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Antiguo 14-11-2010, 11:34
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Prometeo Prometeo esta desconectado
Hermano de la costa
 
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Predeterminado Accidentada entrada a vela

He contado aquí que prefiero el pantalán de un taller aunque la misma empresa me ofrezca por el mismo precio un elegante amarre con cafetería y servicios de postín, pero la libertad que me ofrece y sobre todo, el poder librarme de los señores muy señorados, me compensa largamente.

A lo largo de mi experiencia náutica he entrado muchas veces a vela. La mayoría por entrenamiento pero muchas otras, porque me había quedado sin motor.

Podría relataros aquí muchas en veleros de desplazamiento ligero, amarraba yo solo parándolo justo a tiempo de saltar por la proa con una amarra en la mano. Me deleitaba incluso maniobrando sin viento con solo el balance acompasado y paleando un poco con el timón. Una maniobra perfectamente realizada genera una satisfacción enorme y por eso recomiendo a la gente que lo intente, pues el tiempo le ha de dar muchas ocasiones para tener que hacer uso de su experiencia.

Una de las que más me enorgullezco es cuando entré con espí en Vilamoura directamente al pantalán . Por supuesto, apenas había viento pero conseguimos colocarlo sin el menor contratiempo en el pantalán de espera mientras algunos se echaban las manos a la cabeza. También recuerdo una entrada en Cangas volviendo del Caribe. Los últimos días, no catamos el viento y un corto nos había dejado sin electricidad, sin motor y piloto automático. Con las toneladas del Prometeo, hay que calcular muy bien la inercia, es evidente que no vale con apoyarse en la regala para pararlo, si los cabos y las defensas no hacen su trabajo, lo más probable es subirse al pantalán rezando para que no pille a nadie porque lo dejas como una tortilla.

El otro día salí con mi hijo. Apenas teníamos unas horas y aprovechamos la mañana para hacer unos bordos hasta el Castillo de San Felipe en la entrada de la ría de Ferrol. Volvíamos tranquilamente a un largo, hasta que el viento se quedó, así que decidimos dar motor. Recogimos velas y cuando habían pasado unos quince minutos, empezó a fallar y se apagó. El motor es prácticamente nuevo, pero este verano no consumimos mucho gasoil y las dichosas alguitas (creo que pillé esa peste en Cabo Verde) habían atascado el filtro. Las condiciones no eran malas y solo teníamos que tener un poco de paciencia, pero ganando un poco de viento aparente podíamos avanzar tranquilamente. Volvimos a subir la mayor y sacamos el genova avanzando a unos dos nudos con bordos amplios pero sin ningún problema. Al llegar a dársena de pesqueros donde tengo el amarre, simplemente recogimos genova y con un par de bordos nos situamos en una posición perfecta para abordar la “T” que remata el pantalán. No teníamos mucha dificultad, el ligero viento del nordeste entraba en posición paralela al pantalán, así que solo teníamos que preparar la maniobra como habíamos hecho decenas de veces.

Mi hijo empezó a navegar a los dos meses. Lo subíamos con el capacho y la bañera fue siempre su patio de juegos. Después hizo con nosotros miles de millas por el Caribe y ya de vuelta recibió algún reconocimiento por ser el navegante mas joven en las travesías que hacíamos por la costa gallega. Muchas veces navegamos a dos, cuando solo era un niño de cinco años y no tenía ningún temor si lo dejaba solo con el barco fondeado.
No es un regatista, yo tampoco los soy, aunque me parece muy adecuado para aprender. Sin embargo entiende muy bien la maniobra de un velero, pues ha tenido que ayudarme a colocar el barco en un fondeo, pues no tenía fuerza para hacer la maniobra de pillar una boya o preparar el fondeo, así que le enseñé a maniobrar en el barco y lo hace tan bien como yo. Recuerdo en aquella época cuando tenía que subirse a la joroba y estirarse porque no podría ver por encima de la capota antirrociones. Era muy simpático verlo saltando como un rayo a mis ordenes manejando el mando morse adelante o atrás siguiendo las indicaciones que le hacía por señas desde la proa.

Aquel día, yo permanecí a la rueda. Ceñíamos amurados por estribor y cuando consideré que llevaba la velocidad adecuada, largué escota y metí una pequeña giñada para frenarlo un poco. El esperaba en la manga máxima con el espring de proa en la mano, pero justo antes de saltar, se le ocurrió coger la botabara para tirar de ella y ayudar a frenar el barco. Esto siempre lo hago yo abandonando la caña y así le paso el través de popa al pantalán que tengo aclarado sobre la brazola.

Le grité:

salta, deja la mayor, ya me encargo yo.

Y así lo hizo, pero al poco rato, lo sentí chillar. No lo veía, pensé que se había caído entre el barco y el pantalán y lo estaba aplastando. No sabía que pasaba, el barco estaba cayendo y dudaba si tenía que salir otra ver al centro de la dársena para intentarlo de nuevo. No me respondía solo gritaba y no lo veía, ¿Qué pasaba no amarraba el barco ni me separaba la proa para salir de nuevo? La situación era comprometida porque el baro caía y a sotavento tenía varias motoras.

