Discusión: Rincón literario
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Antiguo 27-11-2009, 21:41
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Crimilda Crimilda esta desconectado
Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Rincón literario

Lo que voy a copiar hoy y en días sucesivos, no es sensu stricto literario, pero pienso que como ensayo puede colocarse aquí. Desde que lo leí, hace ya bastantes años, no ha dejado de sorprenderme nunca, porque es la demostración palpable de que, con variantes, la Historia se repite. O al menos, que no hemos cambiado mucho en casi 2.000 años.

Es el prólogo a una obrita de Eileen Power (1889-1940) "Gente medieval" muy fácil de leer para cualquiera que le guste algo la Historia.

l. ROMA EN DECADENCIA

Todo niño que va a la escuela sabe que la Edad Media surgió de las ruinas del imperio romano. La decadencia de Roma precedió y en algunos aspectos preparó el nacimiento de los reinos y las culturas que componían el sistema medieval. Sin embargo, a pesar de la patente veracidad de esta proposición histórica, es poco lo que sabemos de la vida y el pensamiento en los años intermedios, es decir, en el período en que Europa iba dejando de ser romana pero aún no era medieval. No sabemos qué sentían las personas al contemplar la decadencia de Roma; ni siquiera sabemos si eran conscientes de lo que veían, aunque podemos estar muy seguros de que nadie previó ni, a decir verdad, podía prever la forma que el mundo adquiriría en los siglos posteriores.

No obstante, la trágica historia, sus temas y protagonistas principales estaban a la vista de todos. A ningún observador podía pasarle por alto que el imperio romano de los siglos IV y V ya no era el de la gran época de Antonino y Augusto; que había perdido el dominio sobre sus territorios y la cohesión económica y que se veía amenazado por los bárbaros que acabarían arrollándolo. En el momento de su apogeo, el territorio del imperio se extendía desde las tierras situadas a orillas del Mar del Norte hasta las que limitaban con los bordes septentrionales del Sáhara, y desde la costa atlántica de Europa hasta las estepas asiáticas; comprendía la mayoría de las regiones de los antiguos imperios helénico, persa y fenicio, y gobernaba o tenía a raya a grandes grupos de pueblos y principados más allá de sus fronteras galas y norteafricanas. De estas fronteras, las más alejadas, se había retirado y seguía retirándose la Roma del siglo IV.

En siglos anteriores dentro de sus fronteras fluían grandes corrientes comerciales entre las regiones, siguiendo las rutas que ligaban todas las provincias del imperio a Roma, así como recíprocamente, a la mayoría de las provincias. Pero a partir del siglo III, empezó a disolverse la unidad económica del imperio y en el siglo V ya habían desaparecido casi todas las grandes corrientes del comercio interregional, a la vez que las provincias y los distritos tenían que valerse de sus propios recursos. Y reducida la riqueza de las provincias, restringido su comercio, las grandes ciudades provinciales también perdieron parte de su población, de su riqueza, de su poder político.

Con todo, hasta los últimos momentos el imperio se esforzó por defender sus fronteras contra los bárbaros que convergían en ellas. Las conquistas bárbaras, al igual que todas las conquistas, no sólo eran una amenaza de destrucción y ruina, sino que la forma de vivir de los bárbaros era la negación misma de lo que había sido la civilización romana, pero que, por desgracia, poco a poco iba desvaneciéndose.

Sin embargo, no fue en lo material donde las gentes de la época encontraron, o deberían haber encontrado, el conflicto más agudo entre Roma y las perspectivas bárbaras que se le ofrecían. La civilización romana era, sobre todo, una civilización de la mente. Tenía detrás de ella una larga tradición de pensamiento y de logros intelectuales, el legado de Grecia, una tradición a la que había hecho su propia aportación. El mundo romano era un mundo de escuelas y universidades, de escritores y constructores. El mundo de los bárbaros era un mundo en el que la mente se hallaba en su infancia y ésta era larga. Las sagas guerreras de la raza, que prácticamente han desaparecido o se conservan sólo en forma de leyendas creadas en una época posterior; las escasas y rudimentarias reglas que se necesitaban para la buena marcha de las relaciones personales, todo esto apenas constituía una civilización en el sentido que los romanos daban al término. El rey Chilperico, tratando de componer versos en el estilo de Sedulius, aunque no sabía distinguir entre un pie largo y un pie corto y todos sus versos cojeaban; el propio Carlormagno, acostándose con la pizarra debajo de la almohada para practicar, despierto en la cama, aquel arte de escribir que nunca llegaría a dominar; ¿qué tienen en común con Julio César y Marco Aurelio y aquel gran Juliano llamado el Apóstata? Resumen en su misma persona el abismo que había entre la Germanía y Roma.

Roma y los bárbaros eran, pues, no sólo protagonistas, sino dos actitudes distintas ante la vida, la civilización y la barbarie. No podemos ocuparnos detalladamente aquí de la cuestión de por qué, al producirse el choque entre las dos, fue la civilización la que pereció y la barbarie la que salió victoriosa. Pero es importante recordar que mientras intentaba defender sus fronteras contra las huestes bárbaras, el imperio fue abriéndolas gradualmente a los colonizadores bárbaros.

Esta infiltración pacífica de bárbaros que alteró en su totalidad el carácter de la sociedad invadida hubiese sido imposible, por supuesto, si esa sociedad no hubiera estado enferma. La enfermedad ya es claramente visible en el siglo III. Se manifiesta en esas sanguinarias guerras civiles en las que la civilización se desgarra a sí misma, provincia contra provincia y ejército contra ejército. Se manifiesta en la gran crisis inflacionaria que empieza alrededor del año 268 y en los impuestos que paulatinamente aplastaron a la pequeña burguesía mientras que las fortunas de los ricos se libraban de la red. Se manifiesta en el retroceso gradual de una economía basada en el libre intercambio hacia condiciones cada vez más primitivas, a medida que cada provincia procura ser autosuficiente y el cambio en especie sustituye al comercio.

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