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Antiguo 29-12-2010, 08:56
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Zaca
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Predeterminado Re: Revista Bateaux: hablan de nosotros...

Comparto la opinión de una mayoría: nuestra náutica es un reflejo de cómo somos. No podemos compararnos con sociedades, dicho esto entre comillas, más desarrolladas. Si echas un vistazo a la flota de los países más evolucionados, te sorprenderá comprobar que los barcos de esloras reducidas tienen un gran peso. Hay docenas de astilleros que los fabrican y distribuyen y, aunque también hay escasez de amarres, es posible fondearlos o botarlos mediante rampas públicas. Eso significa que el mar ha calado en una sociedad. Aquí, las normativas nacionales, autonómicas o locales entretejen un sinfín de trabas que, a la larga, empobrecen el sector. Si quieres ver barcos enormes, vete a un país de esos en los que las castas sociales aún son ley. No hay más que yates, el delirio de los más pudientes. Esa falta de democratización es la que conlleva el abuso permanente de precios en materiales y servicios y, cómo no, la obsesión legalista española, empeñada en manipular el ocio por decreto.

Cómo navegamos, cuánto y por qué, es otro cantar. Aquí, en el norte, el clima es bastante díscolo, incluso en pleno verano, así que hay que adaptarse. Desterrar la idea de que los barcos son para el buen tiempo. La afición tiene que estar reñida con esas comodidades que siguen siendo la imagen de nuestra navegación de recreo: motoras relucientes, días espejados y chicas al sol. Un lujo estúpido que, todavía, atrae a gente sin el menor deseo “real” de navegar. Con ese perfil de usuario por bandera, cómo no va resultar oneroso varar el barco o que alguien saque brillo a la obra muerta. En el norte de Europa un albañil, un electricista o un fontanero son inalcanzables. La gente practica el “hágalo usted mismo” con naturalidad, lo cual afecta también a la idea de que el barco te va a obligar a ese mantenimiento. El bienestar es otra cosa y tiene que ver con guarderías, colegios, horarios laborales y servicios sanitarios, no con plazas de atraque inabordables. Allí nadie pretende robarte porque poseer una embarcación signifique que te sobra el dinero. Cuando en las revistas náuticas españolas se recomiendo un producto por práctico y barato, habremos avanzado algo.

Los franceses critican nuestro exceso de celo respecto a los equipamientos, para lo poco y cerca que navegamos. Hay bastante verdad en ello. Y falta de adaptación a la realidad de lo que se navega. En mi puerto, los barcos más viejos, pequeños y desastrosos son los que más salen; los atiborrados de electrónica prueban sus sistemas en puerto, porque para tomar el aperitivo a media milla, en la playa, no hacen falta. No siempre, claro. En Inglaterra, bajar de eslora cuando uno se hace viejo y ya no se viaja con el barco, es una realidad constatada; en España, significaría asumir una pérdida de representatividad social, como devaluarse a uno mismo. La mentalidad basada en el metro más de eslora, en los cuarenta pies como mínimo, nos acorrala. A menudo leo en este foro comentarios en los que la gente llama barquito a un 30 pies, como dando a entender que poseerlo es un mero trámite hasta conseguir algo mejor. Qué tristeza. Incluso entre nosotros sigue calando la idea de que, se navegue o no, es mejor que el barco sea grande.

En el Voile Magazine de enero de 2011, reflexionan sobre el nuevo Delher 44, vendido con lo mínimo indispensable para navegar al precio de 100.000 euros y pensado para que el propietario le añada lo que le venga en gana (y no me refiero a esas sonrojantes “opciones” de otros astilleros). La pregunta que se hacen no es qué le falta, sino cuántas cosas están de más en otros veleros más caros. Lo superfluo nos está ahogando. El “mantelo simple” sería lo único indispensable pero, claro, no vende. Así vamos y seguiremos yendo: una náutica raquítica en la que los pocos que queremos navegar de verdad sufrimos la inconsistencia del sector. Y no falta quién se alegra porque la crisis está barriendo de los puertos a los pobres incautos que discuten las tasas o hacen sus propios arreglos y mejoras. Nuestro Trafalgar, me temo, no se acabará nunca. Aún así, para todos y disculpad el tono. Uno ya está cansado de ver que las cosas apenas cambian.
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