Re: Rincón literario
En la pared, los diplomas, en ricos marcos, fechados veintitrés años atrás. En uno de ellos estaba escrito y sacramentado por la firma del antiguo capitán de puertos, haber aprobado Vasco Moscoso de Aragón todos los exámenes y pruebas exigidas para la obtención del título de capitán de altura, que le daba derecho a mandar cualquier tipo de navío de la marina mercante por mares y océanos. Veintitrés años atrás, aún relativamente joven, a los treinta y siete años de edad, había obtenido el diploma de comandante. Joven de edad, pero ya un viejo marinero, pues, según contaba, había empezado a los diez años como grumete en un destartalado carguero, y había ido ascendiendo escalón tras escalón hasta llegar a primer piloto, a segundo comandante y así sucesivamente. Innumerables veces había cambiado de navío, le gustaba ver nuevas tierras, correr mares bajo las más diversas banderas, envuelto en aventuras de guerra y amor. Pero cuando, a los treinta y siete años, se halló apto para optar al puesto de capitán de altura, volvió a Bahía y allí, en su Capitanía de Puertos, obtuvo el codiciado título. Deseaba que su puerto de origen, aquél donde estuvieran registrados sus datos y capacidad, fuese el muelle de Salvador , desde donde, niño aún, había partido a la aventura del mar......... En otro marco, el diploma de Caballero de la Orden de Cristo, la importante condecoración lusitana, honoraria, con derecho a medalla y collar, conferida al comandante por sus relevantes servicios al comercio marítimo por Don Carlos I rey de Portugal y los Algarves.
Se sentaba en un sillón plegable, de los de a bordo, con asiento y respaldo de hule, al lado del rueda de timón, la pipa en la mano, el mirar perdido más allá de las ventanas. En una larga mesa, el globo enorme y giratorio, varios instrumentos de navegación: brújula, anemómetro, sextante, higrómetro, el gran catalejo negro, con el que se veía la ciudad de Bahía como si estuviera allí mismo, la paralela para trazar rumbos y la admirada colección de pipas que enamoraba a todos. El reloj de a bordo se llamaba cronógrafo.
En las paredes, mapas de navegación, cartas oceánicas, rutas de golfos y bahías, de islas perdidas. Sobre un mueble donde guardaba el comandante botellas y copas, en una enorme caja de cristal, la reproducción de un transatlántico, "un gigante de los mares", mi inolvidable "Benedict", el último de los muchos en que había navegado, su último barco.
Fotos ampliadas de otros navíos, de diferentes tamaños y nacionalidades enmarcadas, algunas en color. Cada uno de aquellos navíos representaba un trozo de vida del comandante Vasco Moscoso de Aragon, le recordaban historias, casos, alegrias y largas noches solitarias.
Los viejos marineros. Jorge Amado
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..mis sueños son mentiras, que algún día dejaran de serlo.
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