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Antiguo 25-09-2010, 15:51
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Arpoilari
 
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Predeterminado Re: Tertulia de pesca y una copa ¿cual?

Lo prometido es deuda.

Tierra y Hermandad de Guipúzcoa. Hora Nona -tres de la tarde- de la víspera de la Fiesta de los Reyes del año del Señor de 1397. Calzada entre las villas de Azpeitia y Guetaria.

Fortún de Aguirre sintió que su cuerpo se estremecía sobre el caballo que piafaba y espumeaba ya casi al borde del agotamiento. A punto de caer reventado. Pensó con un lamento que si alcanzaba el siguiente recodo de aquel camino de tierra batida tal vez se podría salvar, dejando atrás a sus perseguidores.
A pesar de las advertencias, de los temores de su mujer y de sus hijas, se había atrevido a salir de los muros de Guetaria, desafiando la venganza del señor de la torre de Zarauz. Había sido tajante. Tanto consigo mismo como con quienes le avisaron de lo que podría pasar en el camino mientras iba y volvía a Azpeitia.
Para empezar les había ponderado la fortaleza de su escolta. Nada menos que cinco hombres de armas, de toda confianza, contratados en San Sebastián, a los que se sumaban otros seis vecinos de Guetaria -contándose a sí mismo-, armados y dispuestos a todo.
Para continuar, les había tranquilizado señalando que el señor de la torre de Zarauz ladraba mucho, pero seguramente no se atrevería a morder. Al fin y al cabo era vecino de Guetaria, y era él el que vivía en la boca del lobo y no a la inversa. No le convenía enemistarse con todos aquellos con los que se veía obligado, a su pesar o no, a tratar en la calle, en el puerto, en la iglesia o en el concejo. Si algo le ocurría en el camino, no tendría nada que ver con la llegada de aquellos rufianes que, de eso no había duda, se habían instalado, en su mayor parte en la torre de la Calle Mayor, después de que él y Fernando de Rivas los desafiasen. Y para eso, insistió, estaban bien preparados. Incluso bromeó con su mujer diciéndole que, si todo eso fallaba, aún le quedaba su caballo. Aquel magnífico alazán que ahora, al final de sus fuerzas, trataba de llevarlo ante las puertas de Guetaria, donde podría pedir ayuda a los demás vecinos, amparándose en el nombre del rey y de la ley.
En ese momento no había siquiera imaginado que sería, en efecto, el caballo el último recurso que le iba a quedar para salvar la vida mientras el mercenario, llegado en los días de Adviento del año pasado, lo seguía a uña de su propio caballo con la más que evidente intención de cortarle el paso a la villa y con ello al favor que allí le prestarían sus vecinos.
Fortún de Aguirre apretó los dientes con rabia mientras arreaba un nuevo espolonazo al alazán. Todo había salido rematadamente mal. Incluso peor que rematadamente mal. Cuanto podía haber fallado, había fallado. El viaje de ida a Azpeitia para girar aquellas letras de cambio en la posada donde paraba aquel mercader flamenco, Gerrit Van Matysen, había ido muy bien. Tanto que, quizás, le había hecho bajar la guardia en el de vuelta. A él y a los demás. Se sentían leones al dejar atrás las puertas de Azpeitia para regresar, antes de que cayera la noche, a Guetaria, a su relativa seguridad y calor.
En medio de esa euforia mal contenida, a la que había dado alas el vino que habían tomado en la posada tras endosar las letras, los habían sorprendido en el camino, sin previo aviso, los sicarios contratados por el señor de la torre y palacio de Zarauz. A la cabeza, cómo no, estaba aquel capitán siempre vestido de negro, que pareció reservarse para el final, mientras la matanza seguía su curso entre gritos de “¡traición!”, estampidos de tiros de ballesta y gritos de los que caían de sus monturas alcanzados por los virotes o por las cuchilladas que los sicarios más avezados les habían infligido saltando sobre ellos. Fortún lo había visto en compañía de aquella mujer que le seguía a todas partes y en esos momentos sonreía malévola junto a él, a la sombra húmeda y oscura de un roble que se levantaba sobre la calzada en un pequeño remonte. Sin embargo las cosas tampoco habían salido tal y como el mercenario las había planeado.
Fortún no quedó acorralado. Con un mandoble de su espada tiró por tierra a uno de los hombres de armas de la escolta que, al final, habían resultado estar confabulados con sus atacantes. Eso le había abierto paso al camino más allá de la calzada por el que había podido huir tras comprobar que ni uno sólo de sus compañeros estaba ya en el mundo de los vivos. Así, estaba seguro, se habían defraudado las esperanzas del capitán de los acotados de desafiarle o, con más probabilidad, de darle muerte una vez que sus hombres lo hubieran reducido. Lo delataba la cara torva con la que había picado espuelas haciéndose seguir por otros tres o cuatro de los mercenarios que les habían atacado, apenas entrevista por Fortún de Aguirre mientras golpeaba con su propio caballo a uno de los mesnaderos del señor de la torre de Zarauz que trataba de cerrarle el paso blandiendo una media alabarda. Un muchacho joven, antiguo vecino de Azpeitia o de un caserío próximo a ella según le habían dicho a Fortún, que, como muchos otros, había engrosado las filas de aquella chusma tentado, quién sabe, por la paga, por venganza o por cualquier otra razón.
Así había empezado todo aquello que ahora -Fortún de Aguirre no podía, ni quería, engañarse- estaba a punto de acabar. Su alazán comenzó a perder el poco resuello que le quedaba, trotando a un paso cada vez más lento, incapaz de hacer un nuevo esfuerzo.
Quizás para darse ánimos en su tránsito al Mundo de los Muertos, Fortún habló en voz alta mientras tenía las riendas del caballo.
-Aquí se acaba el camino, viejo amigo.
Después, mientras desmontaba y afirmaba los pies en medio del paso dejando que el caballo se desplomase en la cuneta, rezó silenciosamente esperando que sirviera de algo.

