La Taberna del Puerto Almayer
"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." Altair
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Antiguo 21-12-2009, 19:04
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Hola tabernero, ponga una ronda de orujo al personal presente y zumo de naranja a los abstemios, que afuera hace un frío que pela.

Para los que están en casita, frente la pantalla y al abrigo hogareño quisiera brindarles este relato navideño sucedido en el año 2007, que aunque sea un poco increíble sucede en estas fechas, en otras latitudes, claro. ¡Que todo no es navegar!
Dos días antes de Navidad, en el archipiélago de San Blas (Kuna Yala en lengua Kuna), en Panamá, recibimos una invitación para cenar juntos en compañía de otros barqueros.

Hay que aclarar que en Kuna Yala siempre hace calor, y en esas fechas es un tanto ventoso, pero muy agradable para estar fondeados a sotavento de las pequeñas islas.

Ya habíamos oído hablar de las Navidades allí y no nos la quisimos perder. Nosotros estábamos fondeados a unas cuantas millas de donde acordamos reunirnos, en una de las islas deshabitadas de Coco Bandero. Esta es una pequeña islita de unos cincuenta por cien metros, de un metro de elevación máxima como todas islas del archipiélago, palmeras y un pozo de agua media salobre en el centro y con el fondeo bien protegido capaz de albergar a una veintena de veleros.

Por radio VHF nos pusimos de acuerdo con los menús y todo lo que necesitaríamos, que aparte de la preparación de aperitivos, ensaladas, postres de frutas, tartas y otras exquisiteces, el plato fuerte sería un cochino a la brasa.

Inmediatamente nos pusimos en la tarea de bucear pescando para tener mas variedad culinaria, que con una barracuda de unos cinco kilos y un par de pargos de tres y cinco kilos tuvimos suficiente por nuestra parte, aparte de los postres, ensaladillas rusas, alguna langosta del frigorífico y otros platos colaboraríamos en el banquete.

A la mañana siguiente llegamos al fondeo, ya había unos seis u ocho veleros de nuestros amigos aparte de otros desconocidos, la mayoría italianos y de otras nacionalidades, como es acostumbrado por aquellos lugares.

Después de los saludos, aperitivos, cafés por aquí y por allí, los que estábamos allí nos pusimos en la tarea de buscar leña para el fuego, en otras islas cercanas. La madera o leña buena escasea en cierta forma puesto que es muy húmedo y no hay arboles excepto las palmeras, que si bien arde muy bien, se acaba el fuego en un suspiro porque como todo el mundo sabe las hojas de las palmeras es aceitosa y muy fina, lo que aguanta un poco mas son las cáscaras de los cocos, que dejan los indios después de sacar la gran nuez de dentro. Pero para asar un cerdo hace falta un fuego mas permanente, sobre todo brasa, y eso sólo viene por el mar, lo que trae la corriente a saber de donde.
Total que mientras organizábamos el fuego y el catre adonde se iba a poner el cerdo abierto, llegaron con dicho animal muerto, abierto en canal y cubierto con grandes hojas de plátano.

El cerdo venía viajando a remolque de un velero, solo en el dingui, había sido comprado a los indios en una isla llamada Tigre, a unas ocho o diez millas de allí. Mientras descargábamos el animal nos contaban como había sido el procedimiento, por cierto bastante particular.

---- (Las personas aprensivas pueden saltar el próximo párrafo)

Resulta que una vez seleccionada la presa en el pequeño corral, lo sacan de su cautiverio y lo empujan hacia la playa donde con grandes gritos y empujones de casi todos los jóvenes presentes lo llevan hasta donde el agua lo podía cubrir, que por la gran flotabilidad del desdichado porcino, se tenían que tirar encima una y otra vez porque se negaba a terminar de esa manera, y llegado un momento dado ya no pudo hacer nada a pesar del griterío propio y el de los matarifes, ahogándose en el agua salada.
Después lo arrastraron hasta la misma playa donde el gran matarife, un indio viejo y pequeñito esperaba con la mirada perdida e indiferente con un enorme cuchillo en su huesuda y arrugada mano. Nada mas llegar hasta sus propios pies, los indios jóvenes con gran algarabía lo pusieron boca arriba, sujetándolo por las patas, el viejo indio hizo un certero y centrado corte en la redonda superficie y saltó un chorro de agua como un abanico, seguido de las vísceras que se desparramaron sobre los recipientes de plástico plano que otros metían entre la arena y el cochino todavía tibio.
Las indias observaban la escena desde cierta distancia a la sombra de los techos de las chozas, con los pequeños niños en sus regazos y otros sujetos de las manos. Total que los indios se quedaban repartiendo las tripas y vísceras, el cerdo ya mas liviano era conducido y puesto sobre un tronco donde un indio mas joven y fuerte, le asestaba machetazos en la columna del lado interior hasta dejarlo abierto como un gran libro sangrante.

