Originalmente publicado por churri
NAVEGANDO ETERNAMENTE.
Mientras amanece, trato de poner en orden aquellos recuerdos, fue todo tan breve. Empieza el sol a iluminar mis sabanas, revueltas tras otra inquieta noche, tampoco recuerdo ya cuando fue mi último sueño, ni cual. Me ciega una difusa luz que confunde ensoñación y realidad.
El lugar, nuestro lugar, si, inolvidable. El tiempo, hace demasiado para ubicarlo con exactitud. Ella, además de su nombre que aún resuena en mi corazón, sus ojos de un pardo oscuro profundos y callados, la melena castaña rizada, su cuerpo delgado, la pelvis huesuda, sus piernas largas, su media sonrisa y esa mirada como alucinada, hermética, huidiza.
Dio sus primeros bordos bajo mi tutela, siempre atenta, nunca tuve que corregirle un cabo, ni una maniobra, nunca me dio motivos para reprenderla, solo podía aconsejarle y admirarla con ternura. Cierta diferencia de edad imponía nuestra inocente relación, maestro y alumna sin dobleces, sin mentiras, entregados ambos a la felicidad de una vela portando, la calma de la ola por popa, la elegancia del bordo preciso.
El tiempo nos separó y dejó en mí sensación de gran maestro de aquella niña hermosa, de alma cándida, alumna perfecta que me hizo grande. Quedó en nosotros la sensación de haber sido únicos el uno para el otro.
Años después acostumbraba a navegar solo, salía muy temprano de casa, hacía un buen rato de carretera y me plantaba en el barco que tenía entonces, sin importarme la previsión meteorológica.
Aquella mañana, tras desayunar en el club me disponía en embarcar, ya llevaba mi equipación lista, botas de agua, chaquetón impermeable y un gastado gorro rojo que alguien tejió para mí. No la reconocí a primera vista, allí, plantada en el pantalán. Me llamó la atención su altura, su melena abundante y rizada, su tipo delgado, la nariz afilada. Sonrió llamándome al pasar a su lado, mi mente estaba en la próxima maniobra, en el estado de la mar, en el viento ascendente, en las nubes que no abrían y me sorprendió escuchar mi nombre.
La miré y aquella niña que recordaba volvió a mí, el tiempo y mi mente se detuvieron un instante hasta que fui capaz de articular su nombre, incrédulo.
Me explicó que había quedado para navegar con una amiga pero no llegaba. Le ofrecí acompañarme y aceptó sin dudarlo. Andamos juntos el pantalán hasta el atraque de mi Albin Vega, un crucero de 27 pies, pesado y seguro.
Salto con agilidad a la bañera del barco y mientras yo quitaba candados, abría portillos y arrancaba el motor, la observé controlando de forma experta el amarre. Sin decirle nada preparó la maniobra y al sentir mi mano en el mando del motor, largó amarras, sin preguntar, solo una mirada. Di avante y el ronroneo del motor la dejó controlando las líneas de fondeo, mientras avanzaba despacio hacia la bocana del puerto, retiró las defensas y las guardó a mi indicación.
Ya en aguas libres, mientras yo daba parte por radio de nuestra salida, ella izaba la mayor y desenrollaba el Génova, moviéndose con agilidad por la cubierta.
Nos cruzábamos pocas palabras, las miradas y la experiencia nos bastaba, había aprendido bien y tenía la práctica reciente.
Apagué el motor y puse rumbo al Estrecho, cazamos velas y con un fresco poniente del través escoró el barco, gimiendo la jarcia. El viento era estable y la ola noble y constante. El pesado casco cortaba con suavidad las crestas.
Le di el timón mientras entraba en la cabina a cambiarme de ropa, la escora era soportable y le ofrecí un café, ajusté la cafetera al cárdan de la cocina y la observé, atenta, relajada, su cabello al viento, su media sonrisa. Preparé dos tazas y me senté a su lado. Era un día esplendido para navegar. Saqué el piloto automático pero me pidió que no lo conectara, quería sentir el viento en el timón, negociar la ola cada vez más recia en la cercanía de la corriente del Estrecho.
