Re: Botadura del GALEON ANDALUCIA
Ensueños
Como a modo de ritual, dos campanadas suenan nuevamente sobre la cubierta. Es cambio de guardia; han pasado 4 horas, y algunos comienzan a trabajar para que otros puedan descansar. Los veo pasar camino de la cubierta de gobierno, con el semblante aún en sueños y las camisetas al hombro. Vamos hacia el sur, y el calor aprieta. Mis maderas también lo notan, y sofoco mi calor a primera hora de la mañana -antes de que el sol aparezca- cuando la guardia saliente (la que entonces llamaban de alba), vierte algo de agua sobre mi tablas. Ellos, en cambio, pasan asiduamente por las duchas de proa para calmar la sensación de calor. Pero sólo dura unos instantes ya que es primera hora de la mañana y la temperatura va a más.
A decir verdad, es el único momento del día en el que veo a tantos marineros juntos en la zona de mando. Según he podido escuchar, dos de ellos me conocen a fondo; saben cómo funciono internamente, y controlan que no tenga problemas en nuestro andar. Otro dos –de éstos estoy completamente seguro- deben ser los que administran la comida, los gambuceros de guardia; “…. la leche está lista y el café reposando; no olvides recoger el azúcar que queda poco.” El resto de los que están allí despiertos hacen bromas o se interesan por el estado general de las aguas que surco. Llevo una treintena de hombres y mujeres hacia aguas del Índico, pronto me encontraré con el viento en mi cara, y me será más costoso dar cada paso hacia delante. Ellos lo saben bien, ayer vi como aferraban palos y velas con una especie de cinturones que dolían bastante. Todo lo que veo, en cada esquina del barco, da sensación de orden en previsión de mi inminente movimiento de proa a popa con el que algunas veces provoco el mareo. Pero creo, si cuento bien, “uno, dos, tres,…, diez, once, doce”, que me faltan dos. ¡Ya lo tengo! Serán los oficiales, que se encuentran compartiendo información dentro de la camareta del Capitán. En cada cambio se suceden parecidas preguntas y respuestas: qué rumbo llevamos, qué tal la previsión de viento, ¿Algún barco a la vista?, etc.
El “Buena guardia” de los que salen, recibe un “que descanse, compañero” que hace sentirme cada vez más orgulloso de todos los que han elegido llevarme a China. Son hombres y mujeres, con temores, como todos, pero saben bien lo que tienen que hacer, y no podemos negar, por muy duro que sean las condiciones de la mar, que han apostado por una aventura sin miramientos.
Sin mucho tiempo para más, desaparecen bajando la escalera que conducen a la cubierta de artillería. Hace ya tiempo que noto bastante ambiente en el espacio donde los cañones aguardan callados. Como cuentan los barcos mayores, los que iban a las Indias en los primeros viajes, los marineros convertían el pequeño espacio que existe entre los cañones como un lugar privilegiado de descanso, y con el que escapar del calor; ahora lo aprovechan para descansar con la brisa que, entre las troneras, a rachas, entra en cada vaivén que produce mi cojera. Aunque soy joven, presento un movimiento que solo los barcos que nos prestamos a ser marineros llevamos innatos desde el día que “nacemos”. No es que lo diga yo, pero este momento del día, el del descanso, en un lugar así, es un lujo para muy pocas personas. Los que no consiguen estos ranchos, con vistas al mar, se deciden por el sollado, que siempre ostenta ser un sitio de descanso, a modo de lugar sagrado: no se puede hacer ruido en él, ni encender luces durante la navegación, ya que siempre, en cualquier momento del día, hay al menos 7 hombres que descansan para poder corresponder correctamente en la siguiente guardia. Es un lugar compartido y, al mismo tiempo, el único sitio donde encontrar la intimidad que hace falta. Cada tripulante tiene una cama que la hace suya: unos, dispone la ropa dentro del armario con baldas, otros, cuelgan redes –que se han hecho con sus propias manos- para estibar algún libro, y así, se van decorando el reducido espacio de la mejor forma posible, de manera que la lejanía de sus vidas cotidianas se les haga más llevadera. Recientemente, he visto colgar fotos a varios de ellos junto a la almohada; la novia, sus hermanas, una foto de los colegas del viaje del verano pasado,… Al fin y al cabo, recuerdos; buenos recuerdos.
Los mismo recuerdos que tendré yo cuando, después de millas y millas, surcando diferentes mares y océanos, piense en cada parte del mundo donde arribé, los lugares donde más sufrí, las coordenadas de la carta que me llevaron a puertos singulares, y por supuesto, sus gentes: las que me visitaron en tierra, las que están por hacerlo, y aquellas personas que han hecho posible tantos y tantos viajes.
Saludos, .
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