(Ojo, esta es una interpretación en base a lo que contaron los que fueron a por el cerdo).

Bueno, esta historia relatada por los que habían tenido el deber de adquirir el animal, aparte del asombro, nos dejó un tanto desconcertados por la manera poco ortodoxa de los métodos utilizados, y mirábamos al cochino con cierta tristeza, que sólo se nos fue un poco con la inestimable presencia de unas frías cervecitas.
Paso siguiente después de atar al cerdo abierto en un bastidor de maderas hecho con troncos de hojas de palmera atados con alambre, y con unos cabos lo atamos dos extremos arriba, a 45 grados sobre la leña que en un santiamén estuvo encendida. Esto sería a las 10 de la mañana y no pararía de arder a fuego más o menos lento hasta la noche.

Las capitanas de cocina estaban cada una en sus respectivos fogones preparando lo mejor de sus saberes y los dinguis no paraban de ir entre los barcos y la isla, buscando materiales faltantes, en la isla las funciones de los capitanes y allegados eran las de no dejar apagar el fuego y preparar las mesas acomodando troncos y pasarelas ya inservibles por aquellas latitudes sin marinas ni muelles donde servir como pequeños y tambaleantes puentes.

Pasado el mediodía el cerdo ya estaba tostad por un lado y se decidió darlo vuelta con una operación un tanto arriesgada que por poco no termina sobre las brasas, eran cincuenta kilos y las tablitas del bastidor lo sujetaban en su justo límite. Al anochecer empezó el desfile de platos con aperitivos, y todo lo que iba componer aquella cena de Navidad los cubos con hielo, las bebidas frías con el personal ya de punta en blanco. La música sonaba al ritmo del pequeño generador que también alimentaba las lámparas, cambiando la eterna fisonomía de la isla con sus noches de eterna oscuridad.

El cerdo asado resultó un éxito y nos repetimos con gusto alternando la degustación con foccacias, berenjenas en escabeche, albóndigas de pescado, ensaladas de todo tipo, buñuelos de langosta y un sinfín de sabores antes de dar cuenta a los postres.
Al final y a pesar de que atacamos sin piedad los treinta y tres comensales y los tres pescadores Kunas que se sumaron a la celebración (casi sin saber a ciencia cierta de lo que se trataba) que comían como lima nueva, quedó mitad de cerdo al fuego de las brasas hasta para el otro día.

Y como casi siempre ocurre, al final de la gastronomía vienen los agradecimientos en forma de cánticos y los traguitos digestivos. Probamos de cantar viejas canciones conocidas por todos en varios idiomas y hasta nos animamos a bailar hasta pasada la medianoche (por allí oscurece a las seis o seis y media de la tarde).
Todo quedó allí tal cual hasta el otro día que fuimos apareciendo nuevamente al mediodía, con el pretexto de ajustar cuentas de los gastos comunes, arremetimos nuevamente a la otra mitad del cochino y a lo que quedaba de los postres, muy juiciosos esta vez debido al combate de la noche anterior, de la noche de Navidad.

http://picasaweb.google.es/fotosilus...ADESTROPICALES#

Salud y felices fiestas a todos.

www.veleroilusion.wordpress.com

Editado por chacho en 22-12-2009 a las 12:45.
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  #2  
Antiguo 21-12-2009, 20:10
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Chacho, me ha gustado tu narración, unas Navidades inolvidables seguro. Ah y bonito barco, lleva cuidado, que he visto en la web que está nevando.

__________________
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El Piloto patrón de la Raya Azul

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  #3  
Antiguo 21-12-2009, 21:17
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Una ronda a los presentes.
Gracias, no se que pasó que no pude poner unas fotos ilustrativas, otra vez será.
Hasta pronto.

