Re: Rincón literario
Para leer estos días, el que quiera, clarostá,
En mi pueblo no existía la muerte, porque en mi vocabulario no se había hecho un hueco todavía, hasta que se murió el tío José. Todo era un correr de un lado para otro, las vecinas nerviosas avisaban a otras vecinas. Era costumbre que las más jóvenes asistieran para ver lo que se hacía en esos casos, y yo cuando vi a mi madre correr hacía la casa, aunque a distancia de ella, también me fui detrás y me escondí tras la puerta de la alcoba donde murió el tío José. Nadie reparó en mí. Desde la altura de los ojos de mis seis años veía como entre dos vecinas, las más veteranas, haciendo acopio de fuerzas le daban la vuelta a aquel cuerpo desnudo, pesado, inerte y de prominentes nalgas sembradas de llagas. Rápidamente le pusieron una camisa y una chaqueta y le cruzaron las manos sobre el pecho. A continuación le ataron la mandíbula con una cinta negra y justo en ese momento me descubrió una de las dos mujeres. Su mirada me produjo tal impresión que un escalofrío de miedo recorrió mi cuerpo y antes de que lanzara su grito de sorpresa y de amonestación como un resorte salí de detrás de la puerta y corrí.
Corrí mientras me quedaron fuerzas, cada vez que recordaba los ojos de la mujer corría con más ganas hasta que perdí el conocimiento y rodé por aquel camino de polvo molido por los ganados y las ruedas de los carros. No sé el tiempo que estuve en ese trance pero me recobré, me sacudí el polvo como pude y volví tras mis pasos. Se me había pasado el terrible miedo pero el recuerdo de lo que había visto iba cristalizando a base de imágenes inconexas, y sin explicación, que se agolpaban en mi cabeza. Pero la interrogante que más me inquietaba era por qué aquellas dos vecinas, que yo veía todos los días, las madres de Pedro y de Ginés, mayores que la mía pero como todas las demás, habían actuado de aquella forma ¿Por qué eran ellas las maestras de ceremonias de aquel acto tan raro? ¿Lo hacían ellas solas en el pueblo? ¿Había otros actos como aquél? Ese día la palabra muerte y su incipiente pero desbordante campo asociativo inauguraron su hueco en mi cabeza y quedaron hospedados en ella.
Llegué a casa y le dije a mi abuela que ya había comido, que la madre de Fabián nos había hecho comida para los dos y que me iba a acostar a dormir la siesta. En realidad no quería coincidir con mi madre en la mesa por que me sentía muy avergonzado por haber estado donde no debía y por haber visto lo que vi en la casa del tío José.
Recuerdo que aquella tarde entre la siesta, jugar a indios y pistoleros y una temprana cena que le dije a mi abuela que me preparase, por que llevaba el estómago tan vacío como el anillo de la luna nueva de aquella noche, el capítulo de aquel día parecía a punto de concluir pero no, aún me faltaba recibir de mi abuelo uno de los recuerdos más bonitos y entrañables que guardo de él.
Terminé de cenar y salí corriendo para juntarme otra vez con mis amigos y coger sitio para ver la televisión que sacaba a la puerta de su casa la única vecina que tenía televisor en el pueblo. Ya iba lanzado cuando cruce la puerta y entonces oí la voz de mi abuelo que me llamaba. Miré y lo vi sentado en el poyo adosado a la fachada y bajo la frondosa parra cuyos racimos tenía embolsados para ocultarlos a moscas y avispas. Cuando me dijo que esa noche no iba a haber televisión por que había luto en el pueblo por el tío José sentí que una puerta a mis interrogantes de la mañana se había abierto de golpe. Con los ojos abiertos como platos me dirigí hacía mi abuelo y me senté en el poyo, a su lado. Si mi abuelo conocía mis andanzas de aquel día tuvo que ser por que mi madre lo había puesto al corriente durante la comida y quiso aprovechar aquel instante para tratar de ordenar el caos de imágenes y sensaciones que sabía que yo acumulaba y que no me iban a dejar dormir. Estuvimos un rato sin hablar ninguno de los dos y cuando abrí la boca, para decirle lo que había visto sin querer aquella mañana, me interrumpió, y ya no tuve necesidad de decirle nada más.
