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Antiguo 06-01-2009, 18:50
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Predeterminado El Argonauta: Relato nautico

Pues eso, que el que no corre vuela, al menos para salvar su negocio...

El Argonauta

Germán Bravo Valdivieso

Corrían los primeros años de la década del setenta cuando un empresario, con algo de visionario, pero con muy poco conocimiento marino, adquirió la motonave “Uthlande” para dedicarla al turismo en la bahía de Valparaíso y viajes a las islas de Juan Fernández.

Su idea llenaba una necesidad, siempre soñada, pero nunca realizada, de hacer viajes cortos, de placer por nuestra costa central, creando un atractivo, no explotado hasta entonces, para los turistas santiaguinos y mendocinos, todos ellos de tierra adentro, que invaden nuestras costas en los meses de verano, donde contaban con quince camarotes, salón, comedor, bar y cubierta para tomar el sol.

Bautizó a la nave como “Argonauta” y organizó viajes locales diurnos, que zarpaban de Valparaíso a mediodía y recorrían la costa hasta Quintero, mientras los turistas almorzaban a bordo pero, lo que no consideró la firma propietaria, era que la nave había sido diseñada para la navegación fluvial, con solamente 313 toneladas de registro, tenía muy poco calado y una relación entre su eslora y su manga que la hacían sumamente propensa a los grandes balances, requisito para que los entusiastas turistas que contrataban sus servicios, terminaran completamente mareados, no pudiendo almorzar y jurando no repetir la aventura. Peor aún fueron las giras a las islas de Juan Fernández, donde es sabido que se recibe la marejada de través y no podía haberse concebido un buque más inapropiado para ello.

Alguien discurrió destinarlo a Puerto Montt, donde podía elegir navegaciones más tranquilas por canales interiores durante los meses estivales y dedicarlo al cabotaje el resto del año, pero su rendimiento, la competencia local y los gastos que iba generando su envejecimiento no lo hicieron rentable.

Fracasada su aventura turística y con algunos años que lo habían deteriorado, el buque fue vendido y destinado a los canales fueguinos, con el fin de establecer una presencia chilena en la zona, cuya pertenencia en ese momento se debatía en las cancillerías en espera del laudo arbitral de la corona británica.

Cuenta el contralmirante Osvaldo Schwarzemberg que, siendo comandante del transporte “Aquiles”, fue destinado a cumplir una misión en el canal Beagle en los días que recorrían la zona los jueces del tribunal arbitral de La Haya que debían dirimir la disputa por las islas de dicho canal, cuando se cruzó con el “Argonauta”, tripulado por una gran cantidad de “turistas”, que eran familiares del personal de la Armada en Punta Arenas.

Un día, el “Argonauta”, más viejo y deteriorado, fue comprado por un armador sureño, quedando atracado al muelle de Punta Arenas, después de no haber podido levantar cabeza como transporte de turistas, pues ya el óxido comía su abollado casco, los tapices no aguantaban más remiendos, la suciedad era perceptible por todas partes y su cansado motor solamente le permitía avanzar “a la vuelta de la hélice”.

Junto con declinar la vieja nave, el país había comenzado a vivir, en la segunda mitad de los años ochenta, una prosperidad desconocida hasta entonces. Nuestra trasnochada política económica estatista había cedido paso a un mercado libre que abrió el camino de nuestras exportaciones no tradicionales a todo el mundo y, como premio a los esfuerzos y sacrificios desarrollados por los chilenos, los precios de algunos productos del mar se elevaron significativamente, entre los que se contaba la apetecida centolla, que se había quintuplicado debido a que su producción en Alaska había decaído notablemente.

Este auge pesquero hizo que múltiples empresas se instalaran en Punta Arenas y construyeron pequeñas goletas encargadas de “calar” las trampas centolleras en cualquier caleta o paraje en que se estimara que pudieran existir.

