y ya que estamos una mas, esta vez de la mano de donostiarras y ondarreses, hoy "casi" el el olvido............
Una moraleja dudosa
Por:
Mediavilla
Ambrosio Bedialauneta nació en Ondárroa, Vizcaya, el 7 de diciembre de 1857. Luis Carril Uribe,
Torrekua vino al mundo el 25 de agosto de 1847 a las nueve de la mañana en el muelle donostiarrara. Sus dotes en la mar les encumbraron al mayor privilegio de aquel tiempo en aquel lugar: gobernar la
trainera de sus respectivas cofradías. Sus caminos se cruzaron en 1890, cuando un grupo de comerciantes y hosteleros de San Sebastián, espoleados por los ricos industriales de Bilbao y los periódicos de la época, organizaron un desafió en el mar entre las traineras de Donosti y Ondárroa.
Por el camino, un pueblo arruinado y un patrón exiliado. De post data, un patrón muerto. Esta es su historia.
Todo empezó con una metáfora hiperbólica. El Real Club Náutico de Bilbao, que organizaba regatas de traineras para dar publicidad a su proyecto de construcción del nuevo puerto, otorgó a Ondárroa el título de la Invencible del Cantábrico. Entusiasmados, los pescadores del pueblo vizcaíno alzaron una bandera en lo alto del Campanario en señal de dominio de los mares.
En San Sebastián se despertó una ola de indignación que fue sabiamente aprovechada por un grupo de hosteleros y comerciantes. Estos
constituyeron una sociedad para "representar" legalmente el orgullo herido de los pescadores locales.Lo primero que hicieron fue redactar un documento oficial con el que desafiaban a Ondárroa para que defendiera en el mar lo que se había decidido en los salones de la rica burguesía bilbaína. Desde Vizcaya se contestó con ambigüedad al reto. Si, pero no, déjame pensar.
Se inició entonces un farragoso periodo de alegaciones, rectificaciones, exigencias y amenazas entre los dos bandos, con el objetivo de consensuar el trayecto, la fecha y la localización de la regata.
Un debate animado por La Voz de Guipúzcoa, que escribía envenenados artículos sobre la presunta cobardía de los vizcaínos. Finalmente quedaron establecidas las bases: el duelo tendría lugar el 23 de noviembre con un recorrido de 10 millas con salida en el Abra de Lekeitio hacia el monte San Antón de Guetaria. La apuesta entre traineras era de 25.000 pesetas, cantidades que fueran abonadas en respectivas sucursales del Banco de Bilbao. Lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en quienes serían los patrones de cada embarcación: Luis Carril, en San Sebastián; Ambrosio en Ondárroa.
La prensa de la época jugó un papel fundamental calentando los ánimos de los rivales y del público. La Voz, ya lo dijimos, se posicionó a favor de los donostiarras, El Porvenir Vascongado, lo hizo a favor de Ondárroa, y el Noticiero Bilbaíno jugó la baza del espectador objetivo.
Las traviesas, apuestas cruzadas entre particulares, alcanzaron cifras asombrosas: el dueño del Café del Norte, en San Sebastián, apostó 25.000 duros a favor de los suyos. El Club Náutico de Bilbao, 20.000 duros por los vizcaínos; un pastor de Hondarribia, una cabra. Un obrero de Bilbao, su colchón. Así hasta el infinito.
La figura del traidor quedó reservada a los pescadores de Lekeitio. Escocidos por un presunto abordaje de Ondárroa en una regata celebrada hacía 38 años, apoyaron a los guipuzcoanos de San Sebastián, en vez de a sus vecinos vizcaínos.
El día de la regata, miles de personas procedentes de toda Euskadi, Cantabria, La Rioja, Navarra y el País Vasco Francés se dirigieron a Lekeitio en vapores, trenes, diligencias y a pie. Todo estaba preparado, pero a las 10:55 los organizadores decidieron suspender la regata por las malas condiciones climatológicas. Muchos volvieron a sus casas, otros se buscaron la vida para poder pernoctar por la zona. El 1 de diciembre, el desafío volvió a suspenderse porque las temperaturas alcanzaron los 8 grados bajo cero.
