Discusión: Rincón literario
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Crimilda Crimilda esta desconectado
Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Rincón literario

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Éste era el panorama general de una civilización en ruinas en la que vivían los romanos de los siglos IV, V Y VI, ¿Cómo sería, pues, vivir cuando la civilización se estaba viniendo abajo ante las fuerzas de la barbarie? ¿Se daba cuenta la gente de lo que estaba pasando? ¿La lobreguez de la Edad de las Tinieblas proyectó su sombra antes? Da la casualidad de que podemos responder de forma muy clara a estas preguntas si clavamos los ojos en una parte concreta del imperio, la famosa y civilizadísima provincia de la Galia. Podemos ver la decadencia en tres momentos porque en tres siglos consecutivos, autores galorromanos nos han dejado una crónica de su vida y de su tiempo. En el siglo IV tenemos a Ausonio; en el V, a Sidonio Apolinar; en el VI, a Gregorio de Tours y a Fortunato, forastero procedente de Italia que se estableció en Poitiers. Nos muestran la Auvernia y el Bordelés a la luz del atardecer. Los siglos IV, V y VI… ¡a la una, a las dos, a las tres!


2. AUSONIO

iA la una! Éste es el mundo de Ausonio, el sudoeste de Francia en la segunda mitad del siglo IV, «un veranillo de San Martín entre las eras de tempestad y destrucción». El propio Ausonio es un estudioso y un caballero, amigo por igual del pagano Simaco y de san Paulino de Nola. Durante treinta años es profesor de retórica en la universidad de Burdeos, durante algún tiempo preceptor de un príncipe, prefecto pretorio de la Galia, cónsul y, en sus últimos años, simplemente un anciano satisfecho que vive en sus fincas. Su poema más famoso es una descripción de la Mosela que, pese a sus muestras de afectación literaria, evoca de modo harto mágico los risueños paisajes que fueron el telón de fondo de la vida de su autor. Muy por encima del río, a una y otra orilla, se alzan las villas y casas de campo, con sus patios y céspedes y pórticos sostenidos por columnas, y las termas desde las que, si lo deseas, puedes zambullirte en el río. La ladera soleada aparece cubierta de vides, y desde ella hasta la cima los agricultores se llaman unos a otros y al viajero que anda por el camino de sirga o a los gabarreros que pasan flotando, gritan sus bromas groseras a los viñadores que holgazanean. A lo lejos, en medio del río, el pescador arrastra su red rebosante y en una roca de la orilla otro pescador maneja su caña. Y al caer la noche, la sombra, cada vez más intensa de la verde ladera se refleja en el agua y, al bajar la vista, el barquero casi puede contar las vides temblorosas y ver la hinchazón de las uvas.

Igualmente pacífica, igualmente placentera es la vida en la finca del propio Ausonio en el Bordelés, su pequeño patrimonio (lo llama él) aunque tenía unas cuatrocientas hectáreas de viñedos y cultivos y bosques. La señorita Waddell nos ha recordado, basándose en Saintsbury (¿en quién si no?) que “hasta el día de hoy se jacta de ser el Château-Ausone, con un viñedo que produce uno de los dos mejores tintos de Saint Emilion”. Aquí cuida sus rosas y envía a su chico a visitar a los vecinos invitándoles a almorzar, mientras él interroga al cocinero. Seis, incluyendo el anfitrión, es el número apropiado: si son más, no es una comida, sino un tumulto. Luego están todos sus parientes a los que hay que conmemorar en verso, su abuelo y su abuela y sus hermanas y sus primos y sus tías (especialmente sus tías).

Y cuando el círculo familiar empieza a aburrirle, puede recurrir a los estudiantes de último año y a los profesores de Burdeos, a quienes celebrará en su momento. Los profesores eran personas importantes en el imperio del siglo IV; Simaco dice que el estado floreciente se distingue por pagar buenos salarios a los profesores; aunque yo no me atrevería a decir qué es exactamente lo que hemos de deducir de esta afirmación a la luz de la historia. Así que Ausonio escribe una colección de poemas sobre los profesores de Burdeos. Hay treinta y dos y a todos ellos celebra. Está Minervius el orador, que tenía una memoria prodigiosa y después de una partida de chaquete solía hacer un análisis post mortem de cada una de las jugadas. Está Anastasius el gramático, que fue tan tonto que dejó Burdeos por una universidad provinciana y a partir de entonces languideció en merecida oscuridad. Está Attius Tiro Delphidius, que dejó su carrera jurídica para ocupar la cátedra de profesor, aunque nunca se logró interesarle por sus alumnos, con gran decepción de los padres de éstos. Está Jocundus el gramático, que en realidad no merecía su título, pero que era tan amable que le conmemoraremos entre los hombres de valía, aunque, en rigor, no estaba a la altura de su tarea. Está Exuperius, que era muy bien parecido y cuya elocuencia parecía soberbia hasta que la examinabas y te dabas cuenta de que no significaba nada. Está Dynamius, que se apartó de las sendas de la virtud con una señora casada de Burdeos y abandonó el lugar con bastante precipitación, pero que, por suerte, cayó de pie en España. Está Victorius el ayudante de escuela, a quien sólo gustaban los problemas históricos más abstrusos, tales como cuál era la-genealogía del sacerdote sacrificatorio de Cureo mucho antes de los tiempos de Numa, o lo que Cástor tenía que decir sobre todos los reyes legendarios, y que nunca llegó tan lejos como Tulio o Virgilio, aunque hubiese podido llegar, de haber seguido leyendo durante suficiente tiempo, pero la muerte se lo llevó demasiado pronto. Parecen figuras extrañamente conocidas (exceptuando, por supuesto, a Dynamius) y su cronista logra hacerlas vivir.

Tal es el mundo que nos describe Ausonio. Pero mientras esta vida placentera en la casa de campo y en el salón de la universidad seguía su sereno curso, ¿qué encontramos en los libros de historia? Ausonio casi rozaba los cincuenta cuando en el 357 los germanos cruzaron en enjambre el Rhin, saquearon cuarenta y cinco ciudades florecientes y acamparon en las márgenes del Mosela. Había visto al gran Juliano empuñar las armas (“Oh Platón, Platón, qué tarea para un filósofo”) y en una serie de brillantes campañas expulsarlos de nuevo. Diez años después, cuando era preceptor de Graciano, él mismo había acompañado al emperador Valentiniano en otra campaña contra los mismos enemigos. Diez años más tarde, cuando todavía se jactaba de su consulado, debió de llegarle la noticia de la desastrosa batalla de Adrianópolis en el este, en la que los godos derrotaron a un ejército romano y dieron muerte a un emperador. Murió en el 395 y antes de que transcurrieran doce años de su muerte la hueste germánica había cruzado el Rhin, «toda la Galia era una humeante pira funeraria» y los godos estaban ante las puertas de Roma. ¿Y qué tienen qué decir Ausonio y sus corresponsales sobre esto? Ni una palabra. Ausonio y Simaco y su grupo prescinden de los bárbaros tan completamente como las novelas de Jane Austen prescinden de las guerras napoleónicas.

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Puede que tenga errores, porque es escaneado, aunque lo he repasado, pero...
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