Lo difícil es no cabrearse
La gente se siente en un barco como en una terraza de una discoteca, a las 4 de la mañana. Y claro, no se fijan. La ceniza puede caer, o no, en el cenicero. Los almohadones son para sentarse seco, o no... Ese nudo hecho rápido y mal aguantará, o no... Ese pareo dejado sobre el guardamancebos no volará, o si... El plato ese con ensalada y mucho aceite y mucho vinagre que se queda en un plano ligeeeramente inclinado se estará ahí de por vida, o no, porque quizá alguien lo pise antes de que se caiga... encima de la tapicería.
Luego están los que saltan al agua, navegando, porque se les ha caído el gorro. Los que discuten de donde viene el viento, o donde está el norte. Y por último los que saben mejor que nadie donde se estará tranquilo, y te van contando todos los accidentes de la costa... que conocías antes de que pisaran las baleares.
Pero por todo ello, y por otras cosas les quiero. Y por eso los llevo conmigo, porque disfruto mucho en compañía de mis amigos tripusoles. Que saben muuucho de pasarlo bién, compartir buenos momentos y reir.


P.D: Confieso que he prohibido las pipas en el barco. Sus cáscaras se deslizan hasta los rincones más recónditos.