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Antiguo 19-06-2010, 23:40
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Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Los grandes marinos del siglo XVIII

Las vidas de D. Juan Antonio de la Colina Rasines, cántabro, nacido en 1706 en Bárcena de Cicero, y de D. Antonio González de Arce Paredes y Ulloa, madrileño, nacido en 1709, ilustran la vida y carrera de la mayoría de los oficiales marinos españoles del siglo XVIII, se conoce poco de ellas y ese poco lo conocen también muy pocos. No serán los conocidos héroes de los que hoy, afortunadamente, algo más se escribe, pero cuesta poco comprobar si su vida fue o no heroica en época tan dura.



Tipos del siglo XVIII pintados por Francisco Sasso.

Juan Antonio inició su carrera como marino voluntario y más tarde consigue plaza de Guardiamarina. En 1734 es destinado a Cuba, y allí estará en La Habana hasta 1759 en que vuelve a su pueblo, ya como Capitán de Navío (desde 1754). No parece, pues, que hubiese estado antes en América, a pesar de que la política de mejora y rearme naval por parte española y la preocupación de Patiño por nuestras colonias americanas hubiera hecho afluir a su mejores marinos a éstas. Los británicos, preocupados por ello, habían concluido la firma de una alianza con Francia (Tratado de Hannover) en 1726 y el bloqueo de la ciudad de Portobelo como recordaremos. No sabemos si mandó o fue tripulante en algunos de los barcos corsarios que defendían las flotas españolas de piratas y afines, pero lo suponemos. Tampoco se nos cuenta de este marino si intervino en la Guerra del Asiento (la de la Oreja de Jenkins) o las acciones posteriores, pero imaginamos que sí puesto que se encontraba en América en aquella época.


Escuadra del siglo XVIII

¿Qué hace en ese tiempo nuestro otro Antonio, el madrileño? Más o menos lo mismo: Es ya Guardiamarina en 1735 y toma parte en la expedición contra los británicos en 1742, y en 1748 combate, dentro de la escuadra del general Regio contra la británica de Knowles, frente al puerto de La Habana. Después, siendo Capitán del bergantín San Macario, tras una heroica resistencia, cae prisionero en las islas Azores.


La acción de la Habana, de 1748, pintada por Craskell diez años después.

Cuesta creer que no se hubiesen conocido y hablasen de lo que preocupaba, fuera de la política y los problemas de la patria, al marino del siglo XVIII, tripulante de aquellos gigantescos navíos - un hombre más entre los 600 y 1.100 embarcados- cuya vela mayor mediría más que uno de nuestros campos de baloncesto de hoy y que desplazaría más de 300 toneladas sólo en artillería, algo más de 90 en proyectiles y otro tanto en pólvora.


Hablarían de algo más de que el ancla mayor de uno de aquellos navíos medía, fácilmente, cinco metros. Hablarían de lo difícil que es encontrar voluntarios y de cómo se comenta que, en muchas armadas europeas, los marineros son reclutados, por la fuerza, en puertos y poblaciones vecinas por patrullas que los capturan para varios meses, sin que sus familias sepan qué ha sido de ellos.



Operarios de una fábrica de anclas del siglo XVIII con un ancla pequeña; las grandes eran tan altas como muchos edificios de la época.

Comentarían la dificultad que tienen las reparaciones obligadas cuando se está fuera de puerto: el terrible trabajo que representa aligerar los gigantescos buques de la mayoría de su ingente carga y acostarlos en la playa, con ayuda de los cabestrantes, para poder permitir a los carpinteros de a bordo reparar y calafatear, primero un costado y luego el otro.




Continuará.
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