¡Muy bien! Bienvenida, Ventresca.
Gota, lamento que los motivos de tu ausencia existan y que no sean felices. Ahora ya no podré acusarte de embarcar a la gente y quedarte en la playa.
Si vemos que las vacaciones se interponen demasiado siempre podemos tomar la decisión de continuar en septiembre. Yo también empezaré ahora a tener menos tiempo. Ya sabéis: mi hijo, su barco (25 metros esta año), sus amigas, el Mediterráneo, mi alma pecadora...
Y este verano he descubierto que el té de Uganda con hielo está buenísssimo! nosésimesplico.
Mejor que el té de roca del Pirineo...
De momento ahí va lo mío:
Después de enviar los dos correos, al fiscal de Madrid y a su primo, no quedaba más que esperar acontecimientos y respuestas, así que regresó a la cubierta inferior y se entregó a la actividad que solía mantener sus nervios bajo control en situaciones similares: la cocina.
Despertó a Clara suavemente, acariciándole el cabello y besándole las sienes, y le propuso que fuera a refrescarse un poco antes de comer. Te he preparado, le dijo, un menú del Mediterráneo oriental como tentación para iniciar un viaje hacia allí: humus, melizane, taramas y pikilía, como entrante, y algo de proteína animal de segundo; mosjari kokinikós, que es pariente del goulash y del ragú. Para beber me queda media botella de la mejor retsina, muy fría, y si te apetece hay una provisión ilimitada de vino de Borgoña, como el que bebiste ayer.
Tienes toallas limpias en el armario que hay detrás de la puerta. ¡Venga, acelera que tengo hambre! Le dijo mientras introducía la mano bajo el short para pellizcarle una nalga. Clara dio un saltito hacia delante mientras fingía un mohín de protesta.
Mientras removía por enésima vez el guiso de ternera, Martin oyó que la bomba de agua dulce arrancaba. Le pareció enternecedor oírla sin ser él mismo quien había abierto un grifo; el ketch volvía a tener una invitada. Volvía a tener vida.
De pronto se sintió cansado de sí mismo, o más bien del personaje que le había tocado representar. El odio, la venganza, la traición, el fingimiento, le parecieron súbitamente tan inferiores en intensidad, tan vanos, frente a la atracción física y a la promesa de alegría y felicidad de aquel posible verano con Clara, que llegó a considerar seriamente, aunque sólo en un relámpago, la posibilidad de virar inmediatamente el ancla y escapar de allí con ella. Enviarlo todo al carajo. Ae gamisú! llegó a murmurar en el idioma que el menú que estaba preparando le sugería.
Pero todos los espectros de su pasado se alzaron rápidamente contra esa idea y se agitaron en las profundidades de su pecho las imágenes de su tortura. No podía dejarlo ahora. Sólo necesitaba cuarenta y ocho horas y, previsiblemente, todo habría acabado. Se juró que, pasadas esas cuarenta y ocho horas, si seguía vivo no volvería a ser el mismo. Sería otro completamente distinto. Tal vez incluso con otro nombre.
¿Y Clara? ¿No sería mejor alejarla mientras se producía el gran desenlace? ¿No estaría poniéndola en peligro innecesariamente?
La imagen de Sandoval, mirándola con glotonería y mandándole aquel pretendido beso, acudió a su mente para convencerlo de que Clara ya estaba en peligro de todos modos. Y había que solucionar su problema también. Del mismo modo que, según la tradición de sus antepasados corsos, los niños necesitan ver el cadáver de los familiares que mueren para comprender su muerte, las mujeres que han sido violadas necesitan de la justicia o de la venganza para recuperarse plenamente, para recuperar el respeto hacia sí mismas. No me resistí lo suficiente, le había dicho. Ese era el síntoma más claro de su tremenda herida. Sintió una hondísima ternura por ella. Y un odio perturbador y pastoso, casi tangible, hacia Manuel Sandoval.
La bomba de agua se había detenido hacía rato.
Claáraa! Me muero de hambre! Ven a comer!