Querido cofrade Anboro,
al leer (supongo el inicio) de otro espectacular hilo tuyo (somos muchos más de los que creéis los que seguimos a Crimilda, Anboro, etc., etc.), me ha venido automáticamente a la memoria cierto día que estuve visitando el Port America's Cup, en Valencia.
No, no os engañéis, no era un día de glamour, de gafas de sol y polo de marca, acompañado por algún grupo de amigos de aspecto estupendo.
Era diciembre, día desagradable (bueno, desagradable si así denominas un día ventoso, de invierno. Para mí era un día "compañero") y yo estaba buscando algún saldo de oferta en las dos tiendas que quedaban abiertas de los sindicatos participantes sólo unos meses antes.
No sé por qué, porque era lo que esperaba, pero me invadió una terrible sensación de soledad y tristeza. Me recordaba vagamente (imagino) al silencio que dejan los caídos en un campo de batalla, lejos del estruendo inmediatamente anterior, roto sólo por algún ruido ocasional de algún buscador de despojos.
Estaban allí, abandonados, no recuerdo exactamente cuántos, pero estaban allí. Sin pizca de orgullo, sólo cascos desnudos de lo que otrora habían sido valientes desafiantes. Sin aparejos, sin nadie, testigos de sueños rotos, de ambiciones, ajenos al ruido que generaron un día y olvidados, sólo acompañados por lo que fué hogar de sus tripulantes, también abandonado.
Me acordé de los caballos viejos, cuando ya no pueden correr y no son tan buenos como para hacer de semental. Putas abandonadas a su suerte y a sus vicios; ya nadie se acuerda de que eran las chicas más bonitas del lugar. Muñecas rotas y sucias, a las que no se quiso siquiera pagar el billete de vuelta a casa.
¡Qué rápido se olvidan de uno! ¡Qué rápido se baja el orgulloso mentón, para convertirse en una mirada huidiza, lastimera, buscando sólo un poco de cariño, quizás!
CONTINUARÁ........................................ .....
MUCHAS GRACIAS, ANBORO
Saludos y
Clase J