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Pirata pata palo
 
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Predeterminado Re: Botadura del GALEON ANDALUCIA



Incidencias: Esquivamos algún chubasco por la tarde. Se escuchan varias carcajadas en el comedor; están viendo los vídeos que nuestro compañero César tomó en Singapur. Continúa el equipo de gimnasia "Majoret" en el castillo de proa; ni los balances minan las ganas por mantenerse en forma.




Entre orden y turrones
Hace dos días que ningún barco se cruza en nuestra derrota, desde el momento mismo en que en el puente de gobierno se tomó la decisión de navegar hacia el Norte del Mar Arábigo y apartarnos de las rutas marítimas convencionales. Estamos sólo nosotros, el galeón y el océano Índico.
Y el viento, que aunque no sea el más apropiado para nuestras velas cuadradas, revolucionarias para el siglo XXI, nos aporta frescor y una mar de través que mece la jornada. Día que empieza para mi a las 8:30, después de haber cumplido con la guardia nocturna de 12 a 4. Con calma y tiempo por delante me preparo un café de Ceilán que me despierta el interés por el famoso té de este país que dejamos atrás. El café me sabe a tierra al igual que me supo en tierra firme cuando lo tomé confiado en una cafetería frente a la playa de Hikkaduwa. Así que mientras dure el cargamento, me paso a la teína.
Bien temprano, Frede, con el ánimo subido por la provechosa pesca de días anteriores, ha arrojado por la popa un tercer aparejo que espera sumar más suerte a nuestro intermitente botín del mar. Al poco Hugo reapareció (leer la crónica de ayer). De los dorados que cayeron el viernes -o jueves o miércoles, ya que el nombre de los días se pierden en altamar- Antonio "grande" ya les ha sacado los lomos y Guti ha secado las huevas, que esperamos comer mañana.
Y hablando de Antonios, esta vez del "chico", en la cena nos dejó con las ganas de tomar el gazpacho que había estado preparando a la tarde con tanto esmero, pero que por otro lado nos recordó una realidad que a veces se disipa navegando: ya están preparando el menú de Navidad, fechas que probablemente nos pillarán navegando.
Después de la guardia de la tarde me dispongo a afrontar la dura tarea de ordenar la litera y el armario, y de paso a construir una balda para dejar los libros que durante la travesía se me mezclaban con la ropa o se perdían entre calcetines. No recuerdo qué compañero me decía una vez que la litera es el reflejo del alma de la persona, en este caso del marino. Y puede ser, porque a lo largo del sollado, de babor a estribor, se ven literas de todo tipo... en una, hay más pertenencias debajo del colchón que en el propio armario; en otra se guardan las cosas de valor debajo de la almohada; en más de una todo el contenido que debiera estar en el armario abarca el espacio de la litera durante el día y vuelve a su origen cuando su huésped lo empuja para dormir... y en otras unas estanterías bien diseñadas separan a la perfección las camisetas, pantalones, uniforme, etc, mientras que en otras unas estanterías maltrechas buscan el mismo fin. Y hay quien tan solo almacena lo estrictamente necesario para navegar, sin dar lugar al desorden.
En mi caso, en el tiempo que llevo a bordo del galeón me he enfrentado a la litera en cuatro ocasiones como máximo. Ayer volví a hacerlo y de momento se mantiene el orden conseguido, sin mucha sofisticación pero satisfecho con el resultado práctico: la ropa de agua y de abrigo a un lado, la de trabajo -la más vieja y manchada de pintura, aceite y brea- a otro; a continuación la ropa digna para vestir en puerto y por último la ropa de uniforme.
Comentaba también que me puse a construir una pequeña balda para amontonar algunos libros. Con el serrucho, metro, lápiz, tornillos y destornillador, y mis preguntas continuas a Mauri, nuestro marinero carpintero, he conseguido lo que esperaba, una tabla que aguante algo de peso, nada más, pese a despertar a más de un compañero -en el sollado siempre hay alguien descansando- que tuve que compensarle con chocolatinas de Sri Lanka. Dice Alberto que el mueble ha salido muy marinero, y Curro Marchena que al primer balance grande saldrán disparados los libros. Veremos qué pasa.
Llega la noche, clara con una luna creciente bien alta, y me dispongo a pasar la guardia de vigía con mi compañero Curro. Entre miradas atentas al horizonte y ponernos al día de la vida de cada uno, tocamos uno de los temas favoritos cuando estás fuera de casa: lo que comeremos cuando atraquemos en el muelle de Sevilla. En realidad con la exquisita cocina galeónica hemos ganado incluso algún kilo de más, pero claro está que la morriña se traduce en muchas ocasiones en la tapita o guiso casero que se echa de menos. Y de esta guisa, acabamos citando la caña de lomo, el queso viejo, el jamón, el solomillo al güisqui, el cocido... mmmmm... y hasta los kebabs callejeros que matan el hambre en un santiamén. Al final, a las dos de la madrugada, se nos abrió un agujero en el estómago tal que Curro supo apaciguar con un turrón de Jijona de su reserva personal. En el balcón de popa y casi a oscuras, pues hasta la luna se escondió, degustamos el dulce y empezamos a repasar ahora el turrón de chocolate, la torta imperial, el mantecado... ¡Qué buena es la Navidad!
Saludos desde el Océano Índico
Miguel Talegón Zaera
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