mi pluma! ¡Hubiérales cerrado a lance de espada y no hubiere tan grande matasietes como Quevedo! Bien me quitaría esta regalada vida falsa si de algo valiese, mas no hay cómo.

En estas cavilaciones vide que andaba sobre un puente de grande altura, que volaba sobre una cuesta que se me antojaba por la orientación la calle de Segovia. Inspiróme esto la idea de saltar cobardemente, tal que así me despojara desta vida en muerte, mas algún bastardo impío con los penantes había puesto unos cristalones, tal que el impulso suicida fuera vano. Ofuscado por esta flaqueza y el deseo de volver a ser muerto, vide venir tras de mí a uno de esos horribles autobuses, con las linternas encendidas como ojos y rugiendo, en la apariencia de una bestia fabulosa, e invitóme a saltar a sus fauces y poner fin a este mal sueño. Así hice, en un lance certero, y crujióme el macilento engendro todos los huesos con ruedas y ejes, dándome mil vueltas con la panza y retorciéndome los miembros al tiempo que chillaba como pollo de cuervo en pelos malos. Paróse y salió el cochero con muy mala color. Yo vime allá tendido y descalabrado de pies a cabeza con grandes dolores y creí estar en el buen camino de regreso a la sepultura. Vide con el rabillo del ojo que el cochero de este autobús y otros caballeros de a pie me amparaban en mis estertores, al tiempo que cesaron en mi entumecido cuerpo todos los dolores y dime por dichoso de estar bien muerto. Acaso a razón desta dicha di en un sonriso, satisfecho de mi suerte, y al fin en alguna carcajada, como si la guadaña de la Parca me hiciese cosquilla en el infausto tránsito.

-¡Se ríe el tío! –rebuznó alguno. Abrí los ojos y vime con aliento.

-¡Vivo sigo, por Santiago! –dije, nublando el gesto con enojo, pues supe entonces que fuere en vano matar a un muerto, que aún despiezado habría de seguir penando. Púseme en pie, vime sucio, haraposo y vejado, como un zarrapastroso. Ningún testigo quería creer lo visto, tal que alguno mentó que era milagro. Fueron todos a sus menesteres y yo quise seguir mi camino, corrido y majado como iba. Dictó el destino que uno de los que me atendieron fuera el padre Zanca, pues todo esto ocurría cerca de su parroquia, quien reconocióme al punto, y censuró el mal uso que daba a sus ropajes, deshechos de puro guiñapo y desgarrón al cabo de tal penoso episodio.

-Pero hombre, ¿qué hacía usted debajo del autobús? ¿No le pareció bastante emparedarse en la iglesia? –dijo burlón el devoto.

-Pío amigo, nada creas menos de lo que vieres. Cierto es que quise quitarme la vida, mas vano es rectificar la letra que Dios ha escrito. Digo esto y doy fe.

Todo esto dije con grande resignación y franqueza, en la consciencia de que habría de ser larga mi expiación.

-Es usted un caso perdido –dijo-. Ande a la parroquia que le doy otras ropas.

Y fuimos al nefasto lugar de mi resurrección.

-Dígame padre Zanca –dije ya en la sacristía-, ¿cabe constancia de que acá yacieran los restos de poetas antiguos, como, digamos, el grande, notable e ingeniosísimo de Francisco de Quevedo?

-¡Y dale! No me cabe duda que ha de ser usted familia suya. Verá –explicóme-, quiso ser esta iglesia de San Francisco el Grande, erigida en el solar de la Venerable Orden, panteón de hombres ilustres porque no había en la capital tal cosa, como era moda en Francia, y trajeron acá a Quevedo y a otros, mas quedó todo al fin en agua de borrajas y consta que los féretros se devolvieron a sus lugares.

