Re: Rincón literario
No te puedo describir el espectáculo; me faltan dotes. Con el viento rozando en las rachas fuerza nueve, olas de seis metros por lo menos, que aparecían por la proa coronadas de espuma y barrían luego de proa a popa la cubierta, y cerrada oscuridad por todas partes, el espectáculo hubiera sido pavoroso para cualquier profano desconocedor de los recursos que tiene un barco como el Dutchman. Yo aguanté a pulso las tres horas que Jan me había pedido para tomar el mando descansado y ni acordarme de beber un solo sorbo de café a lo largo de mi guardia, extasiado ante el temporal y con los cinco sentidos puestos en gobernar el barco de forma responsable. Cuando la esfera luminosa me indicó que era el momento, trinqué la rueda, abrí el tambucho con cuidado y llamé al capitán, que dormía profundamente, lo que redobló el orgullo en mí,
- ¡Jan, tu turno; son las tres!
Volví al timón, mientras él se preparaba, hasta verle aparecer equipado para el caso.
-¿Novedades? -preguntó.
-Ninguna -respondí con suficiencia-,
Refrescó el viento. Fuerza nueve en las rachas, siempre sudsudoeste. Mar arbolada. El bar responde. Todo bajo control.
Una ola más nos roció a ambos y él desistí de encender su pipa
-Gracias, Peter -fue lo último que dijo-o Tú ahora dormir por todo.
Fue lo último que dijo, sí; pero yo no lo sabía. Ni siquiera estreché su mano amiga. Me zambullí en la cámara, me descalcé, me quité el traje de agua y me tumbé vestido en la litera. De pronto me sentí rendido por completo y, apenas reclinada la cabeza, me dormí, no de cualquier manera, sino como un recién nacido. Nunca podré decir si los pantocazos, que recuerdo vagamente, el estruendo que creí oír, fueron reales o soñados. ¡Dios lo sabe! A mí me despertó un rayo de sol, que filtrado entre las cortinas, vino a besar mis párpados. Abrí los ojos deslumbrado y miré el reloj de Jan que aún llevaba en la muñeca. ¡Las 11.30 ya! Había dormido casi nueve horas de un tirón, lo que, en un barco tripulado por dos personas solamente, supone un egoísmo imperdonable. ¡El bueno del holandés ...!
Me tiré de la litera y sólo entonces me acordé del temporal. ¿ Qué sentido tenía en ese caso aquel sol tibio? ¿ Y el suave balanceo, y el silencio? ¿Por qué seguía el tambucho cerrado a cal y canto? ¿ Qué hacía Jan ahí fuera?... Fue de eso que lo piensas y, de pronto, te entra el nervio. Gané de un salto la escala, abrí techo y compuertas ...
-¡Jan! -grité.
Ante mis ojos se ofrecía desierto el puesto del timonel. Subí a cubierta mirando alrededor, y ¡nada!
-¡Jan! ¡Jan! -seguí llamando, mientras volvía a la cámara, angustiado.
¿ Se habría acostado en su litera? Sabía que no, antes de mirar. Registré el barco de proa a popa. ¿Era posible? Gané de nuevo la cubierta. Las velas en facha, el barco detenido, un foque flameando a medio arriar ... y el océano, ya satisfecho al parecer, enviando olas largas, residuales y mansas cual caricias; pero de Jan ni rastro. ¿Se lo había llevado el mar? Yo le había dejado con el harnais a la cintura y juraría que abrochado el mosquetón. ¿ Se había soltado él para ir a proa? ¿Había fallado el cinturón? A medida que la cruel verdad se abría paso en mi mente, mis ojos oteaban en todas direcciones, buscando lo imposible, o esperando un milagro, no lo sé. Yo había leído historias, hipótesis de navegantes desaparecidos. Sabía lo que significaba caer al mar si no hay nadie que grite: «¡Hombre al agua!» ¿Habría pedido auxilio? ¿Me habría llamado -«Peter! »-, mientras yo me alejaba con su Dutchman durmiendo a pierna suelta?
Tardé un rato en darme cuenta de la verdadera situación a mi respecto, y esto lo digo en honor mío, porque lo único que ocupaba mi pensamiento, por lo pronto, era la desaparición de Jan, la pena inmensa por su pérdida. Yo, al fin y al cabo, aunque solo y abandonado a mí mismo, en medio del Atlántico, seguía vivo, flotaba sobre un barco intacto, al parecer. Mi querido holandés, en cambio, mi capitán, mi nuevo padre e íntimo amigo, estaría siendo pasto de los tiburones, ¡sabe Dios a cuántas millas!
No quiero presumir, pero seguro que nadie el colegio habrá pasado por una aventura como ésta. Vagaba desorientado por cubierta 'in advertir las lágrimas que rodaban por mis mejillas, ni tener a quién ocultárselas, por otra arte.
No sé el tiempo que pasó antes de que me sobrepusiera, sentado en el suelo, la espalda contra el palo de mesana, el barco a su suerte, las velas flameando y el sol haciendo su carrera indiferente.
Los veranos de Peter.- José Luis Martín Vigil
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Vive y deja vivir,
pero vive como piensas,
o acabarás pensando como vives.
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