
Desde luego, hay barcos que no se merecen el nombre que llevan los pobrecitos.
Nosotros le cambiamos el nombre al nuestro (al pobre le hacía mucha falta). La ceremonia del cambio se realizó según instrucciones encontradas en esta taberna, a saber:
Se graba el nombre antiguo en una planchita metálica.
Se sale a la mar y se lanza por la borda la planchita.
Se dan tres vueltas sobre el lugar donde se hundió el nombre antiguo.
Y el barco ya está preparado para responder al nuevo nombre.
Eso sí, hay que pasar también por capitanía y abonar las tasas correspondientes



