Re: Rincón literario
3. SIDONIO APOLlNAR
A la una, a las dos... Unos treinta y cinco años después de la muerte de Ausonio, a mediados del desastroso siglo VI, nació Sidonio Apolinar, aristócrata galorromano, padre político de un emperador, ex prefecto de Roma y, al final, obispo de Clermont. Sidonio Apolinar, 431 (más o menos) a 479 o quizás unos pocos años más tarde. Muchas cosas habían ocurrido entre la muerte de Ausonio y el nacimiento de Sidonio. Las luces se estaban apagando en toda Europa. Se habían instaurado reinos bárbaros en la Galia y en España, la propia Roma había sido saqueada por los godos; y durante su vida el derrumbamiento prosiguió, cada vez con mayor rapidez. Era un joven de veinte años cuando el horror definitivo cayó sobre Occidente: la irrupción de Atila y los hunos. Eso pasó, pero cuando tenía veinticuatro años los vándalos saquearon Roma. Vio al terrible Ricimero, el germano hacedor de reyes, entronar y destronar a una serie de emperadores marionetas, vio tirar el último vestigio de independencia gala y él mismo pasó a ser súbdito de los bárbaros; y unos años antes de su muerte presenció la caída del imperio en Occidente.
No pueden, Sidonio y sus amigos, hacer caso omiso, como hicieran Ausonio y sus amigos, de que algo le está ocurriendo al Imperio. Los hombres del siglo V ven con preocupación estos desastres y cada uno de ellos se consuela a su manera. Algunos piensan que no puede durar. Al fin y al cabo, dicen, el imperio ya ha estado en apuros antes y siempre ha acabado saliendo del mal paso e imponiéndose a sus enemigos, Así, el propio Sidonio, en el mismo año después de que saquearan la ciudad; Roma ha soportado lo mismo antes: Porsena, Breno... Aníbal... Sólo que esa vez Roma no superó el mal trance. Otros trataron de utilizar los desastres para corregir los pecados de la sociedad. Así, Salviano de Marsella, al que sin duda habrían llamado el deán pesimista si no hubiera sido obispo. Para él, lo único que la decadente civilización romana necesita es copiar algunas de las virtudes de estas jóvenes y vigorosas gentes bárbaras. Tenemos la conocida figura de Orosio, que defiende a los bárbaros con el argumento de que el imperio romano se fundó con sangre y conquistas y, por ende, no puede arrojar piedras a los bárbaros; y, después de todo, los bárbaros no son tan malos. «Si los infelices a quienes han despojado se contentan con lo poco que les queda, sus conquistadores les querrán como amigos y hermanos.» Otros, sobre todo los eclesiásticos más reflexivos, se esfuerzan en explicar por qué un imperio que había florecido bajo el paganismo se ve ahora en tales apuros bajo el cristianismo. Otros abandonan el imperio por completo y (como San Agustín) depositan su esperanza en una ciudad que no ha sido hecha con las manos, aunque Ambrosio, cierto es, dejó caer la significativa observación de que no era la voluntad de Dios que su pueblo se salvara ergotizando. «Dios no ha tenido a bien salvar a su pueblo por medio de la dialéctica.»
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o acabarás pensando como vives.
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