Re: Os dedico un relato
Pues sí. Bastante cara dura.
Suerte que tienes amigos.
Vamos a ver si salvamos, al menos, los muebles y no se nos cabrea el auditorio. Ahí va un par de naturales y un pase de pecho que le dejará el morlaco bastante a punto a Farera, para que escriba un par de guarradillas de esas tan estupendas con las que sabe deleitarnos:
El rubio y su tutora se introdujeron con ansia en la masa de gente, mientras que la otra mujer miró a su alrededor con expresión entre soñadora y desconcertada, hasta que su mirada se cruzó con la de Martín y se detuvo en sus ojos. Sonrió a modo de saludo y él le correspondió señalando la copa de vino que la esperaba sobre el murete.
En cualquier otro lugar, invitar a una señora a compartir el vino sin haber existido presentación previa, ni haber intercambiado ni una palabra de saludo, conduciría de seguro a que la dama declinase la oferta sin que fuera necesario que se mostrase muy educada. De hecho, a Martín le quedó claro que el gesto de rechazo se había iniciado con un ligero arqueamiento de las cejas, una mirada rápida al entorno y el movimiento de la mano queriendo mostrar la palma como si fuese una barrera. Pero la barrera quedó disuelta en el aire antes de haberse formado del todo. Aquel no era cualquier otro lugar. Aquello era la isla de Espalmador. Varadero natural donde antaño las naves y ahora las máscaras se sacaban de su medio natural para proceder al aligeramiento de las incrustaciones y la cicatrización de las heridas que la vida y el mar suelen causar. Allí, desde siempre, habían despalmado sus cascos los piratas junto a los comerciantes y, ambos, entre los guerreros. Y probablemente se habían ofrecido mutuamente sus vinos, obedeciendo a un rito ancestral, sin más ceremonia que la austera entrega de la copa, la botella o el ánfora. La propia arena, la vegetación rala y salitrosa y hasta el murmullo de la marejada que venía de la costa oriental, parecían recitar la ley no escrita de los varaderos del mundo: vamos a llevarnos bien; bebamos juntos y dejémonos de puñetas.
“Aurora”, dijo, mintiendo, Clara mientras aceptaba la roja copa. “Bernard”, contestó, mintiendo también, Martín mientras se la entregaba.
Ambos tomaron un pequeño sorbo de vino y, casi hombro con hombro, se pusieron a observar a la masa de visitantes -la espalda protegida contra el murete- como si hubiesen llegado hasta allí nada más que para eso. El vello de los brazos más próximos a su nuevo centro de gravedad erizado en virtud de una especie de flujo electromagnético, conocido y discretamente añorado, aunque negado conscientemente, por ambos.
Una mirada debe bastar, dicen las geishas. Y esa mirada bastante se produjo en la décima de segundo en la que intercambiaron sus nombres falsos.
Ven, dijo Martín enlazándola por la cintura, voy a presentarte a un tipo verdaderamente peligroso cuando no está saciado, ¿quieres?
Si no eres capaz de protegerme de cualquier peligro, te demandaré, contestó ella mientras le posaba –supuso que amigablemente- una mano en el hombro, cerrando el lazo humano que había establecido el brazo que la ceñía.
En virtud de esa capacidad de visión panorámica que se atribuye a las mujeres, Clara percibió la mirada de sorpresa que Erik le dirigió desde lejos cuando Martín, como si apartase las ramas que tapan el sendero de un jardín descuidado, la guió a través de la presencia de varios tipos enormes, vestidos de blanco y de aspecto vigilante, hasta la presencia de un hombre de rasgos regulares, piel muy oscura y ojos de un tono lejanamente dorado, de gato, que sostenía un vaso medio lleno de un líquido muy azul.
Lakshmi, querido, dijo Martín en inglés, permíteme que te presente a mi gran amiga Aurora, a la que conozco desde que tengo memoria de haber descubierto que la vida es bella y de que vale la pena vivirla.
Debes de ser una antigua amiga, entonces, de este bon vivant, Aurora; me alegro de conocerte, respondió el tal Lakshmi besándole la mano. De hecho, me ha hablado mucho de ti y es como si ya te conociese de antiguo. Bienvenida a mi fiesta anual en el islote de los piratas.
¿Soy, pues, como me imaginabas? Preguntó Clara con aire mundano. Pues lo cierto es que no. Este rufián me había descrito una mujer de alma morena. Tal vez él te vea así, como una diosa griega. Tú eres más dorada. Más poderosa y menos dura.
Bien, ahora ya la conoces. Permítenos que vayamos a tomar unas copas y a saludar a otros amigos que hay por aquí. Tendremos tiempo de vernos luego, dijo con naturalidad Martín.
Claro que sí, amigo mío, repuso Lakshmi sin perder ni la sonrisa ni la felina observación de los ojos de Clara. Pero recuerda que hay más tiempo que vida, según reza un proverbio de mi país. Seguro que es un joven proverbio, porque en mi mundo ya nada llega a hacerse muy viejo, ¿verdad?
Clara sintió un escalofrío de origen difuso. La recorrió algo parecido al miedo y, al mismo tiempo, percibió que sobre el perfil de sus senos, apenas velados por el vestido, crecían dos botones de consistencia firme que no tenían relación con la temperatura del ambiente.
¿Habías tenido ocasión de conocer al Diablo antes de ahora? Le preguntó en tono frívolo Martín.
Farera: me los subes en el tender, que se tomen dos copitas de algo bueno en la bañera del ketch y... tuyos son!
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