Re: Vicisitudes de una travesía movidita II
Como no podía ser de otra manera, me toca otra vez delante, en el asiento de la muerte. “Tú te lo has buscado”, me dirían algunos. Ramón, enciende, mete primera, y pasa casi rozando al coche que tiene aparcado delante –que da la casualidad que es el mío-. Miro de reojo al asiento de atrás, y una mueca parecida a una sonrisa se me instala en la cara cuando veo la de Mareado y, sobretodo, la de Dormilón -A ver si ahora tienes coj*nes a dormirte-. Y es que, un poco de dulce venganza, ayuda a pasar los malos tragos.
Normalmente, aunque uno lleve el coche lleno de mierda, suele llevar los cristales limpios, y en especial el de delante. Pues no era este el caso. Una capa de mugre, extendida como a rayas de distinto grosor por el cristal, hacía que la visión de la carretera no fuera más que una intuición. A Ramón eso parece darle igual. Menos mal, que en seguida paramos en una gasolinera, le damos pasta para que reposte, y yo me bajo como un rayo a buscar el famoso cubo que debe haber en toda gasolinera que se precie para limpiar los cristales, cosa que los demás pasajeros, e incluso, creo que Ramón, agradecieron.
Arrancamos de nuevo, esta vez viendo la carretera. La situación es la siguiente: Ciento y pico kilómetros por delante, Ramón conduce a su aire, velocidad de crucero 140, que es algo elevada pero razonable en según qué circunstancias, pero que en un coche con esa antigüedad y en el presunto estado del chofer, impone. Mano derecha sobre el muslo, la izquierda sujeta, de aquella manera, la parte baja del volante. De vez en cuando, o mejor, bastante a menudo, suelta la mano izquierda del volante, y se la pasa por la cara de arriba abajo, despacio – e interminablemente nos parece a nosotros cuando vemos el coche “solo”- como cuando uno está cansado, adormilado y quiere despertarse. Y es que sus reacciones, son lentas, no sé si por cansancio, o por las pastillas, pero en cualquier caso, no son las mejores para ir conduciendo.
Mi instinto de supervivencia, me hace superar mi parquedad verbal, y me dedico a darle conversación, no sea que se me duerma por el camino. Hablamos sobre todo de futbol, que sé que es su gran pasión, y que a mi, la verdad me gusta lo justo, pero Ay, amigo!!, cuando de poner a salvo el pellejo se trata, uno hace lo que sea. Me cuenta con pelos y señales, la temporada pasada del “Efesé” (el equipo del Cartagena), y las perspectivas para esta. Y así vamos, él hablando y yo preguntando, con tal de mantenerlo ocupado y despierto. Mareado, que como los demás anda algo inquieto ante la perspectiva, me ayuda, cuando a mí se me acaban las preguntas.
En estas estamos, cuando miro hacia atrás, y ¿Qué hace Dormilón?. Pues sí, exactamente eso. Dormir. Lo de este hombre no tiene remedio. Después, me confesó, que al principio iba acojonado porque pensaba que Ramón, dadas sus reacciones lentas y cansadas, podía tener Narcolepsia … pero que como al rato vio que no se dormía, pues le tomo él el relevo.
Así, sin más incidencias, llegamos a Campello, nos despedimos de Ramón, dimos gracias a Dios, por haber llegado sanos y salvos, y a partir de aquí ya todo fue normal. Embarcamos, salimos con un levante que rondaría F3, y rumbo directo al Tomás Maestre. Dada la distancia, y si todo iba como debía, la hora prevista de llegar al Tomás Maestre sería sobre las 2:00 de la madrugada del martes. Así que nos tocaría fondear en el canal de entrada al puente levadizo, y esperar hasta las 9 de la mañana, hora que en que lo abren por primera vez.
La travesía fue de lo más tranquila. Esta vez si echamos los curricanes, pero como casi siempre, lo único que sacamos fueron un par de algas y algún plástico a la deriva. Pasamos el Cabo de las Huertas (Alicante), luego entre el Cabo de Santa Pola y la Isla de Tabarca, Torrevieja ya de noche casi cerrada, y sobre las 11:00, y antes de darle opción a Dormilón, decidí que era el momento de resarcirme. Bajé, y les dije a mis colegas, que me despertaran cuando llegáramos.
No me fué posible, llevar el desquite hasta el final, ya que sobre la 1:30, me desperté (no sé si a lo largo del anterior relato, ya advertí que soy bastante “duro” para dormir). Subí a cubierta y la noche era tranquila, aunque había subido un poco el Levante. Estábamos pasando junto a las jaulas de pescado frente a San Pedro del Pinatar. Rumbo a la Isla Grosa, que rompe con su silueta la luminosidad del horizonte de La Manga, con su lucecita justo en el pico más alto, por la amura de babor cuento una Luz (Luz, 1 colón, 2 colón, Luz, 1 colón, 2 colón, 3 colón, 4 colón, 5 colón, 6 colón, Luz), es el Faro de Cabo de Palos, y un poco más a babor aún y el de las Islas Hormigas. Las luces del faro del Tomas Maestre también perfectamente visibles por la otra amura. Me pareció que han aumentado la superficie de la zona de las jaulas –no sé si alguno de vosotros podrá confirmar este extremo-, o igual es que de noche, me pareció mucha más extensa.
Por fin enfilamos las luces de entrada al canal del puerto, y fondeamos en un recodo en el que hay una pequeña playa, junto al Poblado Pescador. Fondeo sin problemas, y todo el mundo a descansar. A la mañana siguiente, nos despertamos sobre las 8. Como había tiempo de sobra, arranchamos el barco y lo dejamos presentable. Dormilón nos volvió a deleitar con uno de sus cafés con leche, esta vez hasta con tostadas –al final hay que reconocer en su descargo, que una cosa compensa la otra-..
A las 9 AM en punto apertura del puente, solicitamos atraque al Tomás Maestre, y por fin, llegamos a nuestro destino final.
FIN (esta vez del todo)
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