Re: Rincón literario
Lo tenía totalmente olvidado, sigo con lo prometido.
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Se manifiesta en la decadencia de la agricultura y en la población urbana sin trabajo a la que se aplaca a fuerza de darle pan y circo, una población cuya vida contrastaba dramáticamente, terriblemente, con la de las altivas familias senatoriales y los grandes terratenientes en sus villas palatinas y sus casas de la ciudad. Se manifiesta en las fes místicas que se erigen sobre las ruinas de la filosofía, y en la superstición (sobre todo la astrología) que se instala sobre las ruinas de la razón. Una religión en particular se hizo poderosa empuñando su libro sagrado y dirigiéndose con palabras de esperanza a las víctimas de la injusticia social; pero, aunque consiguió traer consuelo para los individuos, no pudo hacer nada, y de hecho ni lo intentó, por dar nueva fuerza o inspiración a la civilización acosada por las dificultades. Fiel a su propio etos, se mostró imparcial entre bárbaros y romanos, o entre los romanos que prosperaban y gobernaban y los que carecían de privilegios.
La manifestación más obvia del declive de la sociedad romana era la disminución del número de Ciudadanos. El imperio había empezado a despoblarse mucho antes de finalizar el período de paz y prosperidad que duró de Augusto a Marco Aurelio. ¿Acaso el propio Augusto no hace comparecer al pobre hombre de Fiésole que tiene una familia de ocho hijos, treinta y seis nietos y dieciocho bisnietos, y organiza en su honor una fiesta en el Capitolio, acompañada de mucha publicidad? ¿Acaso Tácito, medio antropólogo y medio Rousseau, describiendo al noble salvaje con el ojo puesto en sus conciudadanos, no comenta que entre los germanos se considera vergonzoso limitar el número de hijos? La larga duración de las leyes que dictó Augusto para elevar la tasa de natalidad es significativa; éxito no lo tuvieron, pero el hecho de que se mantuvieran en el código de leyes, con revisiones y ampliaciones sistemáticas, durante tres siglos demuestra que, como mínimo, se las consideraba necesarias. Cierto es, por supuesto, que la tasa de mortalidad era en aquellos tiempos un factor mucho más importante que en los nuestros, y la mortalidad causada por la peste y las guerras civiles, a partir de Marco Aurelio, fue excepcional. Y es evidente que la proporción de célibes era elevada en el imperio romano y que seguía registrándose el descenso de la fertilidad de los matrimonios. Es el matrimonio sin hijos, el sistema de la pequeña familia, lo que deploran los autores de la época. Como dijo Seeley: «La cosecha humana fue mala.» Fue mala en todas las clases, pero el descenso fue más acentuado en los estratos superiores, los más educados, los más civilizados, los líderes potenciales de la raza. Citando las terribles palabras de Swift, al enfrentarse a su propia locura, el imperio romano habría podido exclamar: «Moriré como un árbol... de la copa hacia abajo.»
¿Por qué (la pregunta insistente se hace obligada) perdió esta civilización la facultad de reproducirse? ¿Fue, como dijo Polibio, porque la gente prefería las diversiones a los hijos o deseaba criar a sus hijos cómodamente? Nada de eso, ya que aparece más acentuada entre los ricos que entre los pobres y aquéllos pueden tenerlo todo. ¿Fue porque la gente estaba desanimada y descorazonada, ya no creía en su propia civilización y era reacia a traer hijos a las tinieblas y al desastre de su mundo destruido por la guerra? No lo sabemos. Pero podemos ver la relación del descenso demográfico con los otros males del imperio: el fuerte coste de la administración relativamente más oneroso cuando la densidad demográfica es baja; los campos abandonados, las legiones menguantes e insuficientes para proteger la frontera.
Para curar esta enfermedad de la población, los gobernantes romanos no conocían otro procedimiento que administrarle dosis de vigor bárbaro. Sólo una pequeña inyección para empezar y luego más y más hasta que al final la sangre que corría por sus venas no era romana, sino bárbara. Y entraron los germanos para colonizar las fronteras, para labrar los campos, para alistarse primero en los cuerpos auxiliares y luego en las legiones, para desempeñar los importantes cargos del estado. El ejército se vuelve bárbaro, y un autor moderno el señor Moss, ha citado de forma harto acertada la queja de la madre egipcia que pide a voces que le devuelvan a su hijo que (dice ella) se ha ido con los bárbaros: quiere decir que se ha alistado en las legiones romanas. Las legiones se vuelven bárbaras y vuelven bárbaro al emperador, Para ellas el emperador ya no es la encarnación majestuosa, de la ley, sino su líder, su Führer, y lo alzan sobre sus escudos. Y al lado de la «barbarización» del ejército se produce también la de las costumbres civiles. En el año 397 Honorio tiene que publicar un edicto prohibiendo que se vista a la usanza germánica dentro de los límites de Roma. Y al final, medio bárbaros ellos mismos, no tienen más que bárbaros que los defiendan de la barbarie.
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Vive y deja vivir,
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o acabarás pensando como vives.
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