Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
XIX. DE LA BROMA DE DON LUIS Y EL FINAL DE ESTE SUEÑO
Obscura era la noche y grande el desamparo al pisar suelo cordobés, mas en juicioso lance di en hacer míos los pasos del batallón de viajeros, pues advertí que todos seguían un mesmo camino. Así hice hasta que se dispersaron, cada mochuelo a su olivo, y quedé yo en un desmochuelado paseo, guarnecido de algunos faroles y cuatro matojos. No era esta ciudad muy dispar a la de Madrid, salvo en la altura de los edificios, que era menos, mas no vide signo que me valiere. Anduve pocos pasos y di de narices con un paisano que llevaba un perrillo de falda, enjaezado en un cordel. El canino se afanaba en apostar cacas en el paso, y esto le entretuvo, tal que yo avecineme sin intimidar al amo e hice indagaciones, luego de encarar un par de ladridos.
-Disculpe v. m. mi atrevimiento, le ruego. Llego de la Corte y, como ajeno, no sé el camino a la santa catedral, o a los alcázares, o acaso al río, que me sirviera de seña. ¿Quedo lejos?
-Siga, siga de frente, como veinte minutos –me dijo, y por el deje supe que en Córdoba estaba, que no había mudado el tiempo acá el hablar de sus gentes-. O media hora –dijo el truhán con sorna al veer que con un cojo hablaba.
-Dios le guarde, y entre tanto guárdese v. m. Del estiércol que va sembrando –y fuime, ocupado en no pisar los cagajones, fruto templado del tal perruno vientre y de otros que fueron antes.
Largo fue el camino hasta que vide con gran júbilo para mi apaleada alma una iglesia que a fe mía mostrara uno de los paños tal como se viera en mis tiempos, y de ahí comencé a correr callejas, corrales y plazuelas que con otra guarnición pasaran por las de mis días. No cabía en mí el gozo ¿Quién tal pensara, que por unos lugares pasa el tiempo y no así por otros? Viéndome en tal escenario, silencioso como era a tal hora de la noche, entré en grita.
-¡Góngora! ¡Comparece, bellaco miserable, que traigo cuentas contigo y ya hacen monto!
A estos gritos respondió con gran jolgorio uno que iba alegre de vino, y pregúntele yo por la tumba de don Luis de Góngora. No supo éste que tal hubiera, mas con la linda tajada que se trujía tampoco supiera de cierto si parióle su madre. No fue éste el último, pues pregunté a todos los malnochadores que vide, que fueron decenas y quien no hacía burla dello se hacía el loco. Encontré al sereno una dueña, revieja carantamaulas, pasada cual orejón, su cuna y la de Matusalem ras con ras, más fea que desfile de mandrágulas y cocodrilos, más arrugada que gañote de ahorcado, la quijada huérfana de dientes, la nariz haciendo tijera con ella, los dedos tarascas de huesa, por ademán un rictus y por sonriso un réquiem. Vendía en un chaflán tocinos embuchados en mendrugos de pan y a mi averiguación dijo que acaso en la mezquita, y acaso ello lo recordara de propria vivencia de puro vieja. Reíme yo de que fuera Góngora enterrado en campo de Mahoma cual perro infiel, mas ha de ser agora como en mi tiempo esta mezquita basílica cristiana. Fui y halléla, tal como la vide en mi siglo, acaso más ajados los portones, cerrados por los cuatro flancos, tanto el que miraba a Meca como el que le daba el culo. Grité otros tantos góngoras y no llegó nadie, tal que hice voto de apostarme en los umbrales hasta la amanecida, confiando que vinieren los sacristanes a abrir a maitines. Dormido quedé en un peldaño, cual buscón harto de bota. Ya era poca cualquiera humillación tras lo que soportaba a mis espaldas en este día.
