Yo también me he visto en situaciones de mucho viento y hasta en una ocasión me vi obligado a rizar la mayor (era la primera vez y la única que lo he hecho, me gusta la velocidad). Desgraciadamente no tuve forma de saber qué fuerza llegó a alcanzar el viento.
Aunque parezca mentira, y aunque todo el mundo opine que el Mar Menor es como una bañera sin olas, os puedo asegurar que una vez, estando al norte de la isla del Barón, con un rizo puesto y el foque enrollado, temí más por las olas que por el viento. Eran enormes, cuando llegabamos a estar en el seno de las olas apenas podíamos divisar La Manga, a todo eso hay que sumarle los pantocazos. Y cuando al fin, a paso de tortuga, luchando contra viento y marea, logramos situarnos más al este del Barón, entonces tuvo lugar la parte más peligrosa de la travesía: el viento y el implacable mar nos empujaban hacia el litoral rocoso de esa parte de la isla (por supuesto siempre achicando el agua de las olas que barrían la cubierta constantemente). Menos mal que el barco respondió mucho mejor de lo que podía haber esperado, y que como siempre fue fiel compañero en los momentos más peliagudos.
Brindo por nuestros fieles compañeros, que nos acompañan y luchan con nosotros hasta agotar sus fuerzas antes que abandonarnos.

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Petmax.
Con esto, poco a poco llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre.
Cerrado a todos vientos y encubierto,
a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol, y ha navegado el hombre
Miguel de Cervantes