...y nos fuimos mi amigo T.O. y el que escribe esto, él no estaba de mucho humor, yo cansado, al alejarnos miré un cristal de aquel Toyota y nos veíamos reflejados en él, parecíamos mayores de lo que éramos pero los últimos días de este viaje habían sido agotadores.
El último descanso lo hicimos en el Oasis de Farafra, se que a T.O. no le gusta este paisaje tan duro, pero tenía que llevarlo a Bahariyya, este lugar la última vez me salvo la vida.
En pleno Oasis hay un refugio de camelleros y aunque nuestro chofer había preparado camas de campo y leña para nosotros yo lo que quería era adormilarnos allí. Abduel asó un trozo de cabra y un poco de Kamut, ese pan egipcio tan nutritivo, tras la cena las dos hijas de abduel empezaron lo que yo buscaba en tan largo viaje, aquel susurro musical que desprendían sus gargantas, el sonido de las monedas mientras danzaban la raqs sharqi nos dejaban la mente en blanco. Pese a que ninguno de los dos fumamos, estar en casa de un árabe y despreciar su sisha de tabaco egipcio y aromatizado por él mismo con manzana es un desaire imperdonable, sea como sea la noche fue cayendo, T.O. se quedó dormido sobre la mesa, en posición que su cuerpo seguro recordaba de esas noches de guardia en el barco, yo salí a ver el cielo, no hay nada que me recuerde más lo minúsculo que soy que el firmamento.
A la mañana siguiente, mi buen amigo tenía mejor aspecto, ya estaba listo para la travesía, el desierto es agreste y parece largo, pero cuando vas encontrando sitios como la casa de Abduel uno se debe dejar llevar, descansar y olvidar el tiempo, la ruta será larga pero siempre que vuelvo, mi amigo Abduel tiene una sisha para mi.
PD. Puede parecer que no tiene nada que ver con el mar, puede

pero puede que si