Mi abuelo me contó que lo que había visto aquel día pasaba de vez en cuando en el pueblo. Que igual que venimos nos marchamos pero que no había por que asustarse, que las mujeres no gritaban de miedo sino para llamar a otras para que echaran una mano y que con las prisas algunas se asustaban y lloraban y que a los niños no nos llevaban nunca por que no hacía falta que ayudáramos en nada. También me dijo que algunas personas tardan más que otras en dejar de llorar por acordarse mucho de la persona que se ha ido pero que cuando él se fuera no quería que yo llorase mucho porque aunque no lo viera él estaría siempre siempre conmigo. Cuando me dijo aquello mis ojos se volvieron a abrir como platos y le miraban de hito en hito, el también me miró, me pasó la mano por el cuello y acurrucándome junto a su costado se dispuso a explicarme el misterio que a él también le había contado su abuelo. La voz de mi abuelo, con su tono, con su dulzura, me produjo tal embeleso que fui acomodando mi pequeña anatomía a la del poyo y antes de que terminara de hablar ya tenía mi cabeza en su regazo y quedé dormido.
Me contó que la gente llora porque piensa que el muerto ha desaparecido para siempre y que aquél, a quien tanto hemos querido, nos ha dejado definitivamente pero que si supieran que no era ni mucho menos así quizás sufrirían menos. Entonces fue cuando me explicó el pensamiento secreto que su abuelo y a éste su abuelo y a aquél el suyo y así hasta el primer abuelo que existió habían ido transmitiéndose de unos a otros hasta llegar esa noche a mí. Me dijo que nadie sabe exactamente donde pueden ir los que nos abandonan pero que si desapareciesen totalmente también se llevarían sus recuerdos con ellos. Si así fuese, al no verlos, entonces nunca, nunca más nos acordaríamos de ellos. Nunca más podríamos recordarlos y fue entonces cuando me desveló, para mí, su gran secreto. Me dijo que cuando a uno le viene a la cabeza el recuerdo de un ser querido, que ya no está con nosotros, es porque en ese instante se está produciendo un asombroso milagro. No éramos nosotros los que pensando en el ser querido lo traíamos al presente para recordarlo sino que era el ser querido, estuviese donde estuviese, quién hacía que su recuerdo surgiera en nosotros por estar él, en ese preciso momento, acordándose de nosotros. De esta singular manera, dicho recuerdo que aparecía en nosotros era la prueba evidente de que el ser querido, estuviese donde estuviese, seguía estando con nosotros y así debíamos entenderlo.
Había momentos en que mi abuelo no hablaba, lo hacía adrede para darme tiempo a ponerle imágenes a sus palabras y entre estas imágenes estaba la del primer abuelo de todos. De esta forma mi abuelo lograba que mi pensamiento, remontándose hacía el pasado, consiguiera traer al presente al primer abuelo que existió. Yo aún no me daba cuenta que al llegar hasta el primer abuelo me estaba remontando desde el presente hasta el origen de la vida, con lo cual todo lo que existe y ha existido se mantenía unido por este ancestral secreto. También me dijo que éste era un secreto que sólo transmitían los abuelos a los nietos y que cuando se ve a algunas personas llorar mucho cuando se marcha un ser querido es porque seguramente no han tenido abuelos o por que a lo mejor los nietos no querían a sus abuelos y entonces el secreto en esa familia dejaba de transmitirse. Me dijo que ahora ya estaba tranquilo porque me había transmitido el secreto tal y como a él se lo contó su abuelo, también en una noche de luna nueva, y me pidió que cuando él se marchase, cada vez que su recuerdo apareciese en mí, lo imaginara a mi lado y contándome las cosas que a mí me gustaba oírle contar. Y así sigo haciéndolo hasta ahora desde que, unos años después de aquella noche, él también se marchara.
Y en estos días en que todos echamos en falta a algún ser querido, ya sea de la familia o algún que otro amigo, me he acordado de esta charla con mi abuelo y sí, no deben haberse ido para siempre… ¿sabéis por qué? porque aún siguen recordándonos.
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera ...
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