Un poco largo pero bonito relato,espero que os guste.
Era el día que llevaba esperando todo el invierno: el primer día de la temporada de pesca. Ya podía sentir esa emoción que experimenta el verdadero pescador cuando con manos firmes lanza la caña y espera que con arte y paciencia salga del río la preciada plata. Me levanté temprano, cogí el coche, monté a mi perro en la parte trasera, metí la caña y los aparejos en el maletero y emprendí camino a las montañas. Me dirigía en esta ocasión hacia un río que nunca había visitado, pero del que me habían hablado maravillas del efecto de la cucharilla sobre sus habitantes acuáticos.
Al cabo de dos horas de viaje llegue a la caseta del guarda, donde estuvimos intercambiando opiniones sobre el día, a la vez que me detallaba los mejores lugares del río para pescar. También me marcó en la caña la medida mínima que debían tener la truchas que me llevara a casa ,al tiempo que me explicaba que ese año iban a ser muy rigurosos en ese sentido ,pues se estaba llevando a cabo una importante tarea de repoblación. Me instó a no sobrepasar el cupo de doce truchas y a no echar al río ninguna trucha ya capturada, a excepción de los alevines que se engancharan en mi cucharilla. Eso era normal en todos los cotos pero la forma de decirmelo me extraño un poco. Sus ojos tenían un extraño brillo.
Ya en el río empecé a caminar por su ribera, buscando un buen lugar para empezar la jornada. Como era el primer día de la temporada los pescadores de la zona habían copado los mejores lugares, pero tras mucho caminar llegué a una poceta donde rompía una cascada con gran estrépito. Yo sabía que esos lugares eran muy propicios para la pesca ,ya que las grandes truchas se daban cita allí para alimentarse de los numerosos manjares que arrastraba la corriente. Mandé a mi perro tumbarse bajo un árbol y yo me metí en el río dispuesto a cubrir el cupo, cosa el último año había conseguido pocos días.
Fue una tarde gloriosa. En poco mas de dos horas había capturado doce hermosas truchas, y aunque la mitad eran de las de repoblación también había buenos ejemplares autóctonos. Estas, aunque menos frecuentes que las americanas tenían mejor sabor y su pesca era mas complicada. El día se presentaba sin nada mas que hacer, ya que no tenía intención de quebrantar las normas del coto. Ese es el problema cuando completas el cupo, que o te vas a casa, satisfecho, eso si, o vas al bar a charlar con los demás pescadores, a contar unas cuantas mentiras y a escuchar otras. Me decidí por esto ultimo.
Ya estaba preparado para irme cuando una gran trucha, de unos dos quilos y medio, saltó delante de mí. Era un ejemplar nativo que ningún pescador que se precie hubiera dejado ir, sin al menos intentar pescarlo. En realidad yo no podía pescar mas, pero pensé con buen criterio (para mi lo era) que el guarda no me diría nada si la causante de sobrepasar el cupo era una trucha tan hermosa. Así que volví a montar la caña y entablé una encarnizada batalla con el río, intentando arrebatarle tan extraordinario pez. Tras una hora de lucha, en la que ella me tanteaba y yo esperaba a que picara, quiso la mala suerte que una trucha que por allí pasaba se enganchó sin remedio en mi cucharilla. Saque rápidamente la caña y vi desilusionado que al borde del hilo había una trucha de tamaño vulgar, sin llegar a ser menor que la marca mínima. Al comprender que había sobrepasado el cupo, y que por tanto me podían multar, no se me ocurrió nada mejor que devolverla al río.
Y entonces ocurrió. En el mismo instante en que la cabeza de la trucha tocaba el agua note un dolor intensísimo por todo el cuerpo, como si alguien me estuviera estirando y encogiendo continuamente, sin piedad. Noté como perdía pie y me precipitaba al agua. Angustiado porque no tocaba suelo intente nadar hacia la superficie, pero mi cuerpo no respondía. La respiración me empezaba a fallar, y yo ya esperaba la muerte. En un último intento intente dar una bocanada de aire y para mi sorpresa el oxigeno corrió por mis pulmones; estaba respirando en el agua.