No hablamos durante un buen rato, nos limitamos a saborear el café caliente, a sentir el fresco de la mañana, el viento a nuestra espalda.
Cruzamos las olas que produce el choque de la corriente con la vaciante de la Bahía, son olas cortas y violentas, los golpes en el pantoque hacían sonar las tablas del camarote, pequeños ajustes del timón las cruzó por la amura, evitando hundir la proa.
Libres ya de tierra a sotavento, arreció el viento, aumentando levemente nuestra escora, la quilla corrida nos daba la estabilidad y confianza como para no pensar en rizos a la mayor, pero enrollamos algo de trapo a proa para ir más cómodos.
Estabilizada ya la navegación, me pidió que conectara el piloto y nos dedicamos ya a charlar distendidos, recordando personas y situaciones de su infancia y de mi juventud. Me contó algo de su vida, no tenía pareja, no tenía hijos y se dedicaba a algo relacionado con galerías de arte, no sé muy bien a qué.
Hablaba, sonreía, me miraba con esa mirada tímida que siempre me turbaba. Yo la veía y su imagen volvía a ser la de mis recuerdos, aquella hermosa niña, pero ahora no tenía ya nada que enseñarle, al menos de navegación.
Los silencios se alternaban en nuestra conversación, volvíamos al recuerdo y las sensaciones que nos daba el barco en su pesado andar. Abrimos el rumbo buscando perder la tierra de nuestro horizonte, el claro poniente dejó a nuestro estribor el perfil de la cordillera del Atlas.
A nuestra popa dejábamos la bahía, se aclaraba el intenso tráfico mercante, hasta que nos sobrevino la soledad del mar, perdida la conciencia de los vínculos a tierra, solos, la mar y nosotros, el barco y las velas.
En silencio me miró largamente, yo adivinaba su mirada, fingí controlar el paso de la ola, un pequeño flameo de la mayor, el horizonte. Hasta que su insistencia me resultó incomoda. Rompí el hielo con una sonrisa, sonrió también.
Mirarme le daba calma y seguridad, un recuerdo antiguo de su época de aprendiz, miraba el mar en mis ojos y encontraba un bienestar, como el de un olor de la infancia, como el suave roce de las sabanas en las noches húmedas de la niñez.
El barco, fiel, cumplía sus deberes sin queja. El viento estable y la ola ya distendida a medida que ganábamos mar abierto. El sol avanzada la mañana se asomaba ya despejando las nubes.
Entró en la cabina a cambiarse, la vi desnudarse sin pudor de espaldas a mí. Su pequeño trasero y sus delgadas piernas me recordaron que ya era toda una mujer. A su vuelta a la bañera, traía un pequeño biquini de vivos colores que subrayaban su figura. Hice lo mismo, poniéndome un bañador.
Como las condiciones lo permitían y el barco no requería de nuestra atención, solos en el horizonte, nos recostamos contra cada uno de los mamparos, tomando el sol. Ella se quitó la parte de arriba del biquini, dándose crema en el pecho que luego me pasó. Cerré los ojos y me deje llevar por el vaivén de las olas y el sonido del mar a su paso por nuestra popa, el pequeño zumbido del piloto me confirmaba el perfecto trimado de las velas, los débiles gemidos de la jarcia eran familiares. Me dormí.
Me despertó un leve roce, noté sus labios húmedos fríos, tímidos. La miré sorprendido, ella se apartó disculpándose, la tranquilicé apartando el pelo de su cara, mirándola fijamente con ternura, sonriendo la atraje hasta mí de nuevo, besándola también suavemente. Ella se dejó besar, me miró y se recostó sobre mi hombro, me llenó el olor de su pelo, la acaricié y apreté su cuerpo contra el mío.
En el rumor de la navegación, me sentí feliz en ese instante, entre la paz y la comodidad. Noté su mano acariciándome el abdomen muy despacio, como distraídamente, se movía de mi pecho hasta mis caderas con lentitud. Jugaba con el poco vello que encontraba, saltaba a veces rozando levemente mis caderas hasta mis piernas, levantando levemente mi bañador. Yo correspondí acariciando su nuca, sus hombros, su espalda muy despacio.