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  #4  
Antiguo 21-12-2009, 23:48
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Bonita narración, bonita experiencia y boniva navidad, que envidia sana; con tanta fiesta, bebida y baile no me extraña que no te aparezcan las afotos y aunque aparezcan ¿que reflejaran?.
Gracias por el relato.
Saludos y
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  #5  
Antiguo 22-12-2009, 02:37
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Interesante relato, gracias por contarlo.

Cheers,

Alex
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  #6  
Antiguo 22-12-2009, 06:14
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y feliz navidad
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  #7  
Antiguo 22-12-2009, 10:07
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Justo el tipo de cena de Navidad que siempre me ha hecho ilusión!!!

salud y Felices Fiestas!!!
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  #8  
Antiguo 29-12-2009, 11:02
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De acuerdo cofrade, espero que esta vez puedas ver las fotos que pediste., Una ronda para todos.

Hola tabernero, ponga una ronda de orujo al personal presente y zumo de naranja a los abstemios, que afuera hace un frío que pela.

Para los que están en casita, frente la pantalla y al abrigo hogareño quisiera brindarles este relato navideño sucedido en el año 2007, que aunque sea un poco increíble sucede en estas fechas, en otras latitudes, claro. ¡Que todo no es navegar!
Dos días antes de Navidad, en el archipiélago de San Blas (Kuna Yala en lengua Kuna), en Panamá, recibimos una invitación para cenar juntos en compañía de otros barqueros.

Hay que aclarar que en Kuna Yala siempre hace calor, y en esas fechas es un tanto ventoso, pero muy agradable para estar fondeados a sotavento de las pequeñas islas.

Ya habíamos oído hablar de las Navidades allí y no nos la quisimos perder. Nosotros estábamos fondeados a unas cuantas millas de donde acordamos reunirnos, en una de las islas deshabitadas de Coco Bandero. Esta es una pequeña islita de unos cincuenta por cien metros, de un metro de elevación máxima como todas islas del archipiélago, palmeras y un pozo de agua media salobre en el centro y con el fondeo bien protegido capaz de albergar a una veintena de veleros.

Por radio VHF nos pusimos de acuerdo con los menús y todo lo que necesitaríamos, que aparte de la preparación de aperitivos, ensaladas, postres de frutas, tartas y otras exquisiteces, el plato fuerte sería un cochino a la brasa.

Inmediatamente nos pusimos en la tarea de bucear pescando para tener mas variedad culinaria, que con una barracuda de unos cinco kilos y un par de pargos de tres y cinco kilos tuvimos suficiente por nuestra parte, aparte de los postres, ensaladillas rusas, alguna langosta del frigorífico y otros platos colaboraríamos en el banquete.

A la mañana siguiente llegamos al fondeo, ya había unos seis u ocho veleros de nuestros amigos aparte de otros desconocidos, la mayoría italianos y de otras nacionalidades, como es acostumbrado por aquellos lugares.

Después de los saludos, aperitivos, cafés por aquí y por allí, los que estábamos allí nos pusimos en la tarea de buscar leña para el fuego, en otras islas cercanas. La madera o leña buena escasea en cierta forma puesto que es muy húmedo y no hay arboles excepto las palmeras, que si bien arde muy bien, se acaba el fuego en un suspiro porque como todo el mundo sabe las hojas de las palmeras es aceitosa y muy fina, lo que aguanta un poco mas son las cáscaras de los cocos, que dejan los indios después de sacar la gran nuez de dentro. Pero para asar un cerdo hace falta un fuego mas permanente, sobre todo brasa, y eso sólo viene por el mar, lo que trae la corriente a saber de donde.
Total que mientras organizábamos el fuego y el catre adonde se iba a poner el cerdo abierto, llegaron con dicho animal muerto, abierto en canal y cubierto con grandes hojas de plátano.

El cerdo venía viajando a remolque de un velero, solo en el dingui, había sido comprado a los indios en una isla llamada Tigre, a unas ocho o diez millas de allí. Mientras descargábamos el animal nos contaban como había sido el procedimiento, por cierto bastante particular.