Fue en ese preciso instante cuando comprendí que era una trucha. Dios sabe por que maleficio me había convertido en un pez. Ahora me explicaba la actitud del guarda. Debía de ser consciente de lo que podía pasar si alguien quebrantaba las normas. Quizá en alguno de sus paseos había visto como le ocurría a otro pescador, lo mismo que a mi, a lo mejor mas de una vez, podía ser que todas las truchas llamadas nativas fueran ex-pescadores. Si eso fuera cierto había estado pescando seres humanos...
Miré a mi alrededor, y descubrí ante mí un mundo completamente distinto al que yo estaba acostumbrado. Sombras aquí y alla, formando figuras rocambolescas, vegetación cubriendo cada centímetro de pared, pequeños seres nadando despreocupadamente y... la gran trucha causa de mis desgracias. Vi que se me acercaba con un suave movimiento de la cola. Se situó frente a mí y comencé a oír su voz. La gran trucha me explicó muchas cosas entre ellas que ella también había sido pescador, y que al igual que yo había caído al río después de devolver una trucha al agua. Llevaba ya diez años allí, y como las enfermedades le habían respetado, y los anzuelos los evitaba, se había convertido en una de las piezas mas codiciadas del río. Lo que yo no entendía era como si las truchas nativas conocían el peligro de los anzuelos, yo mismo había pescado seis de ellas ese día, mas la que había soltado.
Su respuesta fue que esos eran pescadores que no se habían adaptado a su nueva vida de peces, y que tomando una drástica salida a esa vida mordían los anzuelos a sabiendas de lo que les iba a ocurrir. Preferían el sufrimiento de unos pocos minutos a la vida acuática. Esa fue la primera y única vez que me comunique con un pez-hombre, a excepción de las lánguidas miradas que nos dirigíamos entre nosotros al cruzarnos. Mas de una vez vi encaminarse a una de esas truchas hacia un anzuelo, sin mirar atrás, decididas, en su ultimo acto como pez. También había otras truchas, que aunque no felices si parecían resignadas y se divertían haciendo rabiar a sus antiguos compañeros.
Ya ha pasado un año desde el día que mi vida paso a desarrollarse en el agua. La misma noche que caí al río vino la guardia civil en mi busca, y al encontrar a mi perro ladrando hacia el agua dragaron el río, lógicamente sin resultado alguno. Mi mujer y mis hijos siguieron la operación desde la orilla, y aunque salté y les seguí río abajo, ni siquiera me miraron. Mi mujer continuó viniendo durante un tiempo, pero luego supongo que prefirió comenzar una vida nueva y guardarme a mi en ese baúl que es la mente, en la que todo se conserva, pero en el olvido.
Hoy volverán a venir los pescadores, con la intención de empezar bien la temporada después de la tregua reproductora del invierno. En este tiempo he tenido mucho tiempo para meditar. He dejado grabada mi historia bajo el agua, con ayuda de mi morro, en una pared arcillosa cerca de la poceta donde acabó mi vida humana, con la esperanza de que alguien lo lea en el futuro, cuando el agua ya no corra por el río. Hoy es el día en el que llevar a cabo las cábalas de seis meses, el momento de elegir entre los dos posibles caminos que esta nueva vida me presenta, la hora de decidir mi futuro... creo que hoy volveré a estar en la mesa de una familia, una familia como la que yo tuve un día, humana. La única diferencia será mi situación en esa mesa: nunca hasta ahora había estado sobre la mesa, esperando entre lonchas de jamón, para siempre...
Este relato se encontró escrito en la pared de la zona norte de un río de los pirineos. Se omite el nombre para evitar perjudicar a los responsables del coto. El firmante se limitó a copiar lo ya escrito, teniendo por ello el único mérito de haber sido el primero en percatarse de su existencia. Se deja a la libre interpretación del lector juzgar si el escrito se debe a una broma de mal gusto o a otras razones.
