Re: Rincón literario
El Jardín japonés.
En el cine americano de hace años, el traidor, el villano violador de doncellas, era indefectiblemente mejicano o japonés, Excusado es decir que la última guerra agravó la cosa. Pero vino Hiroshima y la ocupación y, como por arte de magia, el coronel sádico y el retorcido villano se convirtieron, en el cine y en la prensa yanquis, en unos hombres delicados y corteses, ocupados sólo en altas meditaciones morales y filosóficas y en el cultivo de la belleza en todas sus manifestaciones, entre las cuales la jardinería ocupaba un lugar preferente. Y desde entonces, el jardín japonés, que -justo es decirlo- siempre había despertado interés, se convirtió en modelo más o menos remoto de los occidentales. Apenas puede hojearse una revista que no mencione algún detalle de inspiración nipona, ni un catálogo que no ofrezca tales o cuales plantas «especialmente indicadas para el jardín japonés»,
Esta influencia es particularmente notable en América, donde se ha hablado más de una vez del «auge japonés», pero antes, mucho antes, llegó hasta Europa.
¿Y cómo es este jardín tan imitado? El jardín japonés (según una autorizada voz de aquel país) es algo que el extranjero, o, por lo menos el occidental, no puede llegar a comprender. Creemos que esto es cierto, si por comprender se entiende llegar al fondo de las implicaciones metafísicas que se ocultan tras las formas aparentes. Y aun el mero juicio de lo visible, será distinto si se aplica el canon japonés o el nuestro; porque pronto nos daremos cuenta de que lo que ellos llaman equilibrio, naturalidad o armonía, son algo distinto de lo que nosotros queremos significar con tales palabras.
Pondremos un ejemplo elocuente describiendo el jardín de Ryoanzi o Ryoanji, una de las cumbres del arte japonés, obra de Soami, el más célebre de sus jardineros. Figúrese, el lector que no lo conozca, un gran paralelogramo, de la extensión y aspecto aproximados de un campo de tenis. El suelo está cubierto de arena blanca, cuidadosamente rastrillada, de modo que aparecen marcadas líneas paralelas en varias direcciones, generalmente rectas. Y, distribuidas irregularmente en ese campo de arena, hay quince grandes piedras de distintos tamaños y formas, en su estado natural, esto es, sin desbastar, agrupadas en cinco grupos de dos, tres o cinco en cada uno de ellos. Alrededor de las piedras, una estrecha franja de musgo apenas visible, única mancha vegetal del jardín. Eso es todo.
Los iniciados os hablarán -se han escrito miles de libros sobre ello-- del sutil equilibrio de masas y formas en las piedras de cada grupo, y en los diferentes grupos entre sí, y si el iniciado es un japonés, probablemente añadirá alguna alusión al fondo filosófico y religioso de tal equilibrio y relación de masas y formas. Para el profano, el jardín de Ryoanji resultaría algo tan hermético como una pintura abstracta. Y, entre paréntesis, a los que, confesando que nada entendían, se han permitido hablar alegremente de tal o cual pintor o escultor «abstracto», bueno será recordarles que, de ser sinceros, su actitud ante el jardín de Ryoanji sería probablemente la misma que ante esas pinturas o esculturas no figurativas. Pero Ryoanji no es la obra de un joven moderno, impulsivo e innovador, ni la de un farsante. Ryoanji fue ideado y construido hace más de quinientos años y desde entonces está considerado una de las cumbres de arte de un pueblo de artistas. Los iniciados han escrito y escriben sus alabanzas, y los que no lo somos respetamos la obra genial cuyo alcance no llegamos a comprender, sin que nuestra ignorancia nos mueva a motejar de farsantes a su autor, ni de ineptos y snobs a sus corifeos.
Pero, en definitiva, poco importa que veamos o no el jardín japonés como lo ven los ojos de un nativo. Lo que importa es saber cómo lo vemos, pues sólo lo que capte nuestra sensibilidad podrá afectamos e influir en nosotros.
Mis flores y mi jardín.- Magda Ródenas. (1964).
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o acabarás pensando como vives.
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