Re: Os dedico un relato
La esfera luminosa del Tag Heuer de Laxmi marcaba las 02:45 de la madrugada, hora local. Le quedaban quince minutos para que el mundo que había construido desapareciese de repente en la oscura nada. El desastre ya había comenzado de hecho, y esos últimos minutos se medirían en la esfera de aquel reloj barato que había tenido que asumir en vez del suntuoso y exclusivo cronógrafo que solía llevar y que, allí a donde iba, hubiera resultado peligrosamente llamativo.
Ya se había hecho todas las preguntas sobre cómo había llegado a su situación actual y las respuestas eran tan vagas como diversas. Ya no tenía sentido pensar en eso. Ahora había llegado el momento de pensar estrictamente en la vida y en cómo conservarla.
Pegado al mamparo exterior de la cubierta superior, justo debajo de la segunda L del nombre de su barco –su precioso barco, su viejo sueño, que pronto sería una víctima colateral de su desgracia- esperaba, cumpliendo las instrucciones recibidas, a que la gente del General viniera a “extraerlo”. Curiosa jerga la de los militares. Iban a “extraerlo” fuera de aquel tremendo lío, atravesando varias filas de hombres y mujeres armados, enviados por varios países con la misión de eliminarlo. Ese también era un eufemismo. Eliminarlo quería decir simplemente asesinarlo. Convertirlo en un cuerpo abatido y sangrante. Tal vez con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Alguien le había contado una vez que casi todos los cadáveres de aquellos que no habían muerto con rapidez aparecían sucios de excrementos. Se preguntó, con un escalofrío, si dentro de unos minutos –ya tan sólo diez- se habría convertido en un cadáver con los pantalones cagados.
¡Mundo de hipócritas! Todos los dirigentes de esos países que ahora deseaban verlo muerto se habían beneficiado de su existencia en una proporción de mil a uno. Todos ellos habían sido cómplices, inductores o beneficiarios complacidos de sus pecados. El mundo funcionaba como un engranaje desajustado en el que la gente como él, Zaitsev o Sandoval cumplían el papel del imprescindible aceite lubricante. Sin gente como ellos, sin fondos procedentes de las drogas y de las armas, sin un suministro adecuado de armamento para la infinidad de grupúsculos de guerrilleros y de terroristas que se encargasen de debilitar a unos y de fortalecer a otros, el mundo sería un avispero a merced de cualquier chiflado. El Gran Juego se detendría.
Zaitsev era uno de los personajes de su mundo. Tal vez hubieran podido ser hasta amigos en el futuro. Se imaginó a sí mismo ya anciano, tomando una taza de té con un Zaitsev tan anciano como él. Le gastaría bromas con motivo de su nombre de guerra, Lapin. En francés, lapin significa “conejo”, igual que zaitsev en ruso. Se preguntó quién podría haberlo bautizado con ese nombre. Tal vez ya nunca lo sabría. Y era muy improbable que la imagen de los dos ancianos recordando pasados lances se produjera jamás.
Palpó en el bolsillo el Smith & Wesson del 38 de su hermana. Tan femenino con sus cachas rosadas. Se lo había pedido antes de que ella y Sofía se marchasen. Para evitar problemas en aduanas y aeropuertos. Y Sofía. Ahora no podía pensar en ella. No debía.
Debía estar muy atento por si el Destino le permitía usar el S&W para matar a Zaitsev en medio de la confusión. Zaitsev era el mayor peligro para Vanesa y Sofía. Pensó, con una sonrisa macabra, que tal vez tendría ocasión de cazar a Zaitsev como a un conejo.
Dos minutos. Se apretó un poco más contra el mamparo cuando un rectángulo de luz iluminó la cubierta al abrirse una puerta unos metros más a popa de su posición. Era Mei-Mei que, vestida con su uniforme de stewardess salía a fumar un cigarrillo.
Su mano se convirtió en una garra en torno al revólver cuando la puerta volvió a abrirse y por ella apareció Zaitsev. Mientras sacaba el arma del bolsillo, poniendo especial cuidado de que el cuerno del percutor no se enganchase en la tela, vio como Lapin abrazaba por detrás a Mei-Mei y le acariciaba la entrepierna.
La primera vez que apretó el gatillo tuvo la sensación de que el barco entero se estremecía con un estampido sordo procedente de sus entrañas. Disparó dos veces más. No quería que Zaitsev fuese un cadáver cagado. Mei-Mei se removía intentando tapar el orificio que una bala había abierto en su omoplato cuando el ruso intentó usarla como escudo. Con cara de odio movió los labios para decirle algo, tal vez un insulto, pero las alarmas del Antillana, atronando la noche, no le permitieron oírla. Era la hora.
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