El 2 de diciembre las dos traineras salieron por fin a la mar. Los espectadores que habían sobrevivido a las constantes suspensiones lograron distingur las traineras por su frecuencia de palada: 2 paladas de Ondárroa por cada palada donostiarra. Es decir, vizcaínos con plato medio, guipuzcoanos con plato grande. 81 minutos después, San Sebastián llegaba primera a la boya de meta.
Pasado un minuto y 28 segundos, aparecía, derrotada, la Invencible de Ondárroa.
Los donostiarras fueron recibidos como héroes siguiendo el esquema protocolario de cualquier mundial de fútbol o ascenso a primera división: recibimiento en el Ayuntamiento, telegrama de felicitación de la Reina, borrachera generalizada, inefable sensación de orgullo. "Hemos ganado porque hemos corrido con carril", se reían en las tabernas de San Sebastián, en referencia al apellido de su patrón ganador. Los semanarios ilustrados de Madrid reprodujeron a página el acontecimiento. Ser donostiarra era una bendición.
Mientras tanto,
Ondárroa, que aún no había terminado de pagar las deudas contraídas por la derrota de la última guerra carlista, se hundía en una nueva bancarrota. Muchos pescadores se vieron obligados a vender sus barcos y material de pesca para afrontar los pagos.
Los efectos devastadores de las apuestas alentadas por los propios periódicos mediante artículos fanfarrones fue utilizada por esos mismos periódicos para lamentar esa fútil demostración de rivalidad fratricida entre hermanos vascos.
Después de pedir moralidad y contención a la sociedad, ellos mismos ofrecieron la solución: organizar en San Sebastián desafíos de selecciones vascas contra Inglaterra y contra Francia, para así, de paso, estimular el turismo.
El Real Club Náutico de Bilbao, que lo había iniciado todo, emitió suscripciones populares a favor de Ondárroa. El pastor de Hondarribia perdió su cabra. El Banco de Bilbao, imagino, se quedó con una jugosa comisión del pago de las apuestas.
¿Y los protagonistas?
Claro, los protagonistas.
En Ondárroa, Ambrosio fue acusado de haber amañado la regata. De haberse dejado perder a cambio de dinero. Adelantándose un siglo y medio a los vascos del siglo XXI,
Ambrosio decidió poner tierra de por medio y mudarse a Castro Urdiales con su familia, donde rehizo su vida como un testigo protegido huyendo de la mafia. Con el tiempo también recuperó su prestigio, patroneando la trainera de la villa, con la que volvió a ganar numerosos desafíos. Nunca más regresó a Ondárroa.
La plácida vejez le sorprendió entregado a su pasatiempo favorito: la contrucción de maquetas de barcos pesqueros. Sus descendientes aún viven en Castro, donde se le venera como un héroe.
Carril, el victorioso patrón donostiarra, volvió a su vida como pescador. El 19 de octubre de 1892, dos años después de ser aclamado como héroe,
naufragó a nueve millas de la costa, mientras faenaba. El mar estaba tranquilo, pero Carril cometió un error en el peor momento: soltar el remo justo cuando "una ráfaga violentísima e inesperada cogió la embarcación de través y la volcó con los trece hombres. Después de horas de lucha, uno a uno, los hombres fueron soltando las manos de la quilla de trainera y hundiéndose en el mar" (
Estropadak, Rafael Aguirre Franco).
Sobrevivieron cuatro remeros. Una vez recuperados, peregrinaron descalzos hasta el Santo Cristo de Lezo.
Moraleja dudosa: si a Carril le hubiesen dado a elegir entre perder el control de la trainera mientras faenaba a diez millas de la costa o en mitad del desafío contra Ondárroa, estamos convencidos de que hubiera elegido morir en la mar.
En la misma disyuntiva,
Ambrosio hubiese preferido perder infinitamente.