Sólo consiguió parar dos o tres ataques del capitán de mercenarios que se lanzó sobre él sin apenas sofrenar su caballo. Después su cabeza cayó seccionada. Todo se volvió oscuridad cuando el jefe de acotados desmontó con una sonrisa diabólica y se acercó hasta él, levantándolo por los cabellos del suelo helado.
Fortún de Aguirre, a pesar de que sus párpados no fueron cerrados, no pudo ya contemplar el resto del viaje que le llevó, al fin, ante las murallas de Guetaria. No sintió así cómo sus despojos volaban sobre el muro de la villa, para caer con un ruido siniestro en medio de la Calle Mayor y rodar hasta casi la mitad de ella. No pudo oír el desafío del hombre que lo había matado: “soy el capitán Martín de Dax y os emplazo a que hagáis justicia conmigo y con los míos por esta muerte”.
Tampoco pudo oír los gritos de espanto y desesperación de su mujer y de sus hijas, ni ver la sonrisa malévola con la que el señor de la torre de Zarauz celebró el éxito de su encargo.
Ni siquiera le llegó un eco de las palabras de sus amigos y vecinos, reunidos, algunos ya con sus armas en la mano, en torno a su cabeza decapitada que nadie parecía atreverse a levantar del suelo. O de las de Joan Ibáñez de Picamendi, su tocayo Yánez de Asquiçu y la de Pero Pérez de Yerategui que se alzaron sobre el tumulto y fueron coreadas enseguida por muchos otros, diciendo que había que avisar al rey de aquellos desmanes, que la tierra no podía ser yermada por facinerosos que quedaban sin castigo.
Tampoco vio cómo las miradas de éstos y los demás vecinos se cruzaron con la del señor de la torre de Zarauz, desafiándolo reunidos en torno a su triste despojo.

jarraituko du................
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Sachi (25-09-2010), SAM (27-09-2010)