Subiendo desde mi rodilla, introdujo su mano bajo el bañador, buscando mi cadera, empecé a excitarme, apoyaba su muñeca en mis genitales como casualmente, notó mi excitación. Enredó sus dedos en el vello de mis ingles, mi erección era ya completa, busco mi pene bajo la tela y lo rozó con delicadeza.
Deslizó su cabeza desde mi hombro hasta el abdomen, abriendo el cierre de velcro del bañador. Acarició mis testículos, besando la punta de mi pene, mojándolo con su saliva, jugando con su lengua, abría la boca y se lo introducía entero, deslizándola hacia afuera, pausadamente, besaba y acariciaba. Su mano se entretenía en mis testículos, en mis pliegues, en mis piernas.
Intenté revolverme ubicándome con mejor acceso a toda su piel, pero lo impidió. Quería corresponderle, acariciar su pecho, besar su vagina, hacerla gozar. Firmemente impidió todos mis esfuerzos.
Mientras me besaba y acariciaba, mi excitación crecía. Mi pene completamente mojado por su saliva, vibraba inflamado y duro. No cambiaba el ritmo, ella en la misma pausada cadencia, besaba y acariciaba.
Noté un anticipo a la eyaculación, algunas gotas previas se escaparon en su boca, ella paró en su afán y me miró, relamiéndose los labios. Volvió a la tarea con la misma parsimonia, obviando mi urgencia. Mis testículos ya se agolpaban duros, mi mente se nublaba, mis músculos contraídos.
Gemí dejando escapar toda la tensión. Eyaculé en su boca, ella no se apartó, siguió en su ritmo recibiendo todo mi néctar. Lo tragó saboreándolo mientras me miraba con sus ojos brillantes, ahora alegres. Le sonreí agradecido, volvió a mí, reposando de nuevo sobre mi hombro.
Suspiró y levantándose bajó a la cabina, me ofreció un refresco de la nevera que disfrutamos juntos bajo el sol que ya lucía vertical sobre nosotros.
Terminado el refresco se sentó a mi lado, frente a mí, me miró en silencio, muy seria, yo la miré respetando su callada mirada. Se inclinó sobre mí y me besó en el cuello, rozó su lengua humedeciéndolo, mientras acariciaba mi pecho.
Sentí una punzada en el cuello, me sobresalté, ella apretó sus manos reteniéndome. Un calor intenso recorrió mis brazos y piernas. Mi corazón bombeaba con fuerza, notándolo retumbar sobre el mamparo a mi espalda. De nuevo me invadió una erección mientras ella chupaba mi cuello. Noté su lengua húmeda, sus dedos apretando mis pezones con frenesí, amasando mis pectorales. La noté tensa, excitada, sin dejar mi cuello, descubrió mi pene de nuevo introduciéndolo con violencia en su vagina completamente mojada, se sentó sobre mi pene arqueando sus caderas atrás y adelante con rapidez, buscando introducir todo, rozando su clítoris sobre mi pubis, mientras un gorgojeo resonaba en su garganta.
Con un último gruñido largo, casi un grito, liberó mi cuello. Su orgasmo arrastró al mío. Gemí dejándome llevar por una ola de sensaciones que recorrió mi cuerpo. Un ardor intenso inundó mis testículos mientras apretaba sus caderas contra las mías.
Noté el cuello anestesiado, frío. Pasé mi mano sobre él y estaba mojado, asombrado comprobé que era algo de sangre, poca cantidad. Ella se apartó de mí, su boca ensangrentada, sus dientes ahora rojos, el pelo enmarañado, sus ojos cerrados, su gesto dolido.
Confundido, la observé, no me permitía ver sus ojos. Sus pezones aún erectos, su ombligo pequeño, su vello púbico sobre el mío. Sus manos descansaban sobre mi pecho.
Por fin, abrió los ojos despacio y un escalofrío recorrió mi espina dorsal, un rojo intenso enmarcaba el color ámbar de sus pupilas, entreabrió sus labios y pude distinguir dos pequeños colmillos afilados sanguinolentos. Y comprendí entonces que mi destino había tomado un nuevo rumbo, ya nada sería igual.
