Re: Permitidme una confesión.
Entre los invitados que transportaba el yate figuraba un italiano muy atildado, de unos cuarenta y cinco años, que resultó ser un experto en política africana. Después de la cena me aproximé a él y conseguí entablar una conversación con el objeto de que me informase un poco sobre la situación en Uganda. Algo que me diese una idea sobre los posibles peligros que estaría afrontando Claire.
Me expuso un galimatías tan enrevesado y en un italiano tan sumamente culto que asumí que tendría que informarme por mi cuenta y que me llevaría varios días de google el llegar a formarme una opinión, pero comprendí lo suficiente como para preocuparme seriamente. Claire estaba en un avispero en el que revoloteaban toda clase de asesinos, contrabandistas, traficantes, genocidas, matones, oportunistas y gente sin entrañas. Probablemente, según deduje por lo que oí, la premura de su viaje se debía a que era urgente completar el pliego de acusaciones contra una especie de señor de la guerra, especialmente sangriento, al que, por motivos que no entendí, el gobierno de Uganda deseaba conceder una amnistía. Siendo las intenciones del T.P.I. contrarias no sólo a los intereses del guerrillero, sino también a los del gobierno, la posición de Claire y de sus compañeros podía ser bastante arriesgada.
Yo no sabía prácticamente nada sobre el conflicto de los Grandes Lagos. Para mí, África era una secuencia de recuerdos desagradables por las costas del Sudán, Etiopía, Somalia y Tanzania, que me habían dejado la impresión de que aquello no tenía esperanza ni remedio ni, en el fondo, nada que ver conmigo. Después de haber visto cómo linchaban a una pobre muchacha por no sé qué crimen contra las costumbres, se me pasaron los complejos de culpabilidad que, como blanco europeo, había sentido en ocasiones. Aunque nunca pude liberarme de la amargura que me correspondía como simple ser humano.
Contemplé la cúpula de la noche sin luna, cubierta de estrellas. El marino que un día fui se fijó en la calidad de su brillo y me transmitió una profecía de viento y espuma bajo el próximo sol. Tan sólo era un dato. Una información de generación automática y desapasionada. Adèle puso en mi mano una copa de champagne y alzó la suya para brindar. Supongo que sería su fino sexto sentido quien la inspiró para pronunciar un brindis de indirectas connotaciones africanas: ¡por la cándida adolescencia!
Me enlazó por la cintura para contemplar la noche junto a mí. Yo esbocé el gesto de darle un beso en la mejilla, pero ella, con un experto y levísimo movimiento de la cabeza hizo que mis labios aterrizasen en algún lugar sobre sus cabellos, lejos del perfecto maquillaje que embellecía su cara. Como en un flash de fotógrafo recordé las risas de Claire mientras yo jugaba a recoger con la lengua las gotitas salinas de sudor que perlaban su cuello.
En el cielo del Este descubrí que ya se veían las Pléyades. El verano empezaba su declive. Me sentí horriblemente superfluo.
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