La vida en estas pequeñas embarcaciones era muy sacrificada, pues tripuladas por tres o cuatro hombres, permanecían en lugares alejados, sin más compañía que el equipo de radio telefonía, con el que tenían que comunicar a sus bases las cantidades de centollas atrapadas, lo que se prolongaba durante meses, calando e izando las trampas, mientras los buques recolectores los visitaban periódicamente para recoger los deliciosos crustáceos y llevarlos vivos a Punta Arenas en viveros de agua salada y aprovechaban de abastecerlos de víveres y provisiones.

El negocio de las centollas progresaba, mientras el dueño del “Argonauta”, se arruinaba con su buque en el muelle y sus tripulantes trataban de apoyarlo, a pesar que no podía pagarles sus salarios.

Un buen día, éstos observaron como se instalaban en la cubierta de la nave unos estanques de fierro, una bomba, y cañerías que permitían llenarlos con agua de mar, vaciarse y poder mantenerla circulando.

Ante la atónita mirada de los tripulantes, llegaron a bordo licores, bebidas, un nuevo equipo de música cuyos altoparlantes se diseminaron por la cubierta, mientras un electricista extendía, a lo largo de la nave ampolletas con luces de colores y nuevos cojines para los sillones del salón.

Con el último dinero que le quedaba compró petróleo y reunió a su tripulación para anunciarles que su suerte cambiaría y les pagaría todos sus emolumentos atrasados, pues se dedicarían a la pesca de la centolla.

Esa noche llegó el dueño con cuatro personas invitadas, tapadas con capuchones e impermeables debido a la fuerte lluvia y el viento que se había desatado, por lo que pensaron que luego traerían las jaulas para iniciar sus nuevas funciones, pero de amanecida zarparon al sur, en dirección al canal Magdalena.

La fuerte marejada que sacudía la boca del canal los hizo pensar que los invitados se encontrarían mareados e imposibilitados de subir a cubierta.

A los pasajeros, tal vez, les habría hecho una mala jugada las condiciones del mar, pero el jefe permanecía pegado a un equipo de radio, en el puente, escuchando cuanta información se captara.

Algo oyó por la radio el jefe, por lo que le ordenó al timonel dirigirse a una bahía en la cual pudieron distinguirse, a lo lejos, las luces de algunas goletas pesqueras que se encontraban en el lugar cumpliendo su aburrida rutina con las trampas centolleras.

Al acercarse el “Argonauta”, una cumbia comenzó a hacer retumbar los altoparlantes de la cubierta y una iluminación “a giorno” de luces de colores lo destacó en la oscuridad de la noche.

La visión de los sufridos tripulantes de las goletas, los hizo creer que veían visiones, que se acercaba un buque fantasma, iluminado de miles colores, tocando música y, desde su proa, cuatro hermosas mujeres que, ligeramente vestidas, mostraban sus rosadas piernas, y mientras el viento hacía revolotear sus cabellos, los llamaban.

No demoraron los pescadores en tripular sus botes y dirigirse al “Argonauta”, donde pudieron imponerse que podían solicitar toda clase de servicios, pero nada se pagaba con dinero, la única moneda válida era la centolla: una Coca Cola costaba una centolla, cinco centollas la botella de pisco y veinte centollas la compañía femenina. Toda la recaudación iba a parar al nuevo vivero.

Durante diez días el “Argonauta” recorrió los canales Cockburn, Balleneros y Beagle, donde se encontraban fondeadas las goletas y regresó a Punta Arenas con sus últimos restos de petróleo y sin una botella de pisco, pero con el vivero atiborrado de crustáceos.

Años más tarde el “Argonauta” llegó a Puerto Aysén, donde se encontraba durante la época de la “fiebre del loco”, dedicado ahora a la explotación de este marisco para su destino a los mercados del exterior, cuando una riada de un crudo invierno, hizo variar el curso del río, dejándolo en seco.

Editado por ACUOSA en 06-01-2009 a las 19:00.
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terranova (10-02-2011)
 

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