Cuando me acerque a la borda, le ví el cabo enrollado en su mano mientras tirado en el suelo no paraba de gritar. Sin dudarlo, dejé el barco solo y salté, apenas pude pillar el chicote, desliarlo de la mano de mi hijo y darle dos vueltas a la cornamusa del pantalán. Le separé el brazo y con mucho esfuerzo, conseguí amarrar precariamente. Volví al barco para bajar rápidamente la mayor y meterle dos matafiones y cuando salté nuevamente al pantalán, balbuceante me contó lo que había pasado. Al dejar el brazo atrás para aguantar de la botavara mientas saltaba, se le disloco el hombro y estaba sufriendo unos dolores insoportables.

A aquella hora no había nadie en el taller pues era la hora de comer. La maniobra había salido perfecta tal como teníamos previsto. Si no ocurriera aquel incidente nos bastaríamos sobradamente, pero ahora con mi hijo tirado en el pantalán no veía a nadie a quien pedir ayuda.

Como pude con unas piolas, le amarré el brazo al cuerpo, pero el dolor era tan intenso que por veces le flaqueaban las piernas y se desmayaba. No había otro remedio que cargarlo a la espalda desde la T hasta el coche. Durante muchos cientos de metros que algún día mediré porque en aquella ocasión me parecieron kilómetros.

Recuerdo cuando de niño lo había cargado durante kilómetros una noche desde el Hotel Coloný a la laguna de Siguanea en la Isla de Pinos. Nos habíamos metido en un pequeño autobús de buceadores que los llevaba de vuelta al hotel, pero no pudimos encontrar ninguna forma de transporte que nos devolviera al barco. Era una noche cerrada sin ninguna iluminación, por una zona pantanosa donde abundan los caimanes. A cada paso al ir a ciegas, dábamos una patada a un gran cangrejo de tierra salía disparado arrastrando su pesado caparazón por el suelo, haciendo un ruido que a nosotros nos parecía siniestro y amenazador.. El instinto de protección hacía que a cada ruido abrazáramos con mas fuerza a nuestro hijito que por la expresión de su cara parecía estar pasándolo muy bien inconsciente del sufrimiento y esfuerzo que nos producía que aquella caminata..

En esta ocasión su expresión era de intenso dolor y sin embargo a cada momento me pedía que lo dejara en el suelo, que le dolía tanto como el brazo, el esfuerzo al que me estaba sometiendo cargarlo sobre mi espalda en condiciones tan precarias.

Cuando llegamos al coche al limite de mis fuerzas me temblaban las piernas y cuando llegamos al hospital y el traumatólogo le puso el brazo en su sitio y lo vi salir con su brazo en cabestrillo con una sonrisa diciendo: ya no me duele, al aflojarme la adrenalina, creo que me sentí mas cansado que si me hubieran dado una paliza.

Como os decía a lo largo de mi vida en el mar, he pasado muchas situaciones. No me enorgullezco de muchas y solo las cuento entre amigos, pues la mayoría de ellas han sido por imprudencia, por arriesgar demasiado, como ese camarada danés entrando en aquel puerto del Baltico. El debate es si eres por eso buen o mal patrón. Yo creo que hay que ser prudente y de nada valen las valentías. Por suerte no he tenido incidentes graves, pero este suceso que os acabo de relatar creo que fue uno de los que más tensión y angustia me causaron. No sabía si había aplastado a mi hijo, si dejaba caer al barco contra las motoras, si no podría aguantar el chicote y el barco saldría haciendo un bordo sin tripulantes, estampándose e contra los pesqueros.. Después toda la epopeya de evacuarlo sobre mis hombros con aquel dolor. ..

En ese mismo pantalán murió una mujer de un navegante. Nunca conocí una almiranta que lo viviera tanto. Siempre que podía se escapaba a abrir portillos, a encender motor, achicar, limpiar o hacer reparaciones. Su marido es jefe de maquinas y entre los dos tenían un pequeño Siroco como una joya. Un día apareció entre dos barcos. Se cree que por exceso de confianza se apoyo en la regala del barco vecino y con esa maniobra estúpida que a todos nos ha pasado, se separaron, ella quiso volver pero se golpeó la cabeza y al quedarse inconsciente se ahogó.

Era un día espléndido. Perfecto para disfrutar de una navegación tranquila, pero en esos momentos en donde estamos mas confiados, la adversidad nos puede asaltar y torcernos la vida. Por suerte no ha pasado nada, ya le han quitado el cabestrillo y aunque por ahora sigue en tratamiento, se cree que no lo tendrán que operar, por desgracia para aquella mujer no habrá una segunda oportunidad.

Recordar que hay que estar siempre alerta, que las estadísticas dicen que la mayoría de los accidentes se producen en el puerto, al subir y bajar al barco.

Un abrazo a tod@s






Editado por Prometeo en 14-11-2010 a las 12:25.
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