---- (Las personas aprensivas pueden saltar el próximo párrafo)

Resulta que una vez seleccionada la presa en el pequeño corral, lo sacan de su cautiverio y lo empujan hacia la playa donde con grandes gritos y empujones de casi todos los jóvenes presentes lo llevan hasta donde el agua lo podía cubrir, que por la gran flotabilidad del desdichado porcino, se tenían que tirar encima una y otra vez porque se negaba a terminar de esa manera, y llegado un momento dado ya no pudo hacer nada a pesar del griterío propio y el de los matarifes, ahogándose en el agua salada.
Después lo arrastraron hasta la misma playa donde el gran matarife, un indio viejo y pequeñito esperaba con la mirada perdida e indiferente con un enorme cuchillo en su huesuda y arrugada mano. Nada mas llegar hasta sus propios pies, los indios jóvenes con gran algarabía lo pusieron boca arriba, sujetándolo por las patas, el viejo indio hizo un certero y centrado corte en la redonda superficie y saltó un chorro de agua como un abanico, seguido de las vísceras que se desparramaron sobre los recipientes de plástico plano que otros metían entre la arena y el cochino todavía tibio.
Las indias observaban la escena desde cierta distancia a la sombra de los techos de las chozas, con los pequeños niños en sus regazos y otros sujetos de las manos. Total que los indios se quedaban repartiendo las tripas y vísceras, el cerdo ya mas liviano era conducido y puesto sobre un tronco donde un indio mas joven y fuerte, le asestaba machetazos en la columna del lado interior hasta dejarlo abierto como un gran libro sangrante.

(Ojo, esta es una interpretación en base a lo que contaron los que fueron a por el cerdo).

Bueno, esta historia relatada por los que habían tenido el deber de adquirir el animal, aparte del asombro, nos dejó un tanto desconcertados por la manera poco ortodoxa de los métodos utilizados, y mirábamos al cochino con cierta tristeza, que sólo se nos fue un poco con la inestimable presencia de unas frías cervecitas.
Paso siguiente después de atar al cerdo abierto en un bastidor de maderas hecho con troncos de hojas de palmera atados con alambre, y con unos cabos lo atamos dos extremos arriba, a 45 grados sobre la leña que en un santiamén estuvo encendida. Esto sería a las 10 de la mañana y no pararía de arder a fuego más o menos lento hasta la noche.

Las capitanas de cocina estaban cada una en sus respectivos fogones preparando lo mejor de sus saberes y los dinguis no paraban de ir entre los barcos y la isla, buscando materiales faltantes, en la isla las funciones de los capitanes y allegados eran las de no dejar apagar el fuego y preparar las mesas acomodando troncos y pasarelas ya inservibles por aquellas latitudes sin marinas ni muelles donde servir como pequeños y tambaleantes puentes.

Pasado el mediodía el cerdo ya estaba tostad por un lado y se decidió darlo vuelta con una operación un tanto arriesgada que por poco no termina sobre las brasas, eran cincuenta kilos y las tablitas del bastidor lo sujetaban en su justo límite. Al anochecer empezó el desfile de platos con aperitivos, y todo lo que iba componer aquella cena de Navidad los cubos con hielo, las bebidas frías con el personal ya de punta en blanco. La música sonaba al ritmo del pequeño generador que también alimentaba las lámparas, cambiando la eterna fisonomía de la isla con sus noches de eterna oscuridad.

El cerdo asado resultó un éxito y nos repetimos con gusto alternando la degustación con foccacias, berenjenas en escabeche, albóndigas de pescado, ensaladas de todo tipo, buñuelos de langosta y un sinfín de sabores antes de dar cuenta a los postres.
Al final y a pesar de que atacamos sin piedad los treinta y tres comensales y los tres pescadores Kunas que se sumaron a la celebración (casi sin saber a ciencia cierta de lo que se trataba) que comían como lima nueva, quedó mitad de cerdo al fuego de las brasas hasta para el otro día.

Y como casi siempre ocurre, al final de la gastronomía vienen los agradecimientos en forma de cánticos y los traguitos digestivos. Probamos de cantar viejas canciones conocidas por todos en varios idiomas y hasta nos animamos a bailar hasta pasada la medianoche (por allí oscurece a las seis o seis y media de la tarde).
Todo quedó allí tal cual hasta el otro día que fuimos apareciendo nuevamente al mediodía, con el pretexto de ajustar cuentas de los gastos comunes, arremetimos nuevamente a la otra mitad del cochino y a lo que quedaba de los postres, muy juiciosos esta vez debido al combate de la noche anterior, de la noche de Navidad.

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