Re: Based in actual events
Largamos amarras con la claridad cenicienta del alba, bajo el mistral desapacible y frío que desciende por el valle del Ródano como un río de aire. Al contrario que otros vientos, el mistral se refuerza de madrugada, gracias a la densidad que alcanza durante la noche, al perder temperatura y precipitarse valle abajo hasta el mar. Aparejé la trinquetilla y la mesana para navegar con equilibrio bordeando la costa hasta un poco más allá del Cap d’Agde. El viento convertía la espuma de la proa en un veloz aerosol que cruzaba la cubierta de estribor a babor y, cuando el Sol asomó por el horizonte, a nuestra popa, esa nube rauda se convirtió en un arco iris tembloroso. Un par de veces vimos salir por la amura de sotavento una bandada de cuatro o cinco peces voladores. El aire traía a veces el aroma de la hierba rala de la gran llanura de la Camarga.
Pensé que no eran malos augurios para el primer viaje de Elisa, que se mantenía en un silencio religioso y observándolo todo con una expresión muy seria. Cuando vio salir los peces voladores de debajo de la amura se limitó a señalarlos con el índice, pero sin mirarme ni decir absolutamente nada.
Un par de millas al Oeste de Cap d’Agde orcé lo necesario para poder arriar y aferrar la mesana e icé la mayor con dos rizos para caer luego a babor, dejando el viento largo por la aleta, y dar rumbo directo a Sa Rata, frente al Cap de Creus. Al alejarnos de la costa las olas fueron ganando en tamaño, pero el barco navegaba muy bien, con tan sólo un suave movimiento de cabeceo.
Qué tal, le pregunté. ¿Cómo lo llevas? Sin desviar la mirada del horizonte y con voz grave me dijo que estaba segura de que nunca jamás, por muchos años que viviese, olvidaría aquel amanecer. ¡Pobre mamá!, añadió.
|