Re: Tertulia de pesca y una copa ¿cual?
la historia continua, la penultima entrega.................
Tierra y Hermandad de Guipúzcoa. Coro de la Iglesia de San Salvador de Guetaria, 6 de julio del año del Señor de 1397.
El señor de la torre de Zarauz tuvo que ver como ante sus ojos, ante las puertas de su casa, desfilaban los procuradores enviados por aquella basura, por aquella escoria de toda la Tierra de Guipúzcoa. Paseó airado por las salas de su casa, sin encontrar casi a nadie en el camino de sus zancadas llenas de ira. Los criados, al menos los que pudieron, habían preferido ocultarse de su vista y de su mano impaciente. Echó de menos a Martín de Dax y a sus propios hombres. Todos ellos por los caminos, a la búsqueda de botín, pues él mismo prefería que no estuvieran por allí tal día como aquél.
La rabia subió por su garganta al recordar los motivos que le habían empujado a tal decisión. La bazofia villana que ahora departía ante la iglesia de San Salvador, esperando a reunirse en su interior, había jugado fuerte, como si estuviesen apostando en ese nuevo juego de los naipes, o cartas, que tan popular se estaba haciendo en los últimos tiempos.
Cuando habían visto de lo que eran capaces sus esbirros, gente como Martín de Dax y los atreguados y mesnaderos del linaje, no habían corrido a las armas para defenderse, ni para atacarles en combates de futuro incierto. No. Muy por el contrario habían actuado con verdadera astucia. Una delegación de todos aquellos agraviados, se había puesto de acuerdo y, de algún modo, había emplazado a Gonzalo Moro, el corregidor del rey en la Tierra y Hermandad de Guipúzcoa -que así era como esa basura villana llamaba a las tierras que por derecho le pertenecían a él y a sus primos y parientes- para que apelase a su soberano señor y se dictasen leyes -la palabra quemó en la imaginación del señor de la torre de Zarauz- que acabasen con el poder y el más valer de su linaje y el de todo el bando de los Gamboa.
Y no sólo eso. Habían tenido que elegir la iglesia de Guetaria para celebrar esa reunión. Y además los habían metido, a él y a sus parientes, en el mismo saco que a los Oñaces, sus enemigos acérrimos, considerándolos a todos como gente fuera de la ley, sujetos a represalias.
Ahora se iban a reunir con el corregidor, allí dentro del templo, para discutir cuáles serían los términos de unas nuevas Ordenanzas. Desde detrás del cortinaje de la sala principal los contempló. Miró casi con envidia sus vestimentas, sus jubones de terciopelo, sus monteras adornadas con cadenas de eslabones de metal, precioso en muchas de ellas, o con piezas esmaltadas de valor considerable. Eso los que no llevaban sombreros de terciopelo de ala redonda. Sus calzas también parecían magnificas. Lo mismo que sus zapatos. Muchos de gamo fino, acorde con el día de comienzos de julio.
Su rabia aumentó al ver que, como ya venía siendo costumbre, no faltaban entre ellos dagas y espadas, reclamando, a gritos, su condición de hidalgos, de nobles que a sus ojos adquirían características monstruosas al codearse con gente plebeya y al no militar en las filas de ninguno de los grandes linajes. El señor de la torre de Zarauz concluyó ardiendo de rabia, como siempre que veía tal cosa, que prefería a un Oñaz como amigo que a cualquiera de esos tenderos con espada por enemigo.
Por un momento calculó la conveniencia de hacer valer su condición de vasallo del rey para hacerse admitir a la reunión y así poder oír lo que decían. Incluso terciar en el parlamento. Al menos eso. Después consideró la posibilidad de que Gonzalo Moro, que aparecía en esos momentos bajando con su cortejo por la calle principal -también vestía magníficamente, con una larga túnica de seda roja, calzado con calzas verdes y botas de cuero a juego con su sombrero-, no le hiciera el menor de los casos, o, sumando ultraje a ultraje, decidiera prenderlo por la muerte de aquel abacero miserable, Fortún de Aguirre, o por los que ellos consideraban salteamiento de caminos y desafíos ilegales a ferrerías del linaje enemigo o, peor aún, propiedad de toda aquella escoria que ahora se arremolinaba junto al corregidor, inclinándose ante él, con ojos llenos de confianza en su persona y en la del rey al que representaba.
La solución se le ocurrió casi al mismo tiempo que batió palmas para llamar a uno de los sirvientes más próximos. Sin detenerse a pensar por qué sólo había acudido uno -aunque ya había notado que aquel día los pasillos y las salas estaban extrañamente vacíos, con los criados pasando por ellos con la mirada más abajo de lo que era costumbre, actuando como sombras furtivas- se dirigió a él con la displicencia de costumbre.
-Tú. ¿Conoces bien la iglesia?. Bueno está. Busca la manera, alguna habrá, de colarte en esa reunión, doquiera que la vayan a celebrar. Sin ser visto, porque vé a saber qué te harían en represalia. Escucha todo cuanto digan y luego vuelves y me lo cuentas. ¿Ves este carlín de oro?. Será para ti, junto a otro más, si me sirves bien en esto.
