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Antiguo 28-06-2010, 22:18
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Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Los grandes marinos del siglo XVIII

Se sabe de Juan Antonio que regresó en 1762, durante la Guerra de los siete años, a Cuba y que tuvo que luchar con coraje durante el ataque de la escuadra británica que nos arrebató La Habana. Las pérdidas de esta batalla fueron cuantiosas: además de la Habana “60 leguas de terreno, un tesoro de 15 millones de duros, una gran cantidad de municiones y nueve navíos de línea y tres fragatas, resto de la Armada española enviada a aquel puesto” (Wiki). De esta batalla ya hemos hablado al contar la vida de D. Luis Vicente de Velasco. Al menos, su heroica intervención.



En el 65 Juan Antonio es nombrado Jefe de Escuadra y en el 67 recibe la Comandancia General del Apostadero de La Habana. Compatibiliza el cargo con la redacción de un reglamento para la formación de un arsenal y un astillero. Tan bien lo hace, que, años después los navíos de La Habana serán considerados de los mejores fabricados por los españoles. Mientras él estuvo al mando, se llegaron a construir hasta 26 buques de todo tipo y tamaño. Uno fue, en 1769, el famoso, y ya viejo conocido nuestro, Santísima Trinidad.



¿Y Antonio? Le encontramos de nuevo, ya en 1766 como Capitán de Navío al mando del Septentrión en el Pacífico, con base en el Callao protegiendo a nuestros mercantes. Y más tarde, ya Jefe de Escuadra, a las órdenes del general Castejón en el sitio de Argel en 1775.

Ambos protegiendo y cuidando los negocios españoles sobre el mar. El mar en aquella época exige mucho de cada marino. Si eres marinero deberás tener sobrada fuerza y valor y, en caso de escaramuzas o batallas navales, verdadero heroísmo. Los tiradores expertos subidos en las cofas, con el peligro de la altura añadido, de aquellos gigantes de más de 70 metros en su palo mayor, deben olvidar la altura y centrarse en el disparo de sus mosquetes tratando de acertar a los oficiales de mayor graduación, para intentar que cunda el pánico en la tripulación enemiga. Mientras, abajo, puede que el fuego se esté propagando y la metralla rival esté haciendo estragos entre sus compañeros; quizás heridos y cegados por el humo y las llamas no vean como se precipitan hacia ellos las vergas y aparejos del mástil alcanzado, que los aplastará irremisiblemente.


Tampoco lo tiene mejor el capitán ni los oficiales y guardiamarinas, algunos de estos realmente niños. El que rige la nave debe saber colocarla, mejor a barlovento, para poder acertar al buque enemigo con la batería pesada y a la vez tomar posición para proteger el buque de los disparos del contrario. Eso con un mar de leche, si es encrespada… deberá aliarse al viento, poner en práctica todo lo aprendido y aguzar al máximo el ingenio. Quizás, también, rezarle a la Santísima Trinidad o a la advocación del barco que gobierna. Si comete un error o pierde el buque, sea o no culpa suya, le espera un consejo de guerra. La posición estratégica es sumamente importante. Si eres Jefe de Escuadra o Almirante, multiplícalo por las naves que mandes.

Pero ¿por qué los gobiernos protegían a los comerciantes arriesgando la vida de sus marinos? Durante el medievo habíamos visto como los armadores y comerciantes –sobre todo en los países del Norte- se habían asociado para protegerse de la competencia y para conseguir delimitar zonas de influencia de su mercado (Hansa, pero también Venecia, Génova…). En el siglo XVIII, que es el que nos ocupa, estas asociaciones son ya nacionales, tienen total apoyo de sus gobiernos: el capitalismo está despertando y vemos avanzar y tomar poder, incluso político, a la “Honorable Compañía de las Indias del Este”, inglesa, con más de 4.000 funcionarios sólo en Londres y miles de empleados en la China y las Indias.


Posee hasta un ejército propio de miles de soldados, con reglamentación específica y mueve un capital de varios millones de libras esterlinas. ¿Nos extraña que el pueblo la llame “Old John”? Y no es la única en el mundo.

Continuará.
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