Re: Based in actual events
Dedicamos la mañana siguiente a las compras. Provisiones, recambios y un equipo náutico completo para Elisa. Disfrutó mucho probándose el traje de agua, las botas, los zapatos náuticos, y tardó una eternidad en elegir el chándal de algodón suave que le recomendé como ropa polivalente. Le encantó el jersey de lana gruesa, el típico de la marina francesa con tres botones en el hombro, y casi aplaudió cuando se vio con el gorrito rojo “de comandante Cousteau” que le describí como imprescindible. Pensé varias veces en la posibilidad de que todo aquello fuera a usarse una sola vez, dependiendo sólo del resultado de una primera experiencia, pero consideré que cuanto mejor equipada estuviese más posibilidades tenía de pasarlo bien. Nos divertimos mucho imitando a los personajes de Pretty Woman en la tienda. Lástima que no había ningún sillón regio desde el que yo pudiese observar los pases y las monerías que prodigó. Además, tuvo la habilidad de conducirse como si realmente fuese mi hija, refiriéndose a mí, de vez en cuando, como “mi padre”. Eso relajó el ambiente en todas las tiendas y yo diría que en todas ellas dejamos una especie de rastro de alegría muy cercana a la felicidad.
Cuando llegamos al puerto y vio el barco se quedó unos instantes como sin habla, tapándose los labios con la mano y pestañeando con rapidez. Luego caminó arriba y abajo por el muelle y, por fin, abriendo los brazos en un gesto que quería abarcarlo, pronunció lo que parecía ser su veredicto: Joodér, ¡qué pasada! Tras otro instante de inmovilidad, rebuscó en su bolso, sacó el teléfono móvil y se puso a hacer fotografías con él.
Mientras yo estibaba la compra y me disponía a cocinar alguna cosa para la travesía, ella anduvo zascandileando por todo el barco, musitando palabras inconexas de vez en cuando, pasando tímidamente la punta del dedo por las superficies barnizadas. ¿Este es mi camarote? ¿Me lo prometes? ¡No me lo puedo creer! ¿Vas a cocinar? ¿Comida de verdad, como en una casa? Pensé que nos llevaríamos unas pizzas para el viaje, o algo así. ¡Un mueble bar, con espejo y todo!
Se ofreció a ayudarme a preparar la ratatouille niçoise –suelo ponerle algo de patata, por lo que se trata más bien de una ciambotta italiana- que acostumbro a llevar en la nevera para servir de guarnición o de relleno de alguna tortilla mientras navego, pero me di cuenta de que no sabía ni cómo coger el cuchillo para picar la cebolla. Su desvalimiento culinario me hizo tomar consciencia de que, prácticamente, era aún una niña. Me sentí fatal cuando, sin poder evitarlo, mirando por encima del borde de mi vaso de Campari, mis ojos se fijaron muy poco paternalmente en las curvas de sus caderas y de sus senos. Fue sólo un instante, pero me pilló in-fraganti. Yo me sonrojé el primero, pero ella enrojeció también. No sabíamos adonde mirar. Fueron unos segundos de extrema incomodidad hasta que, como en un acto reflejo, apoyé el vaso helado en una de mis orejas ardientes y ella hizo lo mismo con la lata de refresco que estaba bebiendo. Así, con las bebidas apoyadas en las orejas, nuestras miradas se cruzaron y, de pronto, rompimos a reír a carcajadas.
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