El mozo, tosco, de cara rubicunda, asintió, mientras el señor se le quedaba mirando de hito en hito, como calculando lo que daba de sí su cabeza, al tiempo que trataba de recordar si era el mismo que tan acertadamente le había sugerido celebrar a los mercenarios del capitán Dax con chacolín, en lugar de con el vinazo reservado a acotados y demás bandidos a sueldo.
Antes de que pudiera darse cuenta de que así era, el criado salió y buscó su camino por la sacristía, valiéndose del tumulto que formaban el séquito del corregidor y los procuradores de la Hermandad reunidos junto al templo, tratando de ponerse de acuerdo sobre en qué orden debían entrar.
Buscando las sombras bajo las bóvedas de la iglesia, trató de encontrar un lugar discreto desde el que poder oír todo lo que se fuera a tratar en la reunión. Sintió miedo. No quería tener que vérselas con la guardia del corregidor, ni con los villanos allí reunidos, que podían alzar la mano contra él. Pero no pudo hacer nada. Sabía muy bien que estaba atrapado entre dos peligros. Como le ocurría a aquel famoso navegante del que le habían leído alguna vez. El que en el tiempo de los Griegos tuvo que hacer pasar su nao entre dos montes igual de peligrosos. Ambos, bajíos que podían hundir su barco con sólo rozarlo.
El coro le pareció el lugar más apropiado. Y acertó. Eso le hizo sentirse satisfecho al ver que los procuradores y el corregidor se reunían justo allí para celebrar su discusión. Lo oiría todo sin problema, y lo vería también todo desde un rincón cubierto de sombras.
Cuando la sesión se abrió, el criado tuvo aún más satisfacciones. Como una laya abriendo camino en la tierra antes de sembrarla, las palabras de los procuradores, en lengua vulgar castellana, no en latín, como había temido en principio, entraron en su cabeza como algo más que meros sonidos que debería repetir a su temible amo con tanta precisión como pudiera.
Aquellos hombres hablaban de cosas que él comprendió, y le parecieron bien. De hecho, al final, cada propuesta que lanzaba un procurador u otro de los que representaban a las distintas villas reunidas allí, le parecía mejor que la anterior.
Ellos decían que el poder de señores como el de Zarauz, su amo, debía acabar, que nadie debía valer más en la Tierra de Guipúzcoa, que no se debían tolerar robos, ni mesnadas, ni menos aún aquellos mercenarios como el tal Martín de Dax, que, a cuenta de alardear de hidalgo, volvía al palacio contando aquellas sobrecogedoras historias sobre gente destripada o con su cabeza cortada, sólo para escarmentar villanos y otros malsines, como solía repetir hasta que caía vencido del vino.
Por encima de todo pedían aquellos hombres, levantándose ordenadamente por turnos de los asientos que ocupaban en el coro de la iglesia, unos frente a otros y con el corregidor presidiéndolos en la mitad, que hubiera ley, que no se quemasen propiedades, que no se robase, que no se asesinase diciendo que aquello era cuestión de honor. Pedían, eso lo vio claro el sirviente del señor de la torre de Zarauz, que hubiera un futuro para todos, uno en el que los hombres pudieran hacer algo bueno y provechoso de su tiempo en el Mundo, más allá de valer a fuerza de armas y abusos.
Estuvo a punto de irse antes de que la sesión terminase. Sin embargo no quiso hacerlo por una especie de superstición reverente. Le parecía mal empezar su nueva vida sin ver en qué acababan aquellas discusiones, si finalmente todos se ponían de acuerdo para hacer que aquello fueran algo más que palabras elocuentes, reverberando contra las bóvedas de la iglesia.
Nunca supo cuánto tiempo transcurrió hasta que se cerró el Parlamento. Sólo que a él le pareció corto y que el acuerdo que los escribanos y el corregidor confirmaron con sus rúbricas, le complació mucho, aún en medio de las sombras en las que se agazapaba.
En el momento en el que decidió al fin escabullirse, antes de que la larga sesión terminase del todo, parecía claro, por las caras aliviadas y distendidas de los procuradores, que se había llegado a un acuerdo y que toda la Tierra de Guipúzcoa tenía al fin unas Ordenanzas que pondrían coto a la altivez de los señores. Algo que él, un criado que casi había olvidado su propio nombre, a fuerza de ser llamado “tú”, jamás creyó vivir para ver.
Desde esa misma hora, antes de que los correos llevasen la noticia a todas y cada una de las villas, antes de que llegasen ante las torres de los Parientes Mayores y sus atreguados y mercenarios y bandidos, él, Juanes de Berastegui, decidió actuar como debía actuar un hombre libre. Sólo para empezar, marchándose de la torre de Zarauz sin dar explicaciones a nadie. Y menos aún rendir cuentas a un señor al que, imitando a los procuradores de la Hermandad a los que había mirado y escuchado desde las sombras del coro de la iglesia de San Salvador, había decidido no volver a servir jamás. Sin temer las consecuencias que eso pudiera acarrearle, que, desde ese día y hora, le parecían un precio pequeño a cambio de poder vivir con la cabeza alta, sin doblar la espalda ante nadie. Y menos ante hombres indignos, como el que habitaba aquella casa frente a la iglesia.
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