El viento arreció de improviso, nubes negras cubrieron el sol y una fuerte marejada hacía cabecear el barco. El sonido de las velas y el constante rectificar del piloto, devolvió mis pensamientos a la navegación. Aún aturdido, débil, amoyé la escota de la mayor para evitar una excesiva escora. Aparte el automático de la caña, timoneando a mano a un rumbo más abierto, mientras trataba de poner orden en un sinfín de sensaciones, desde el aturdimiento hasta la cólera.
El viento arreciaba, ella entró en la cabina y se puso ropa de abrigo, tomando el timón de mis manos, yo hice lo mismo. No tenía palabras, no podía pararme a intentar comprender lo que había pasado, el silencio era denso, espeso entre el rumor del viento y la ola que ya empezaba a rugir.
La ola cada vez más alta y violenta me obligaba a permanecer atento. El barco rompía, cabeceando, demasiada vela. Enrollé la Génova un cuarto y subí sobre la cabina hasta el palo. Todavía muy débil, me agarraba a duras penas mientras largaba driza y tomaba rizos. Temblaba de frío, mis piernas no me sostenían.
De rodillas sobre la cabina, soporté los rociones de las olas durante un rato, tratando de guardar el equilibrio. Completamente mojado, la miré, reflejaba tristeza, su mirada se perdía en el horizonte perdido entre olas, montañas ya que nos zarandeaban obligando al timón a mostrar la amura desafiante.
Un brusco zarandeo me tiró sobre la cubierta, agarrado a un pasamanos soporté una ola que atravesó el barco cubriéndome por completo. Miré a la bañera inundada y vacía. Grité su nombre, sin esperanza.
Antes del siguiente golpe de mar pude llegar hasta el timón, recuperé el rumbo estabilizando la situación. Observé agua en la cabina, confié en las bombas automáticas de achique, tanto del motor como de la sentina. La bañera iba achicando con la propia velocidad del barco.
Evalué la situación, las baterías estaban en seco ya que funcionaban las bombas. El motor diesel funcionaría con toda probabilidad. La jarcia y el palo no parecían haber sufrido. Las velas estaban mojadas pero enteras, el timón respondía sin quejarse. Sin duda el Albin Vega era un barco muy duro.
Reflexionar en todo lo que había pasado no me parecía urgente. Lo perentorio es que no había dado alarma de hombre al agua, conecté de nuevo el piloto y fui a la radio en la cabina. Pulsé durante unos segundos el botón distress que emite alarma y posición, esperé respuesta de Salvamento Maritimo. En unos segundos comuniqué la perdida de mi tripulante, navegaba de forma autónoma y segura y que me quedaba navegando la zona.
Salvamento me instó a que pusiera rumbo al puerto más cercano, ellos mandaban inmediatamente una embarcación y un helicóptero. También me informaron que se esperaban vientos de fuerza 8 del oeste y mar arbolada.
Tras dudarlo unos instantes, me ceñí el arnés de seguridad, afirmándolo a la línea de vida y tracé rumbo aproximado a tierra.
Caída ya la noche, llegué al primer puerto al que pude arribar. El marinero de guardia conocía mi situación y me ayudó a acomodar el barco en un atraque protegido.
Los acontecimientos se sucedieron en el orden de los protocolos propios de estos casos. Soporté distintos interrogatorios y callé todo lo relativo al sexo y al mordisco. Fui recuperando las fuerzas poco a poco, eludiendo someterme a un reconocimiento médico.
Los meses pasaron, la justicia me absolvió, la sociedad olvidó, la familia perdonó. Vendí todo lo que tenía salvo el barco que se convirtió desde entonces en mi casa, me despedí de familia y amigos y zarpé al mundo para no volver jamás.
He visto muchas tierras y mares desde entonces, muchos puertos y personas de todas las razas y condiciones. Vagabundo de los mares persiguiendo insaciable colmar mi sed, un ansia irrefrenable que cada cierto tiempo tengo que calmar en alguna calle oscura de algún puerto remoto.
Y en algunas de esas calles escucho leyendas de una bella mujer de ojos pardos y melena rizada que también navega sola, también vagabunda como yo. Eternamente.
FIN.
|