-¡Ah, políticos cabrones! No han de contentarse con turbar la paz de los vivos, que han menester molestar también el sagrado sueño de los difuntos ¡Malditos necios hipócritas, facinerosos, viles, fariseos que honran a los muertos sólo cuando pueden vendellos! Tuviéronme encerrado en vida y luego de muerto dedicáronse a pasear mi pobre y desnudo esqueleto para vestirlo de patria. En esto no ha cambiado el mundo un ápice, mi buen clérigo, que han sido siempre majaderos los hombres de estado, pues el poder envilece al más honesto y la codicia pudre al más sabio.

No cabía en mí el mal genio que me trujo tan mala ventura. Vestíme como me dijo el fraile y al cabo póstreme ante el altar, sombrío, escarnecido, desalentado y abatido. Compúseme al cabo e hice oración, susurrando, en súplica delirante a la Virgen María, Jesús Christo y el magnífico apóstol Santiago, a fin de que éstos diéranme un recurso para vencer la eterna paz anhelada, si no la gloria.

-Ave María –dije a ésta-, mal cristiano he sido, obstinado en la burla, mas ¿no fue mi embate contra los vicios malsanos, contra la mentira y la hipocresía de quienes pecaban en vuestro nombre? ¿Acaso os deshonré a vos en un punto? ¿Acaso os hice falta alguna? Vanidades veniales tuve, mundanas debilidades, todas confesadas, pecadillos de la carne. Observad que vírgenes no toqué en vida sólo por no ofenderos.

-Padre Nuestro –dije al otro-, vos no sé si habréis de entender mis pesares, pues si tanto padecisteis clavado en el duro leño hasta la séptima palabra, luego de resucitado fue todo alfombra de rosas y al punto ascendisteis a los cielos sin más traba. ¿Cabe en vuestro divino corazón piedad por este resucitado que lleva su cruz después de muerto y no se acuerdan los ángeles de bajar por él? No mires los yerros que hice en vida, que ya pagué por ellos siendo testigo de este porvenir aciago.

-Santo Apóstol de España –dije al tercero-, tampoco a vos quise ofender llevando vuestro signo en el pecho. Sabed que si enseñé a alguien la espada no fue por baladronada ni por codicia, que fue por cortarle la lengua al blasfemo en defensa de vuestro sagrado nombre, dar castigo al infiel y honor al reino que apadrinas, o acaso por torpe embriaguez alguien se recibió un chirlo en evocación de agravios que me hizo. Ladrón no fui, que si a algún infeliz tomé la bolsa a golpes, bien sabes que no fue a golpe dado sino a golpe de dado y de naipe, y bien que hice dispendio en limosnas a tu parroquia con lo ganado. De estas bribonadas de chiquillo hubo perdón, ¿o acaso no hubo tal? ¿No fueron sinceras mis postreras confesiones? Y todos aquellos viciosos, consentidos, corruptos y ahítos de gula que difamé en mis versos, ¿no eran merecedores de ello? ¿No quiere el codicioso adulación?, ¿no desea el impío comprar la vida eterna? Pues en mi pluma tuvo inmortal censura, que de no ser por mi crítica la memoria de su avaricia pasara por el mundo como el viento. Diles al cabo lo que pedían. ¿De qué me acusan? ¿De quien necesito la absolución para que me abrace la muerte digna que se me niega? ¿A quién aún agravio, quién puede darle fin a mi deshora?

En el fragor de mi discurso íntimo se había destemplado el tono de mi voz, que ya era grita, y al hacerse el silencio pude oír mis ecos retumbando en las capillas. Estremecíme, pues creí oír mi propia queja desfigurada diciendo un nombre infausto, voto a los Cielos:

-Luis de Góngora, Luis de Góngora –decía el eco.

-Habla voz vagamunda del mismo demonio, voto a Dios, que es mi propia voz. ¡Qué desdicha! Lo oigo claro como el agua de un arroyo. A él injurié por invidia, por venganza, por mi honor, con pasión y sin vergüenza, a ese engreído ruin, biznieto bastardo de Apolo, nido de bujarrones, almorrana del Parnaso. ¡Maldito mil veces, Góngora!

-¡Mil veces Góngora! –decía el eco y era punzada para mis cansados oídos.

