Cita:
Originalmente publicado por Jadarvi
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Bueno, pero no sólo de elogios vive el plumífero.
Acepto comentarios, sugerencias, críticas y todas esas cosas que están relacionadas con la lectura.
Bueno, ahí va otra entrega:
En una ocasión, estando de reparaciones en el astillero de Tolón, me caí al agua por accidente. Estaba inspeccionando un bote salvavidas, sentado en su regala, cuando en el fondo de uno de los cofres descubrí que había una rata. Pegué un respingo muy discreto, pero fue lo suficiente para perder el equilibrio y caer de espaldas al vacío. Era un barco bastante alto, y tuve tiempo de acojonarme, de valorar la situación, de tomar decisiones y de observar el entorno antes de estrellarme contra el agua, cayendo perfectamente de pie, después de dar una voltereta, y sin sufrir más daños físicos que un dolor intenso en las fosas nasales, en las que el agua había entrado de estampida. Pero la sensación de sobrecogimiento que tenía cuando iba más o menos por la altura de la cubierta shelter, a una velocidad vertical cercana a los 35 nudos – y aumentando-, me dejó con un cierto vértigo traumático para siempre.
Quiero decir con esto, que es como si tuviera un master en vuelcos del corazón y, por lo tanto, si escribo que me quedé sobrecogido tras el beso y las palabras susurradas por Elisa, debo ser tomado muy en serio.
Pues bien, me quedé sobrecogido.
Sé que, a partir de ahora, casi todos mis lectores dirán que se veía venir el argumento; que qué pena que la historia derive en algo tan sumamente previsible; que, bueno, vale, pero que hubiera sido más transgresor y literariamente más rico haberse internado por los caminos de Nabókov. Lo admito. De acuerdo. Pero este relato se llama “based in actual events” y, por consiguiente, cabe esperar que esté tocado por ese punto de inverosimilitud que la Realidad, muy a menudo, tiene.
En los inicios del verano del 91 entramos en la Base de Tolón, precisamente, a descargar varios carros de combate AMX 30, transportes sobre orugas AMX 10 y contenedores llenos de material de la división “Daguet”, que había intervenido en la guerra del Golfo. Mi compañía, como otras muchas, había puesto sus barcos mixtos (container + rodante) al servicio de la Coalición Internacional y, como es habitual, los marinos mercantes habíamos tenido que ir, sin gloria pero tal vez con pena, a llevar y traer los prosaicos elementos que hacen posible la fama de los militares. Es posible que el Jefe de Personal supiera que me había divorciado hacía tres años y pico y, por eso, sabiendo que nadie me esperaba, me mantuviera en la zona, cambiando de barco, desde finales de enero.
Llegamos a puerto bastante cansados (si alguien cree que Occidente domina el Estrecho de Ormuz y Bab el Mandeb, se equivoca), pero con esa euforia que da el haber conseguido llegar a casa a pesar de todo y la esperanza, siempre defraudada, de que el armador se sienta generoso por una vez y te premie de alguna manera el esfuerzo, el miedo y la incomprensión. Recuerdo que, durante la maniobra de atraque, el Noroeste soplaba paralelo al muelle, por la proa, y, sintiéndome observado por un grupo de marinos de guerra, me complací en aprovechar el efecto del viento sobre la amura para llevar el barco hacia el atraque sin usar, casi, de la hélice transversal ni, en absoluto, de los putos remolcadores que me habían obligado a tomar.
Debía de tener, yo, un porte arzobispal o, cuando menos, abacial mientras mi barco se aproximaba majestuosamente al atraque, cuando mis ojos se fijaron en la mujer más hermosa de todas las que esperaban en el muelle. Era ella. Mi esposa. No saludaba con los brazos ni daba saltitos. Tan sólo, cuando supo que nuestras miradas se entablaban, me hizo un gesto de submarinista, uniendo el índice con el pulgar de su mano derecha. Asentí y repliqué su gesto, y ya solo pude ocuparme de mantener la dignidad que cabe esperar de un capitán militarizado de la Marine Nationale y no salir corriendo por la pasarela, como un recluta de permiso. Además, ¿qué hacía ella allí?
Fueron unas horas de auténtica tortura. Pasaron por mi despacho un par de generales y no menos de cuatro coroneles. Bajamos a la bodega a ver los tanques; conversamos con el relajo indolente de los héroes de película en la cámara de oficiales; me vi obligado a invitarlos a comer y, luego, a visitar la cantina de su residencia en la base naval.
Regresé a bordo, desanimado después de vencer la desesperación, ya de noche y ligeramente beodo. Sentada en el sillón de mi escritorio, como si reinase sobre el barco, estaba ella. ¿Cómo has podido subir a bordo? Ah, querido, creo que Vudú, tu valet, aún me adora en silencio.