Despertóme la aurora y vide que no estaba solo, que me asediaban pichones y palomos. Espánteles y volaron, aunque de buena gana hubiera hecho presa alguno convidándolo a mi desayuno. A falta dello entré en un palacio que hacía las veces de posada, busqué las necesarias, señaladas como servicios, por el buen servicio que hacen al que se ha acuclillar y darse a pujos, y allá cabalgué una letrina de asiento, orinal descomunal con tapadero, aliviándoseme el vientre con grandes relinchos de las nalgas, lo que dio buen puchero de cámaras, meconio de los siglos. Luego de ciertas maniobras y evoluciones que hube de hacer para no desportillarme el carajo con el tapadero, que era de dos piezas, límpieme lo sucio con un ovillo sin fin de pliego muy oportuno que hallé allá mesmo, ataquéme las calzas y huí apriesa, pues era grande el hedor de la churre que dejé allá untada. Aliviado desto apostéme en una mesa bien guarnecida de las que hallé en el patio y regalé al buche pan con aceite, a falta de manteca, y uno de estos cafés, que es como beber brea, por lo negro, caliente y amargo. Había otras frioleras y enjuagues dispuestos, mas no vide morcillas, ni perdices ni gallinas, ni cosa apetecible ninguna. Pagué en moneda al posadero, con esas piezas tan curiosas que son por el canto de oro y por el principal de plata o lo opuesto, y di por comido a mi triste estómago, que apenas había barrido aún de él las telarañas de tantos siglos.
Salí a la brisa mañanera, llegándome hasta el río de peregrino caudal. Alivió mi alma reseca la visión del agua en su discurso eterno ante la nobleza de esos muros y ablandóse a tal punto la ruindad de mi mumificado corazón que llegué a abrazar la idea de pedir perdón a Góngora. Bien visto, nada que perder en el lace había, pues bien podía salir yo salvado y él verse muerto en vida, que sólo a tal protobastardo se lo deseo por la tirria que le debo, o bien quedaría yo como estaba, desenterrado y escarmentado, y él enterado de que ni muerto le he de dejar tranquilo. Recordé las palabras de la postrera hora de Diego de Torres sobre las aguas del río que habían de llevar las almas al perpetuo descanso y vide en este Gualdalquivir cien Nilos, haciendo de los califas faraones y viendo ya mi espíritu pasajero de su paz, escoltado por blanquísimas garzas rumbo hacia el majestuoso impero del sol poniente.
Desengañóme destas ilusiones el sol de la mañana, clamando a la vida tan contrario a mi anhelo, que ya me quemaba la frente y la nasal. Atrasé mis pasos a la catedral mora y hallé la puerta abierta al fin, tal que entréme en los patios, que guardaban naranjos bien ordenados, y allá vide con pasmo grandes multitudes de extranjeros, los más de las Indias Orientales, juzgando por lo desvaído de la tez, lo chato de las narices y lo sietedurmiente de sus ojos, como henchidos de legaña. Campaban ufanos por doquier mirando las cosas a través de unas arquillas, que acaso la rendija que abrían los párpados no daba para veer las cosas por sí. Con estas cajas, que son las camarillas de que me hablara Don Diego, se lanzaban centellas unos a otros, como por juego, pues en sabiendo que iba la centella a ellos, quedaban muy quietos, aguardándola con grande sonriso y expectación y, en saliendo ésta, hacían mucha fiesta dello.
Esclavos no eran, pues grillos y cadenas no llevaban. Piratas tampoco, pues iban mugeres y niños con ellos. Disimuléme entre ellos, que eran hordas, y parecían gente de paz, pues daban en sonreírme con la boca llena de dientes, que no les cabía ni uno más. Uno era jefe, pues hablaba en su babélica jerga dando muchas disposiciones y todos escuchaban, y les decía dónde debían marchar y dónde detenerse, y yo iba con ellos a rebaño, hasta que vime dentro del edificio y cánseme del juego. Estando ellos entretenidos en una capilla, el patrón hablando y los demás atentos tirándole centellas a un San Ciruelo y San Pito que hubiera, escabullíme con zorras artes y alejéme hasta verme perdido en la soledad del templo.
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Pirata
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