Hablar con ironía es uno de mis grandes defectos. O al menos así me lo parece. Y me cuesta horrores evitarlo.
Una vez estaba hablando con el gerente de un puerto y me contaba que hoy en día son más necesarios los directivos con "capacidad de gestión" que los profesionales conocedores de un determinado sector. Con muy mala fortuna fue a escoger un ejemplo que me hizo entrar como un mihura al trapo: yo podría gestionar cualquier empresa, dijo, lo mismo da que sea un puerto o una granja de cerdos.
Pasee una mirada indolente por los pantalanes y, sin poder resistirme, le dije que estaba a la vista que eso era cierto. Pestañeó un par de veces y, a pesar de que intenté que mi expresión fluctuase entre

y

, pareció ofenderse bastante.
El problema de la ironía es el caer en la tentación de usarla porque sí y, encima, con mala pata. Ese puerto estaba bastante bien gestionado, la verdad...