El éxito de la fórmula francesa reposa en gran parte, creo, sobre el enfoque con que la propia administración mira las cosas. La industria náutica representa una parte considerable del sector segundo de la economía francesa y, aunque no todas (ni mucho menos) las unidades producidas por los grandes o pequeños astilleros se destinen al mercado nacional, las exportaciones también producen riqueza de la cual muchas regiones se benefician.
El enfoque administrativo se centra en facilitar el acceso a la náutica para incentivar el dinamismo de la industria y de los servicios, ya que la demanda, el consumo, lo es todo: sin demanda, todos lo sabemos, no hay servicio.
Es cierto que este enfoque se basa en una cultura náutica profundamente arraigada en el país vecino. Muchos de los que navegan a bordo de un velero hoy (que no todos) tiraron sus primeras millas y bordos en un optimist, luego en un laser, en un 4.20... antes de, al final, llegar a comprarse un 25-28 pies.
En España, un país que en gran parte ha vivido de espaldas al mar y donde la cultura marítima no abarca a tanta gente, la cosa es diferente: el acceso al mar no ha sido progresivo sino que ha "explotado" con el boom económico de los años 1990-2000 y el disfrute repentino del famoso estado de bienestar por gran parte de la clase media.
Sea cual sea el historial de la cultura náutica del navegante en cada país, no creo que sea lo más importante. La cuestión es que aquí la reglamentación, obcecada en favorecer como sea a ciertas empresas náuticas, siembran de obstáculos el camino que lleva al mar: que si títulos, que si equipamiento, que si homologaciones, que si revisiones y reposiciones continuas de material... O sea que el consumo nace siempre de la imposición, cuando a lo mejor, dándole la vuelta a esta nefasta tendencia, se incentivaría mucho más este consumo y, por lo tanto, la producción y los servicios, si se dieran al navegante más facilidades.
Esta podría ser también una línea de reflexión y debate entre las diferentes asociaciones que, además, permitiría llegar a un cierto consenso con las otras partes implicadas y que mucho tienen que decir y defender. Otra línea posible, obviamente, sería aspirar a la homogeneidad de todo el sistema, más allá de las fronteras: para bien o para mal, estamos todos embarcados en la gran aventura de la construcción europea que, si quiere optimizar su funcionamiento, debe tender hacia la uniformización y simplificación de todos los trámites. Podemos soñar con una convalidación de estos títulos (un "Boloña" del mar) o la creación, porqué no, de un título europeo de navegación.

