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Antiguo 07-08-2009, 12:24
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Grumete Pirata
 
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Predeterminado La Concha (relato)

Entramos en la bahía con viento por popa fuerza 4 sobre mar de fondo tocado de dos metros. Dejamos atrás la aleta de un pez luna, medusas y un hermoso pez que se dejó coger a mano en el puerto de partida. A pocos minutos andando de donde hemos pasado la noche atracados rompe metro y medio glassy con una leve brisa off shore. Podría ser Indo, Maldivas, Hawaii, Hossegor (bien podría), pero es San Sebastián. Todavía puede emocionar ¿verdad? entrar en La Concha donostiarra haciendo txampa como las traineras, aunque la tarde sea gris o incluso aunque no haya ola.

Ayer ¿fue ayer? estabas trabajando y hoy transitas con el twin fish bajo el brazo sorteando las cuadrillas de limpieza que recogen los restos del botellón (de los que todavía pueden elegir y de los que ya no) que siembran Lasta Plaza y el Boulevard. En el puente de la Zurriola el amanecer ha pillado a otra cuadrilla de ojos entre oscilantes o más allá de foco, vidriosos, que no ha pillado (un chico para varias chicas) sentada en círculo en el suelo. Algo más allá está el banco en que hace pocas horas una regordeta de habla hispana se refrotaba la entrepierna todavía ardientemente insatisfecha después de habérsela chupado en la orilla tras el baño nocturno en cueros ambos. El sublime colocón de la otra chica en tanga y sujetador unido a la discusión con su acompañante (también hispano) amenazó acabar por dos veces con el cuerpo bamboleando sobre dos insuficientes piernas de goma tragado por una resaca negra y blanca (me acerqué más por curiosidad (como un par de los que ya no, atraídos por redondeces frescas brillando húmedas contra el terciopelo oscuro del límite de la civilización , que ya habían probado las aguas –dixit aliento y mirada todavía demasiado cercanos- y, vista su prudente retirada, lo que dan de sí las malas pulgas vengan de donde vengan) que por meterme a sacarla del agua (la voluntad (necesaria hasta en la obcecación) flaqueando ni dispensa ni ayudará en el error): joder, que se moje los vaqueros su mozo, que cada uno apechugue con lo suyo, ya no hago muescas ni con los que salvo ni con los que no salvo). Sobre la arena planchadita que empieza a relucir dorada todo esto resulta incongruente, parece sueño, como los esquís, las botas, los crampones, los piolets que ya resecos tocaba enfundar, al lado de tablas y neoprenos, o los espectros de Broken de la semana pasada sobre el mar de nubes a los pies de Aitzgorri en la puesta de sol. Fuera capucha. Yendo hacia el agua encuentro una oreja de mar y un par de conchas curiosas; me haré un collar rumbo a Fuenterrabía. La precaución se envalentona al comprobar la amabilidad de unas olas que en otros spots merecerían un serio temor/respeto (mis articulaciones y huesos saben de lo que hablo, y mi ánimo de los que las habitan en propiedad). Cuando el número de cuatro, que podríamos haber acabado siendo amigos, se incrementa haciendo imposible tal relación, salgo del agua, me ducho y seco al mismo sol que tuesta la arenisca de las fachadas del Paseo de Salamanca, teatro Victoria Eugenia y hotel María Cristina. ¿Hacía tiempo que en los veleros amarrados en el Paseo del Muelle no se veía una tabla de surf? ¿A dónde van estos morroskos que abordan nuestro barco? ¿No era una excursión sólo de chicas?

Por delante queda la feria de la sidra en Ondarribi, ceñir con un rizo rumbo a San Juan de Luz, su tranquilidad, su silencio (desde el puerto), la puesta de sol, la fiesta bulliciosa hasta las cuatro de la madrugada (aquí también las chicas llevan sacs à vin (literal, pero son objeto de fotos) y sin ningún disimulo se secan con el jersey los meados por la pata abajo, pies descalzos sucios, al lado del kiosko con la banda tocando duro), el mercado y las danzas vascas de buena mañana, la vuelta placentera a Donosti, ir de pintxos tranquilamente a punto de cerrar un domingo, alargar la velada, madrugar con los que van a trabajar pero tú con la tabla bajo el brazo, volver al barco por el Boulevard (con la ta-bla ba-jo-el bra-zo:) antes de que salte el viento a re-desayunar cuando los demás finalizan el primero después de gozarla en olitas de medio metro (los aspirantes a maquinillas ensayando gesto adusto, sólo el rictus-Risto, quedándose cortos, casi inéditos, en todo lo demás, tabla incluida; las aspirantes a dieciochoañeras dando saltos en el agua quitándose la parte de arriba, gritando al mundo que tienen pezones mostrándole las tetas con las manos como si fueran cazos ¡buenas alumnas! ya tenemos paraíso, sin tetas no hay paraíso), comer, darse uno (las gafas prestadas quedaron de recuerdo en el fondo (a cambio una medusa dejó el suyo en frente y comienzo de axila), como aquella tapa de prismático al pie de vías abiertas y no abiertas, o aquellas mondas en aquel mirador sólo de rebecos), dos chapuzones sin bañador desde el barco fondeado en La Concha...

Y el Mar se sigue moviendo dentro.
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terranova (07-08-2009)
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