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Antiguo 28-09-2010, 21:24
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Arpoilari
 
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Predeterminado Re: Tertulia de pesca y una copa ¿cual?

aqui teneis la ultima entrega:

Tierra y Hermandad de Guipúzcoa. Ante la nueva iglesia de San Salvador de Guetaria. Año del Señor de 1456.

- Don Menjón…
El todopoderoso secretario de las Juntas de la Hermandad de Guipúzcoa hizo una inclinación de cabeza al vecino de Guetaria que le había saludado y que, eso era evidente, tenía intención de abordarle. Sin arredrarse ante sus gestos evasivos, como el de ceñirse bien la espada con el cinturón y talabarte de terciopelo negro a juego con su jubón largo, del mismo material pero de color rojo, y el sombrero de copa ancha tan azul oscuro como sus calzas y botas. Resignado a detenerse unos instantes antes de entrar al templo, se dirigió al hombre que le había saludado devolviéndole la cortés inclinación de cabeza al tiempo que, con un gesto de la mano, dispersaba a sus sirvientes para que, lo que él esperaba fuera un breve intercambio de palabras, transcurriese con mayor discreción. Si bien, sospechó el secretario de Juntas, la discreción le importaba un bledo al hombre que ahora le sonreía bajo su turbante de terciopelo amarillo.
-Licenciado Rivas, ¿qué se os ofrece?.
El gesto expansivo de su interlocutor no engañó, en absoluto, a Don Menjón González de Andia. Tampoco sus palabras, sólo en apariencia banales.
-¿Qué os parece la iglesia?.
Don Menjón, el viejo y correoso zorro, vencedor en cientos de combates con las armas en la mano o con pluma y pergamino, se sintió desconcertado por aquella pregunta sólo en apariencia trivial. En una fracción de segundo, antes de que pudiera encontrar la palabra justa, el licenciado Rivas, tal y como Don Menjón esperaba, o peor, casi temía, respondió a su propia pregunta, evidentemente retórica.
-Ha quedado muy hermosa. Como el resto de la villa…
El aludido apenas pudo terminar de asentir con tanta convicción que su sombrero estuvo a punto de caer sobre su frente. Tampoco llegó esa vez a formular respuesta alguna más allá de ese gesto que, incongruentemente, le dejó mirando, casi embobado, la punta afilada de sus botas de montar, apoyadas entre dos adoquines, bajo el nuevo pórtico de la iglesia. Estaba claro que el licenciado Rivas sólo estaba dispuesto a formular preguntas retóricas aquella mañana. Don Menjón sintió deseos de que acabase pronto, para saber, al menos, a qué punto quería llegar. Aunque ya sospechaba de qué se trataba.
-Temo que hagan con ella lo que hicieron en Azcoitia en el año 46 o lo que hicieron dos años después con Mondragón
La mirada del licenciado Rivas derivó, con una tristeza algo teatral, del rostro -cada vez más cariacontecido- del implacable secretario de la Hermandad de Guipúzcoa a la entrada de la iglesia donde otros junteros y hombres de la villa se estaban reuniendo.
-No me gustaría verla arder. Y menos teniendo en cuenta que fue edificada con el situado de 3.000 maravedíes al año que nos concedió el buen rey don Enrique III…
La pausa en la disertación del licenciado Rivas fue terrible para Don Menjón, que sintió una especie de sudor frío recorriendo su espalda al descubrir el punto al que, tal y como ya había adivinado, quería llegar su interlocutor. Paciente, esperó a que éste acabase con lo que quería decir.
-Esta vez se acabará con ellos, ¿verdad, don Menjón?. ¿Esta vez no se les permitirá escapar impunes después de actos como los de Azcoitia y Mondragón, no habrá mas atreguamiento de algunas villas con ellos, con Oñaces y Gamboas?. Acabaremos con ellos. Nadie valdrá en esta tierra más que nadie y podremos prosperar con tranquilidad, ¿no es así?…
Don Menjón, sintiendo que cien pares de ojos se clavaban en él, inspiró antes de responder el aire salobre que llegaba, subiendo del puerto, calle arriba.
-Sí licenciado Rivas. Os doy mi palabra de que esta vez no habrá perdón para ellos. Si Guetaria o cualquier otra de nuestras villas arde, no será ya porque Oñaces o Gamboas tengan mano poderosa para hacer tal cosa.
Complacido, el licenciado Rivas se inclinó con cortesía ante el secretario de las Juntas de la Hermandad de Guipúzcoa, dejándole paso libre hasta el grupo que lo aguardaba ante el pórtico de la nueva iglesia de Guetaria.
Unos meses después supo, como lo supo toda la Hermandad de Guipúzcoa, que Don Menjón y otros habían sido desafiados por los Oñaces y Gamboas -por una vez juntos en el mismo bando-, burlando, de nuevo, las Ordenanzas puestas en vigor desde el año 1397.
Esta vez la batalla fue ganada antes de ser iniciada. No hubo incendio de la villa de Guetaria. Tampoco consiguieron hacer lo mismo que habían hecho con Mondragón en 1448. Las únicas casas destruidas esta vez fueron las torres banderizas. Don Menjón, acompañado con los hombres de las villas amenazadas y desafiadas por los Parientes Mayores y con otra gente al servicio de la Corona, atronó la Tierra de Guipúzcoa cabalgando de un extremo al otro de ella y, en nombre del rey, detuvo y redujo a mesnadas y bandas de facinerosos, ajusticiando a muchos al borde del camino, destruyendo así el poder de los señores de la guerra.
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3 Cofrades agradecieron a trabañarru este mensaje:
Regue (30-09-2010), Sachi (29-09-2010), SAM (28-09-2010)