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Antiguo 01-09-2010, 19:49
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Corsario
 
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Predeterminado Veleros que reniegan de la mar

Saludos a todos

Ahora que he “vuelto” de vacaciones (el entrecomillado para lo que me conozcáis) os voy a contar una insólita experiencia que he tenido.

Cada vez como menos fritos pero a veces me escapo a Sanlúcar de Barrameda para darme un homenaje en la Casa Balbino de la Plaza del Cabildo.

Sus tapas de tortillitas de camarones o las ortiguillas son memorables (para lo que no sepáis,la ortiguilla es una anémona con un profundo sabor a mar , una extraña delicatesen que sirven recién pescada,envuelta en una agradable y muy crujiente tempura).

Lo malo que tiene el sitio es que siempre está hasta la bandera y hay que abrirse lentamente paso hasta llegar a la atestada barra.

Entre este gentío me encontré con un amigo que entre los vaivenes de la conversación me dijo que había venido a Sanlúcar para navegar con su windreamer.

Cuando me enteré de que eso era un carro a vela , me imaginaba a los que utilizaban en el Imperio Romano o aquellos locos en sus viejos cacharros de las playas de Cantabria en los felices 20 o tal vez como los había visto en los documentales americanos con música de fondo de los Beach Boys…

Me empezó a explicar sus técnicas y yo ya me veía en el 240 de mis tiempos mozos pero … ¿con esta barriga?

Será por la mucha manzanilla que bebimos pero a las 3 de la tarde ya estábamos en el transbordador rumbo a la Punta de Malandar cargados con los tubos, la vela y las ruedas del aparato dejando atrás a las mujeres.

- No te preocupes, me decía, desde la Punta hasta Matalascañas hay 30 kilómetros de finísima arena.

- Pero es la costa de Doñana . No nos dejarán.

- ¿Tiene motor el vehículo?

- No

- Pues… vamos por la zona mareal ¿Cuál es el problema?

- ¿ Y si está Zapatero?

-

Lo tenía todo calculado, la bajamar de coeficiente 0,75 a las 18,50 que te dejaría una ceñida complicada al principio pero suficiente, vientos previstos del SW de más o menos 15 nudos que rolarían al W… y la vuelta en el barco de las 20.00 horas…

Lo que yo no tenía previsto era que había que acarrear justo hasta la playa todos y digo todos los elementos del windreamer, que pesarán poco pero que desde donde te deja el barco hasta la supuesta pista hay un trecho; y aunque todo queda reducido como a un gran carro de compra de esos de dos ruedas, las tres velas ( de distintos tamaños para envergar según la velocidad del viento) pesan lo suyo ya que las ruedas poco te sirven en la arena seca y suelta por lo que a pleno sol fue una tediosa y agotadora tarea.

Al fin descubrimos la larga playa que se perdía en el infinito pero con una franja de arena dura de sólo un poco más de tres de metros.

Después de descansar, armamos el aparato en un momento ya que es muy fácil con sus grandes palometas de plástico negro.

El anemómetro nos decía que había 13 Kn. por lo que envergamos la vela de 4,5m2.

Se montó primero mi amigo (el puesto de conducción es algo así como el de las motos Choppers , con los piés en alto en la cruceta que dirige la rueda central delantera.)

Un breve empujoncito, cazó la escota y partió empequeñeciéndose hacia el oeste dejándome solo; envuelto radicalmente en la naturaleza.

Me senté para aspirar la silenciosa comunión…

¿Silenciosa?

Por delante el rumor de la mar, cuyas olas lamían perezosamente cada vez menos espacio, y por detrás el oculto alboroto que provenía tras las dunas.

Reconocí los silbidos aflautados de los archibebes y había tantos al unísono, que formaban una compleja melodía que no resultaba desagradable. Al fondo, como contrabajo de esta insólita banda sonaban los carriceros y los tordales.

Me imaginaba que habría una pequeña laguna tras las dunas y me la imaginaba tanto que desprecié el subirlas rompiendo, con ello, la composición que el viento había hecho con ellas, para corroborarlo.

Quieto como estaba me integré en el paisaje y volvieron las aves limícolas que con su vertiginoso caminar. Iban picando aquí y allá cuando las olas se retiraban mientras que, desde lo alto, los charranes se lanzaban una y otra vez, tras un breve temblor de sus alas, en picado al agua para tratar de obtener su pescado mientras que más arriba, las gaviota patiamarillas con su pesado y cadencioso volar , no les quitaba ojo al espectáculo.

Estaba tan a gusto que torcí el rostro cuando vi acercarse la mancha blanca del windreamer en el horizonte de la playa virgen.

- ¡Vaya gozada!, me dijo mientras se quitaba las gafas. ¡Ahora tú!

La verdad es que el asiento era comodísimo, era como estar tirado en una hamaca con los pies apoyados en el travesaño posterior.

- Ya sabes , es muy fácil … cazar , lascar …

- Todo menos ciar, le dije.

No entendió la broma. Cazé , me empujó y ya estaba rodando en una pista de ya unos cinco metros de arena dura.

Mis primeros pasos fueron titubeantes pero la verdad es que era fácil tripularlo.

La ida fué como de prueba ,pero a la vuelta, con viento franco, había momentos en lo que iba lanzado porque cuando miraba para atrás mis huellas eran como tres líneas interrumpidas ( y a veces dos) paralelas.
El buggie iba pegando saltos pero yo no me daba ni cuenta. Yo no sé a qué velocidad iría, ya que se carece de velocímetro ,pero habría puntas de 60 ó 70 Km/h.

Dos veces volqué, sin consecuencias y por error mío, sobre todo cuando el viento me entraba por la aleta y trataba de esquivar los socavones, charcos y zonas blandas que a veces persisten en la improvisada pista para lo cual tenía que ceñir o trasluchar.

Pero de todas formas cuando iba lanzado y me metía en una zanja de agua, que superaba dejando atrás una espesa cortina de agua, me producía una reconfortante euforia y capacidad de acción por lo que supongo que estaría liberando adrenalina que al fin y al cabo compensaría el sedentarismo que casi todos arrastramos.

Mi amigo me dio un frasco flexible con un pitorro de spray con agua dulce, de esos de colores donde antiguamente se tenían las colonias de baño, que me eché en el bolsillo sin mucho convencimiento.

Fue esencial en esta experiencia. Sin él hubiese estado completamente ciego por la arena en las gafas por lo que queda demostrado que la experiencia es un grado.

Igualmente torcí el gesto cuando en la lejanía atisbé la presencia de mi amigo.

Fuí lentamente lascando para frenar la velocidad del artefacto que me llevaba en volandas; sólo el ruido que producían las ruedas me unía a la realidad.

Cuando me detuve, y ante la perplejidad de mi compañero, sólo pude exclamar ya que sentía una agradable sensación de relax y hablar que parecía un sacrilegio…

Sin embargo la vuelta fue penosa.

Llegue a casa totalmente agotado, añorando tener unos cuantos años y kilos de menos.

El escenario fue impresionante pero los accesos enormemente dificultosos por lo que el espacio natural estará protegido de las multitudes.

Yo no sé si volveré a tripular de nuevo un windreamer en las arenas del litoral de Doñana;la experiencia ha sido maravillosa y gracias a mi amigo ya puedo decir que he sido un afortunado carrovelista.

SaludosAndrés
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