-En la noble Córdoba yace el muy cornudo, que murió privado de seso, desdichado, que por la boca se le fue el celebro en infamarme. ¿Perdón pedirle a don Luis, el muy puto? ¡Antes muerto! ¿Qué digo? Muerto vivo he de ser, penitente en este infierno antes que humillarme en tal medida.

Habíame clavado de hinojos y sollozaba como viuda en lecho de difunto, tal me veía vejado. Llegóse a mi lado el cura Zanca, llamado por mis bramidos, y compadecióse de mi aflicción.

-¿Está usted bien, que le oí gritar en su oración? ¿Tiene alguna culpa de la que dar cuentas ante Dios? Yo puedo confesarle si desea.

-No ante Dios, bien lo sabe el cielo, dómine –dije, prudente-, sino ante un hombre bajo y mezquino al que ofendí a trochimochi, enloquecido de ira, podrido de vanidad y enardecido por su vileza, y agora veo lúcido que por ello estoy penando. Tarde es para el arrepentimiento, pues si no puse en su hora la otra mejilla, Christo ya está vendido y Judas ahorcado.

-No, hijo, no es tarde nunca para pedir perdón –dijo el generoso Zanca-. Búscale y pídele perdón, hombre.

-Tarde llegamos –dije.

-¿Está muerto? –quiso saber.

-Y bien muerto –dije.

-Entonces sólo puedes responder ante Dios, hijo.

-¡Qué demonios! Muerto está, mas no para largo, voto a Santiago. ¿No desperté yo a los ruegos de Don Diego de Torres? ¿No me vomitó la Parca? ¡Pues ha de vomitar también a mis ruegos el desperdicio de su infame huesamenta! Válame que vamos a platicar cara a cara don Luis y yo, aunque le pese. ¡A Córdoba voy!

Resuelto estaba yo, volvíanme las fuerzas vislumbrada la raíz de mis males. Diome Zanca por orate una vez más, y hay que excusarle, que no es natural mi desdicha a los ojos de ningún hombre, muerto o vivo, por muy vivo que sea. Ante mi insistencia, indicóme unas señales para coger el ave a Córdoba. Insistí si no era ya uso ir a caballo, que acaso acudiérame el vértigo al cabalgar los cielos de La Mancha con un ave por montura. Viérame Quijote y ensartárame en su mohosa lanza. Juróme Zanca que esta ave iba por tierra y advertióme con pormenores cómo encontrar la estación donde paraba tal y pagar el viaje. Antes de marchar roguéle que se hiciese cargo de los huesos que se hallarían en la montaña de Príncipe Pío y les diese sepultura en el agujero que yo abriera ayer, dando así paz en mi anónimo lugar a Don Diego. Obligado, hice besamanos, reverencia, di las buenas de Dios y marché escaleras abajo, cojo y todo.

Habidas en cuenta las sabias recomendaciones del clérigo, hice señas a un taxi, que es tal coche con banda de gules en el flanco, el lema taxi en capotillo y un hacha verde encendida. Paróse y díjele que quería ser guiado a la estación del ave, que no tenía fe en llegarme por mi propio pie. Hubo de apearse el cochero impaciente a abrirme la puerta, renegando como un condenado, visto que yo no valía para acertar con el uso del picaporte. Calvo era como puchero vuelto y malcarado a porfía, pues su cara era la crucifixión misma: la tez de palo seco, los ojos clavos, que parecían apostados en las cuencas a martillazos, la nariz colgada y machimuerta, la boca trapillo de calzón desbaratado que cubría la vergüenza de sus dientes, corona de espinas por lo retorcidos, un chirlo en el costado de la mejilla por llaga, el calvario en el gesto y por INRI llevaba un par de cuernos a buen seguro. Iba este taxi con ligereza, bramando en cada punto, deteniéndose acá y allá con otros coches muy bien ordenados, arreando todos luego a bulto, como borregos en manada. Vide yo desde este taxi la villa nocturna, muy bien iluminada de candiles acá y allá. Agucé el oído y no alcancé a oír grillos ni lechuzas, pues de seguro ya no cantaban en la certeza de que siempre era de día. Hízose el viaje corto, arrebatado como estaba por la visión de tanta ostentación de relumbres y destellos. Pagué al crucifijo humano lo que me dijo, que bien lo señalaba una cajilla repiqueteante que hacía de ábaco y mostraba los montos. Sacóme de allá y fuime, obedeciendo los avisos que me saludaban con AVE, instruyéndome de unos y otros gentiles, y pasé por un tinglado que me dijeron era túmulo a casi dos cientos de vecinos que habían asesinado vilmente ha poco unos adoradores del zancajo de Mahoma y del alcorán, que se llaman terroristas, como dije, por ser la peste negra de estos días.

