Yo respeto a todo el mundo, incluso al que disfruta del bricolaje o usa solo el barco un apartamento flotante y no lo mueve porque con la escora se le caen las copas.
Lamento –sin embargo- que mucha gente, por pereza a falta de formación o arrojo, se pierda el disfrute de la navegación, pero es su libre elección.
Hay que respetar al que se aventura a salir al mar en un pequeño barco porque en realidad tiene más mérito que ninguno.
Los navegantes que más admiré, resultaron ser los fracasados, los humildes, los sometidos y estoicos, los que aún estando limitados por las condiciones más lastimosas, porfiaban animosamente en retornar al mar.
Es normal que todo el mundo esté orgulloso de su barco. Cuando se acerca un vecino armador de un barco más pequeño a ver mi barco y me lo alaba, yo le contesto que he disfrutado mucho haciendo crucero en un 26 pies y que a la mayoría de los armadores que conozco les ha pasado lo mismo. Te hablan de sus primeros barcos con nostalgia. En algo pesará que eran más jóvenes, pero muchos se atreven a reconocer su error y confiesan:
Con menos eslora salía mas, no se, tengo que pensar en poner una hélice de proa.
y rematan:
ya ves que manera de complicarse la vida, si para el tiempo que tengo me resulta mejor un barco más pequeño y si quiero hacer crucero me alquilo un aparato en cualquier sito del mundo y me sale más barato.
Nosotros mismos caemos en nuestros errores.
Los retos que me he puesto en la navegación –que son pocos y limitados- puedo decir que hace tiempo los ví colmados y superados. Nunca ambicioné alcanzar lo que tengo. Sin embargo no dejo de admirar cosas que se que para mi siempre serán inalcanzables.
Si acaso, solo acaricio un sueño: poder aplicar las ideas que tengo en una autoconstrucción.
Cuando tengo preocupaciones ocupo mi mente diseñando mi barco ideal y os lo recomiendo porque es terapéutico.
Con diecinueve años construí mi casa y ya decía en aquel momento que algún día construiría mi barco. Me quedé en un raquero y después me dispersé en multitud de cosas. Ahora que escasea el tiempo y los años se aceleran, me planteo la pregunta de si valdrá la pena esperar a cumplir aquella ambición de construir mi propio barco o bastarme con lo que tengo y no perder un minuto en largar amarras.
La forma de enfrentarse al mar es diferente en cada ser humano y a mi se me antoja que es un buen espejo de nuestras actitudes vitales. Algunos intentan cubrir las carencias de autoestima, su febril necesidad de prestigio social con símbolos de ostentación, pero a nadie - que no sea como ellos- se le escapa la verdadera dimensión de un navegante o ser humano cualquiera al margen del barco que posee.

