Discusión: Os dedico un relato
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Antiguo 15-07-2010, 16:31
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Os dedico un relato

Martin dudó unos momentos antes de ceder al deseo de hablar con absoluta claridad. Ella evitaba mirarle a los ojos y había adoptado una posición defensiva, cruzando los brazos, probablemente para controlar su nerviosismo. Escuchó en silencio sus palabras de agradecimiento e intentó disuadirla, sin saber muy bien por qué, de que abandonara inmediatamente la isla.

Laxmi tiene cierta información sobre ti, le dijo con voz suave. No sé de dónde la ha sacado, pero la tiene. Le basta con tener el nombre de alguien para saber toda su vida y milagros en cuestión de minutos. Dice que tienes antecedentes por agresión, que estás en tratamiento psiquiátrico y no sé cuántas lindezas más. Y yo he cometido la estupidez de hacerte pasar por una novia formal ante él. Es un tipo verdaderamente peligroso cuando se enfada o cuando algo lo inquieta. No quisiera asustarte, pero creo que es mejor que te quedes aquí un par de días, protegida entre la cantidad de gente que viene y va por la cala, antes que emprender viaje sola. Actúa con normalidad y esperemos que se olvide de ti.

Antecedentes por agresión! Tratamiento psiquiátrico? Quién? Yo? Además, ese tipo no sabe mi nombre. No me llamo Aurora. Aurora es la loca a la que de poco le arrancas la cabeza. No sé por qué se me ocurrió cambiar el nombre. Tal vez fue un símbolo. Tal vez quería soltarme, por una vez, como hace ella. Yo qué sé!

De pronto Martin vio como todo encajaba. Los antecedentes y el nombre pertenecían a la otra mujer!. Eso explicaba el ataque, que habría sido un brote sicótico causado, tal vez, por el alcohol. Pero no podía ir a contarle a Laxmi la verdad. El peligro de que, pura y simplemente, los hiciera matar a ambos era tan real para él como inexplicable para los demás. Tampoco podía explicarle a Aurora, o como fuera que se llamase, las circunstancias especiales que hacían que aquella situación fuera mucho más peligrosa de lo que aparentaba.

Aurora, será mejor que salgamos de esta casa. Está amaneciendo. Tienes que recoger tus cosas y advertir a tu amigo el rubio de que lleva dinamita a bordo.

Ya te he dicho que no me llamo Aurora. Mi nombre es Clara. Y lo siento. Siento que todo se haya complicado tanto por una simple travesura mía.

No te preocupes más. ¿Sabes? Yo tampoco me llamo Bernard. Y ya nunca me causa gran sorpresa que nadie sea finalmente quien aparenta ser en un principio.

Habían iniciado el camino que los conducía de regreso a la playa cuando Clara, con expresión inescrutable, le preguntó si, por algún momento, él había creído que la información que tenía Laxmi sobre ella podría ser cierta.

La miró unos segundos, sin dejar de caminar; pareció reflexionar como si escogiera las palabras y los conceptos. Valoró la posibilidad de dar una respuesta corta y poco sincera. Pero algo indefinido lo impulsó a decirle la verdad de su pensamiento a aquella mujer.

Clara, creo que eres una buena persona. Creo que no sabes casi nada de la maldad del ser humano porque has vivido, aunque a ti quizás no te lo parezca, bajo la protección de tu pequeño mundo. Eres probablemente de esas personas que andan por la vida con el corazón en las manos, rebosando de necesidad de amar, dispuesta a entregarlo a quien quiera recibirlo y sin pedir demasiadas garantías a los posibles receptores. Supongo que vives entregada a algún trabajo que has conseguido que sea estresante y que estás empezando a acusar el castigo de las noches solitarias y de la relación con gente que ni te aporta nada ni entiende lo que tú les puedes aportar. No te imagino atacando a nadie ni perdiendo el control de tu mente. Creo que tú eres más de las que llora y vomita que de las que intentan asesinar. Pero tienes en ti el concepto de la dignidad y el valor suficiente para mantenerla. Por eso has esperado, sola y con el susto en el cuerpo, a que esos matones me soltaran. Nunca lo olvidaré. Pero puede ser que me equivoque. Te repito que ya no me sorprende que nadie sea quien parece ser.

Habían llegado entretanto a la playa. El agua del fondeadero replicaba el color violáceo del cielo y los barcos guardaban una inmovilidad absoluta. También el silencio era total, tan sólo rasgado por algún gemido esporádico y lejano, que parecía proceder de un hermoso trawler, tal vez un Grand Banks o un Krogen, que igual podría ser consecuencia de un gran placer como de un pequeño dolor. Mientras empujaban el bote hacia el agua un ruidito cotidiano vino a sumarse al silencio. Alguien, algún madrugador, hacia campanillear una cucharilla dentro de una taza. Mataría por un café, pensó Martin mientras buscaba con la mirada el origen del ruido.

En un primer momento no lo reconoció; luego le pareció familiar y, por fin, sus nervios se tensaron al identificarlo. Sólo lo había visto una vez en su vida y ya hacía algunos años de eso, pero no cabía duda de que era él: Joaquín Genovés, de la Dirección General de Norteamérica y Pacífico del Ministerio de Asuntos Exteriores y, por más señas, administrador del llamado Fondo de Reptiles, un arcaísmo colonial tras cuyo nombre se escondía el pozo más secreto de los fondos reservados de España.

Y, para llegar hasta el Odín tenían que pasar a su lado. Es capaz de invitarnos a un café, pensó Martin, por Clara y no por mí, desde luego. No creo que me recuerde y, si así fuera, seguro que haría ver que no me conoce.

Subieron al bote y arrancaron el motorcito fueraborda.
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