-¡Válame Dios –dije, santígüeme y descubríme-, ardan en los rigores del Hades los infieles autores de tal atrocidad! ¡Por Santiago, hiciérales por la hoja de mi espada captivos en galeras y allá como escarmiento cebárales de tocino a palo seco y zurrapas de mal vino!

Al cabo se acalló mi reavivada indignación por la cobardía y la brutalidad deste mundo moderno, negocié en un torno mi derecho de viajar y me dijeron que guardara unos pliegos que me daban y abordara con ellos antes de las diez y cincuenta y cinco. Yo, que no supe contar nunca las horas por cincuentenas, fui apriesa a la caza del AVE, que no era tal, pues alas no tenía, sino que lo vide como una suerte de gusano o de sierpe enorme, a guisa del metro que antes sufrí a mi pesar. Temeroso iba de hacer viaje a Córdoba, que sin dudar habría de demorar varias jornadas, mal asido a una vara y estrujado entre ciento pasajeros, como era usanza en este metro, mas por fortuna no hubo tal cosa. Subí a ello, me mostraron mi asiento y en él fueron bien recibidas mis ancianas ancas, tal que no me arrancara nadie de él ni a garrotazos.

Arrearon pronto a esta cosa y movióse, aunque por lo callado se hacía la ilusión de que era más bien el mundo por de fuera que se movía y los viajeros éramos quietos viendo todo pasar por las ventanas. Pasó uno que yo creí mercader, mas no lo era, sino despensero, pues iba regalando a todos unas cintas, como las de atar el zapato, que la gente se alojaba en las orejas por un cabo más grueso. Hice yo lo mesmo sin conocimiento dello, obediente del refrán “donde fueres haz lo que vieres”, mas no le encontré gusto ni disgusto. Conmigo iban una niña carihermosa royendo no sé qué escamas de pan duro que sacaba de una talega bigotuda que decía algo como Pringues; una dama morena de escote ambicioso, acaso empreñada, que bien ciñera un cencerro, quien me solicitó la hora cual si yo fuera un oráculo, y hube de contestarla que mas de las cincuenta por mis cuentas, de seguro; y al fin un caballero desgreñado, vestido en mangas cortas y mal barbado, que por la indumentaria era de la Orden de Nike, acaso paganos sicarios de una Minerva alada, y que iba comiéndose un libro con el ojo diestro y el escote de la dama con el siniestro. Agora y luego platicaban con terceros con este artefacto piador omnipresente que llaman móvil, a pesar de que yo nunca lo vide moverse. Aburrido desto, quise dar cabezada para afrontar tan largo viaje y no hube entornado un ojo cuando dijeron que estábamos en Ciudad Real.

-¡Jesús, no es posible! ¡Esta ave vuela asaz!

En otro guiño paró en Córdoba y yo, incrédulo y todo, salté lo más apresurado que pude en cuanto abrió puertas bufando, temiendo que echara a volar a Sevilla, donde me dijeron hacía destino. Partió por unos pasillos de acero sin remontar el vuelo ni poner güevo ni perder pluma. ¡Cuántas maravillas has aún de veer, Quevedo!

.../...


Pirata
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