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Predeterminado Julio Villar 40 Aniversario de su Vuelta al Mundo

Un brindis por el
copipego fragemento entrevista:

«Vivimos alejados de lo esencial, perdidos en un mundo de datos»
Julio Villar Montañero, navegante, viajero...
Se cumplen cuarenta años de su célebre vuelta al mundo en solitario, que relativiza diciendo que «lo mío no tuvo nada de aventura»
SAN SEBASTIÁN. Seguramente, la única parte de esas etiquetas que son un intento inútil de definir a Julio Villar con la que el propio Villar se sentirá cómodo serán los puntos suspensivos. Lleva con mucha amabilidad, cierta resignación y enorme desapego las consecuencias de aquella vuelta al mundo en solitario en un barquito de vela que, hace 40 años, le hizo entrar en la lista de navegantes con nombre propio. Parece que el pasado le importa muy poco. Por el contrario, le preocupa mucho un presente que reparte entre un pequeño pueblo de Tarragona y San Sebastián. Y da la sensación de que se pregunta qué podría hacer para que el futuro sea, o parezca, un poco menos siniestro. – ¿Qué le queda de aquel viaje: la hazaña náutica, el recuerdo de aquellos años o el modo en que ‘¡Eh Petrel!’, que se sigue reeditando, ha sobrevivido a la experiencia? – Lo que más vale de aquel viaje es el libro. Me sigue sorprendiendo lo que ocurre con él. Yo no hice nada especial, me limité a elegir una vida fácil, opté por lo que me parecía más atractivo. El mismo libro lo escribí a salto de mata en cuadernillos que llevaba a bordo. Nunca pensé que se publicaría y mucho menos que iba a tener la trascendencia que ha acabado teniendo. Sé que está en muchas mesillas y a veces, cuando viajo, caigo en casas de gente a la que no conozco, y veo que lo tienen... – ¿Qué sensación le produce? – Me gusta, me reconforta, pero para mí también es como una conciencia. «Fuiste capaz de escribir esas cosas», me digo, y tengo que seguir intentando parecerme al que era entonces, no perder a aquella persona que escribió ‘¡Eh Petrel!’. – ¿No es mucha responsabilidad pensar que casi 40 años después la gente sigue buscando inspiración en su textos y sus dibujos? – Sí, pero sin exagerar. Lo vivo más como bagaje que como carga. Lo que sí he vivido en algún momento como carga es lo otro, el personaje, lo del navegante que dio la vuelta al mundo en un barquito pequeño. A la gente que viene con veneración por aquello siempre la trataré con cariño, pero ya me queda muy lejos, no me importa absolutamente nada. – ¿A qué atribuye que un libro tan peculiar siga a flote? – A que estamos necesitados de esas cosas, de ocuparnos del corazón, de nosotros mismos, de querernos, de no seguir modas, de no hacer lo que nos dicen que tenemos que hacer. El libro es una invitación a abrir la puerta y marcharse, a abrir una ventana y a mirar al cielo. – Tal como están las cosas, resulta muy tentador. No obstante, ante la magnitud de los problemas, ¿sirven para algo los gestos individuales? Por ejemplo, ese de no dejar rastro por donde se pasa, que usted sigue a rajatabla. – Por supuesto, claro que sirven. Vivimos de espaldas a esos gestos, pero al fin y al cabo se trata de una cuestión de dignidad personal, de que cuando te metes en la cama por la noche la conciencia no te diga que estás haciendo el gilipollas, sino que estás tratando de hacer las cosas bien. – El proselitismo no es lo suyo. – Eso nunca, salvo lo que haya podido sugerir con el libro y, sobre todo, lo que el libro haya generado. Yo no me creo nadie para decirles a los demás lo que tienen que hacer. – ¿Y si pudiera ser útil? – Siempre volvemos a lo de las soluciones individuales, pero sí es cierto que habría que contagiar más, aunque tampoco vas a ir por ahí de Mesías... De todas maneras, cuando ves movimientos como el 15-M te entran ganas de estar con ellos. En cierto modo estoy con ellos, pero a lo mejor no me he mojado todavía, y queda un poco de mala conciencia por no hacer algo más. – Lo de abrir la puerta y marcharse que mencionaba antes, ¿no es una manera de esconderse y escurrir el bulto? – Ya me gustaría que hubiera un sitios donde esconderse, pero te persigue el incendio, te persigue la radio, los molinos de viento... Al final tienes que desconectar un poco de todas esas agresiones, pero es difícil, porque estamos en manos de los necios y de los malos, de los más zafios, de los que son marionetas al servicio del dinero. – A su juicio, ¿qué hemos hecho para merecer esto? – Hemos perdido el contacto con las cosas esenciales de la tierra, las enseñanzas de los abuelos, y estamos perdidos en un mundo de datos. La parte sagrada de la vida, en la que yo creo, ha perdido importancia. Hemos estado entretenidos en otras cosas, como en vivir muy por encima de nuestras posibilidades, y así no se puede ir muy lejos. – ¿Cómo de lejos va usted en eso de volver a lo esencial? – Tampoco es cuestión de exagerar. Estamos en el siglo XXI y hay que coger todo lo bueno que tiene, que es mucho. Yo llevo un móvil en el bolsillo, he venido en tren y voy a coger un avión. No me importaría que desaparecieran todos los aviones y volviéramos a andar despacio, pero sé en qué siglo vivo. Toda esa gente tan puñetera que no come esto, que no come lo otro... me parece un poco exagerada. Tenemos en Tarragona unas vecinas suizas que han hecho una casa ecológica con las últimas novedades ecológicas suizas, consumiendo planeta por todos los lados. Hay gente así que es un peligro. La verdad es que lo único que hace falta es sentido común. – ¿Nos queda algo? – Como colectivo, el grupo humano ha perdido totalmente el sentido común. Si no, no hubiésemos llegado a esta situación. – Si queda algo, ¿dónde está? – El sentido común está donde están las patatas, está en conformarnos con menos y ser felices. Pero ojo, no en conformarnos con cualquier cosa. Entonces seríamos un auténtico chollo. Creo que en muchos aspectos habría que empezar de nuevo, revisar nuestra relación con la tecnología, coger todo lo bueno pero no depender para todo de ella....



fuente: http://diariovasco.kioskoymas.com/epaper/viewer.aspx

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