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Predeterminado El traje nuevo del emperador

viernes, cuentecito de finde

Hace mucho tiempo, muy lejos de aqui, vivia un satre itinerante, que un dia llegó a un país desconocido. Ahora bien, los sastres que acostumbran a desplazarse de un lugar a otro son personas por lo general reservadas que cuidan de no traspasar los límites de la comunidad. Aquel sastre, sin embargo, era un individuio hipergregario, además de limitado en cuanto a modestia se refiere, por lo que no tardó en vérsele en la taberna local abusando del alcohol, invadiendo el espacio privado del personal femenino y relatando ignorantes historias acerca de caldereros, recogedores de estiércol y otros comerciantes.
El tabernero se quejó a la policía, cuyos miembros detuvieron al sastre y le arrastraron a presencia del emperador. Como cabe esperar, toda una vida de convencimiento acerca de la absoluta legitimidad de la monarquía y la inherente superioridad de los varones, habían convertido al emperador en un tirano fatuo e intelectualmente limitado. El sastre reconoció aquellas facetas de su carácter y decidió utilizarlas en provecho propio.

-¿Deseas expresar alguna solicitud antes de que te destierre de mi reino para siempre?- le preguntó el emperador.

-Tan sólo que Vuesta Majestad me conceda el honor de confecionar un nuevo traje real- repuso el sastre-, ya que he traido conmigo un tejido especial tan raro y delicado que sólo puede ser visto por ciertas personas, precisamente por aquéllas que Vos querríais tener en vuertro reino: personas políticamente corrects, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes que no fuman, ni beben, ni encuentran diversión en las chanzas sexistas; personas que no ven demasiada televisión , que no escuchan musica country y que no organizan barbacoas.

Tras un instante de reflexión, el empreador accedió a su propuesta. Se sentía halagado por el concepto -pleno de fascismo y testosterona- de que el Imperio y sus habitantes existían únicamente para mejorar su imagen.

Ni que decir tiene que el sutilísimo tejido en cuestión no existía. Tantos años de vida fuera de los límites de una sociedad normal, habían falicitado al sastre el desarrollo de un código moral propio que le invitaba a estafar y a humillar al emperador en nombre de los artesanos independientes en general. Y así, a lo largo de su diligente tarea, pudo convencer al emperador de estar cortando y cosiendo piezas de tela que, desde el más estricto sentido objetivo de la realidad, no existían.

Cuando el sastre anunció que había terminado, el emperador acudió a contemplar su nuevo atavío frente al espejo. Quien le hubiera visto allí, desnudo como el día en que vino al mundo, habría podido comprobar que los años que había pasado explotando al campesinado le habían convertido en una repelente masa de carne fofa y blancuzca. Ni que decir tiene que el propio emperador también lo advirtió, si bien fingió que era perfectamente capaza de distinguir tan hermosa y políticamente correcta vestimenta. Imediatamente, ordenó celebrar un desfile al día siguiente para lucir su nuevo esplendor.

A la mañana siguiente, sus súbditos se congregaron en las calles para contemplar el grandioso desfile. Para entonces, ya se había corrido la voz acerca del nuevo traje del emperador, visible únicamente por personas ilustradas y de sanas costumbres, y no había ciudadano que no hubiera resulto aparentar más rectitud qu cualquiera de sus vecinos.

El desfile comenzó con gran algarabía. A medida que el emperador paseaba su pálida, abotargada y patriarcal anatomía por la calle, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa y admiración ante la belleza de su nuevo traje. Todos, con la excepción de un niño pequeño, que gritó:

-!El emperador esta desnudo!

El desfile se detuvo. El emperador interrumpió su avance, y sobre la multitud se abatió un silencio sepulcral, hasta que un campesino de excelentes reflejos mentales exclamó:

-!no, no lo está! !sencillamente, ha adoptado un estilo de vida alternativo en lo que se refiere a su atuendo!

De la muchedumbre se elevó una ovación, y todos los presentes se despojaron de sus vestiduras y se pusieron a danzar bajo la luz del sol, tal y como para ello los había diseñado la naturaleza. A partir de aquel día, el país pasó a admitir aquel estilo alternativo de vestimenta, y el sastre, privado de su modo de vida, empaquetó su aguja y sus hilos y nunca más volvió a saberse de él.

"Cuentos infantiles políticamente correctos" J.F.Garner


A mi personalmente, este cuento( me refiero al original) siempre me ha recordado a los críticos de arte, de cine, de literatura..... y a la legion de papanatas que les dan la razon como si fueran autenticos oraculos postmodernos
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..mis sueños son mentiras, que algún día dejaran de serlo.
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icebar (24-05-2009)
 

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