
Aquí va la de risa prometida:
Mar menor. Finales de junio. Calor asfixiante, viento cero.
Mañana de domingo. Familiares de un amigo grande, junto conmigo, cuatro tiarrones grandes en un velerito de 4 metros.

Navegamos a vela lo que se pudo. Era imposible con semejante carga.
En un momento dado enfrentamos un "canal de embarcaciones" en las playas de San Pedro. La playa está atiborrada de gente. Más de 20 motos acuáticas en la orilla, pilotos en pie junto a las motos. Banderas, merchandising, música sonando...

Nosotros por fuera de las boyas todo legal y viendo el ambiente haciendo comentarios poco inteligentes. Al final, alguno cayó

en que estábamos justo en medio de al vía de salida de una competición.

¡Ostis!

Arranco el motor, velas abajo, virada torpe entre vela y motor. La peña en la playa mirando y mirando... y lo mejor de todo: un pequeño helicóptero aparece y se coloca sobre nosotros para grabar la salida. Cojonudo.
¿Puede pasar algo más?
¡SIII! Esa misma semana había lijado y barnizado la madera que refuerza el espejo de popa y a la que va apretado el motor. Con la vibración resbaló hacia arriba poquito a poco con la buena fortuna de que se salió y ¡plof! al agua.

Suerte que me habían asesorado bien y siempre lo ato con un cabito.
Imagen: 4 pavos de 90 kilos en una bañera de 2 metros. Velas a medio recoger. Helicóptero sobrevolando. La playa hasta la bandera, todos con la mano sobre la ceja oteando a ver qué pasa... y el motor salta por peteneras. Tirar de la cuerdecita, agarrar el motor y colocarlo de nuevo, teniendo en cuenta que estaba en marcha y con avante metido... acojona. Pero es que un helicóptero vigilando tus pasos con gesto reprobatorio es aún peor.
No os podéis imaginar el descojone cuando pudimos apartarnos y salieron todas las motos a toda caña.

¡Pa habernos matao!
Ahora sí,


para todos.